Hace pocos días me salió del alma decir: “Qué agotada estoy, siento que la vida me arrolla”. ¿Os suena? Creo que con las vidas que llevamos lo raro sería no cansarse.
Me escuchó otra mujer, también casada como yo, y me soltó: “Hija, date un buen capricho y desaparece de tu casa un rato, que te lo mereces, y tu marido que espabile y te cuide mejor”.
Y me hizo pensar. ¿De verdad eso me ayudaría? ¿De verdad eso es lo que necesito? Partiendo de que esa mujer ya catalogó como le dio la gana mi situación sin tener apenas conocimiento de la misma.
Me encontré en esa delgada línea que separa el cuidarse sanamente de convertir el propio bienestar en el centro absoluto de todo. Me vi inmersa en ese discurso actual que gira continuamente alrededor del autocuidado, la validación constante y la autorrealización individual.
Y entonces recordé aquel primer día en el que nos prometimos sostenernos, no desde un “yo primero”, sino mutuamente. ¿En qué momento dejamos de pensar en “nosotros” para pensar solo en “yo”?
Porque amar de verdad implica entrega, especialmente cuando la vida real desgasta: cansancio, trabajo, rutina, discusiones, épocas más frías…
Y es que el amor matrimonial no se mide solo en momentos bonitos o emociones intensas, sino también en la capacidad de seguir sosteniendo, cuidando y permaneciendo.
Justo hoy hablaba con una amiga de las expectativas que solemos tener y de cómo chocan de lleno con la realidad matrimonial.
Necesitamos recuperar continuamente el sentido de la promesa que hacemos al casarnos. No firmamos una especie de contrato de satisfacción emocional continua. Tampoco nos casamos simplemente “porque somos compatibles” o “porque me hace feliz”, sino porque hacemos una promesa seria y estable.
El matrimonio no debería sostenerse únicamente sobre las emociones, porque en realidad es una vocación. Supone entregarse por completo a otra persona, igual de limitada que tú, sabiendo que hay Algo más grande sosteniéndolo.
Y quizá, precisamente en los momentos más difíciles —cuando más nos sale reclamar o reprochar— deberíamos revisarnos primero a nosotros mismos para ver dónde podemos estar fallando.
Una pregunta incómoda, pero honesta: ¿hasta dónde estoy dando yo? ¿Estoy acogiendo, comprendiendo, respetando y cuidando de verdad a mi marido, a mi familia? Porque es bastante posible que si yo me canso, él también.
Y ojo, esto no tiene nada que ver con una sumisión absurda ni con aguantar lo inaguantable. Tiene que ver con la responsabilidad personal dentro del vínculo.
Ojalá alimentemos menos el resentimiento y más el ayudarnos unas a otras a sostener nuestras familias, sin caer en desahogos que terminan (a veces) demonizando al cónyuge y validando automáticamente cualquier ruptura o distancia emocional.
Qué necesario es rodearnos de personas que también crean en el compromiso, la paciencia, el perdón y la construcción familiar. Personas más generosas y menos centradas en la reivindicación constante del yo.
Estoy convencida —porque lo he visto en matrimonios más avanzados que el mío— de que el matrimonio florece cuando ambos dejan de contabilizar constantemente quién da más.









