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¿Diferentes o extraños?

¡Atrevete a ser diferente! ¿Para qué y a santo de qué tienes que dejarte pasar por el aro de las decisiones aleatorias de los otros? Ser diferente significa asumir tu ser en su plenitud, ser tú, por Dios y los hermanos. Porque siendo tú serás fiel a la imagen que tiene de ti tu Creador, y ayudarás a tus hermanos a sobrellevaros justa y juntamente para que podáis llegar todos juntos a la vida eterna que Dios nos tiene preparada a todos los que le seamos fieles a su Palabra de Amor. Por tanto, ser diferente no es ser loco como algunos piensan, sino tu obligación de hijo de Dios, que te ha creado con un alma inmortal única e irrepetible. Lo sensato, pues, será vivirlo y desarrollarte como tal, pues esa es la Verdad, y por tanto inevitable. (“La humildad es la verdad”, afirma santa Teresa de Jesús).

Pero, como todo, el tema que nos atañe también tiene su trampa… y sus presunciones. Porque Perico ya se cree “diferente” solo porque le pusieron un nombre extraño (que quisieron ponerle sus padres ¿extraños?… ¿presuntuosos?), y ahora ha hecho él lo mismo con sus hijos (por “extraño”… ¿presuntuoso?). Solo porque todos ellos suponen enfermizamente (o pretenden morbosamente que lo parezca) que eso es ser algo-muy-especial.

Es cierto, hermano. Hay cosas y casos. Pero, precisamente por eso, será mejor que no juzgues a priori. El tiempo es el maestro y el testigo revelador… como Jesús es el Juez, que, si “puede hacer salir hijos de Abraham de las piedras” (Cfr. Mt 3,9), es que puede hacer de una piedra un huevo. Por tanto, tomando siempre por seguro que no solo porque pase la vida sino también por aquiescencia, con el tiempo Perico y sus padres se adaptarán o no a las normas de la Vida que Dios nos brinda. Por más que deambulen por el tiempo con disimulos camaleónicos adaptados a las necesidades que les reclaman los nuevos tiempos, serán sometidos a la Verdad. No solo eso, sino también porque la Verdad (toda-la-verdad) no la sabremos hasta el Cielo… en la medida que Dios nos permita según nuestra santidad.

Pero hay síntomas que saltan a la vista de buenas a primeras, y que cuando entre ellos se van engranando, van manifestando la parte de verdad que Dios te permite en esta vida. De hecho, la Menganita otra es la presuntuosa habitadora de la habitación en el ala opuesta del palacio de Perico, y que por eso necesita atacar a todo quisqui que es diferente de ella para liberar su histeria paranoica, solo porque son diferentes de ella… siempre y cuando ella los perciba como inalcanzables (porque si los considera alcanzables, les hace el juego y santas pascuas, que ya les saca rédito). Sin embargo, por lo común, el  caso que queda sombreado es el hecho veraz en sí. Y lo es, a menudo, debido a la habilidad en oscurecer de Menganita y la inactividad buenista del diferente inocente atacado. Digamos que queda en la zona de penumbra.

Y ¿qué es eso? ¡Evidente, mi querido Watson!: Menganita les tiene miedo a los diferentes a ella, debido a la supuesta o pretendida valía que tiene Menganita de sí misma porque tiene un nombre raro, como si fuera de ella de quien dependiera la decisión de si son valiosos o no, y –sobre todo- porque Menganita se siente inferior a su lado. Todo queda, pues, en histeria… y ya sabemos cuán puede revolucionar a un grupo la histeria, en especial cuando se mezcla con la paranoia. Y las Menganitas esas suelen ir sobradas de ella.

Y eso, ¿por qué? Pues porque, por poco manifiesto que sea, lo humano es ver según el propio prisma, de manera que lo que vemos lo vemos según nuestra personalidad en general, nuestras emociones en concreto y los propios acontecimientos que se suceden a nuestro alrededor, que ya cada uno de ellos nos derivará hacia otros tales condicionantes, de modo que el descifrado solo puede ir a cargo de profesionales del conocimiento. Que sí, hermano: que todo toma un cariz tan determinante y tan especial de manera tal, que incluso podemos llegar a ver gorda a nuestra tía solo y precisamente porque estamos gordos nosotros. Et voilà!

Llegados a este extremo, veamos: ¿qué es ser diferente?, ¿quizás el ser anormal, eso es, no ser normal? Perdóname, amigo, pero no lo sabemos, porque para empezar no sabemos qué es “ser normal”. Lo que sí convendremos después de mucho recibir mamporros (y solo tras pasar mucho por esa desagradable y poco recomendable experiencia), es que no es fácilmente distinguible del ser mediocre, pues si lo fuera, ya no lo estaríamos discutiendo. Y estaremos también de acuerdo, con todo (y precisamente por tales mamporros), en que la vida pertenece a todos los seres excepcionales que se atreven a ser diferentes, tanto si tienen nombre raro como si no. Porque de facto, el hecho de si el distinto es o no diferente no viene necesariamente de su propia decisión ni de su nombre, sino de su entidad más personal e íntima, mientras que si es extraño lo es en función de lo que asumen con su mirada enfermiza los que tiene alrededor. Y eso solo lo sabe cada uno (¡y ya es mucho saber!).

Por todo lo dicho, sea como sea y a costa de lo que sea, el galimatías del diferente se resuelve siempre que él quiera vivir. Entonces, si no lo dejan vivir, ¿qué hacer? Sencillamente, amar: esa será la materia del examen final, y con ella, el fin de su vida terrenal y el inicio de la celestial. En definitiva, la Ley del Amor que nos dejó Jesús (Mt 22,34-40).

Siguiendo, pues, la propia vereda y caminándola con amor, no tenemos por qué explicar ni por qué defender nuestras decisiones o maneras de pensar u obrar diferentes a quien explícitamente y con más o menos crueldad no las quiere entender. Pero sí vivirlas. Esa será (porque lo es ya en vida) la naturaleza propia de unos y otros, eso es, el diferente y el extraño. Con el bien entendido de que la vida (la única vida que hay) no es más que una sucesión de acontecimientos desde que nacemos, para todos, porque, en definitiva, todos somos iguales en que todos somos diferentes, y en la otra vida lo sabremos (por eso queremos ser diferentes). El Amor, pues, será el baremo con que nos medirá el Justo Juez, con el veredicto entre cum laude o muy deficiente: vida o muerte. (¿Qué harás si vas vacío de amor?).

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