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Europa (II)

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Aunque no es tarea de la Iglesia, sino de los partidos políticos, articular programas electorales, los católicos no deberíamos en las elecciones europeas próximas simplemente acudir a las urnas como si se tratara de una rutina más que debemos hacer en un domingo de junio cada cinco años. Los últimos Papas y también muchos obispos han orientado sobre actuaciones o condiciones sociales y humanas que pueden iluminar la articulación de esos programas, pensando en el bien común de las personas que viven o llegan a Europa.

Recordamos otra vez que Europa llegó a ser Europa gracias a la fe cristiana, que lleva en sí misma la herencia de Israel, pero a la vez ha asumido lo mejor del espíritu griego y romano. Todo pueblo europeo puede y debe confesar que la fe cristiana creó nuestra patria y que nos perderíamos si la desecháramos. Bueno es, pues, preguntarnos cuáles son verdaderamente las características particulares que hacen que Europa sea Europa. Podríamos nombrar tres.

1. Lo que trajo san Pablo a aquel macedonio, cuando en sueños pide al Apóstol que pase a Europa y ayude a los “europeos”, es simplemente la figura y persona de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. Ha traído, pues, a estos el encuentro con Él, que es verdadero Dios de Dios verdadero y a la vez verdadero hombre, que padeció por nosotros, fue crucificado y sepultado, que resucitó al tercer día y llevó consigo la naturaleza humana a la gloria de Dios a fin de “preparar una morada” (Jn 14,2) para todos nosotros. Así de sencillo y así de grandioso.

La figura de Jesucristo está en el centro de la historia europea y es el fundamento del verdadero humanismo, de una nueva humanidad. Porque cuando Dios se hace hombre, el ser humano recibe una dignidad totalmente nueva. Si el ser humano es solo el producto de una evolución accidental, entonces también puede ser sacrificado a fines aparentemente más elevados. Mientras que, si Dios ha creado cada ser humano, entonces, es completamente diferente, pues participa nada menos de la propia dignidad de Dios.

Quien ataca a los seres humanos, ataca a Dios mismo. El respeto a la dignidad humana y la atención a los derechos humanos de cada hombre y mujer, son el fruto de la fe en la encarnación de Dios. Por tanto, la fe en Jesucristo es la base de todo progreso real. El que, en aras de un supuesto mayor progreso, abandona la fe en Jesucristo, abandona el fundamento de la dignidad humana. El 11 de abril, por ejemplo, 336 eurodiputados, por convicción o conveniencia, han apoyado la propuesta de resolución de inclusión del aborto como derecho fundamental en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. ¿Cómo omitir tan descarada y descarnadamente que el aborto es un cruel homicidio y un acto de violencia gruesa contra la mujer? Miremos los católicos los programas de los partidos que presentan candidatos a estas elecciones si tienen en cuenta algo de lo que aquí hemos dicho.

2. A partir del humanismo de la Encarnación, se ha desarrollado lo propio de la cultura cristiana. Esta no puede ser nunca una cultura del tener. No desprecia las cosas materiales. ¡El Hijo de Dios se hizo hombre! Vivió del cuerpo; resucitó corporalmente y llevó el cuerpo con él a la gloria celestial. Pero el bien supremo del hombre no son las posesiones materiales. Cuando el ser humano no tiene nada más alto que esperar que las cosas materiales, el mundo entero se vuelve repugnante y vacío para él. Por eso, el honor de Dios es un valor público para la cultura cristiana. Y, en efecto, precisamente cuando el hombre da a Dios el honor, se honra a sí mismo.

A la cultura cristiana pertenece también la dignidad de la conciencia y el reconocimiento de sus derechos. El respeto a la conciencia significa igualmente la libertad de creer: nadie puede ser obligado a creer, porque Dios quiere el sí libre del hombre. Pero todo el mundo debe tener derecho a creer y vivir según su fe. La idea de conciencia también incluye la idea de tolerancia, de respeto mutuo, de una correcta generosidad entre todos.

A los fundamentos de la cultura europea pertenece la dignidad del matrimonio y la familia, tal y como el Señor la ha renovado, según la voluntad del Creador, como la unión para toda la vida de un hombre y una mujer. Y, por fin, la cultura cristiana es una cultura del amor al prójimo, una cultura de la misericordia y, por tanto, también una cultura de la justicia social. Desde el principio, ha incluido especialmente el amor por los débiles y por los enfermos, los pobres, los ancianos, los que según los criterios de la tierra son inútiles. Esta cultura cristiana no solo construyó las catedrales para la gloria de Dios, sino también hospitales para los enfermos y ancianos; también esto fue para la gloria de Dios, a quien honraba en el ser humano que sufre.

3. Esto nos lleva a una última característica de Europa en el sentido cristiano. Europa siempre ha sido nacional y supranacional al mismo tiempo. Ha encontrado en las naciones particulares sus características más especiales. La diversidad de las culturas nacionales es parte de la riqueza de Europa. Pero en los mejores tiempos de Europa, las naciones no se cerraban unas a otras, sino que, más allá de las fronteras nacionales, había organismos de la comunidad, en los que se vivía la unidad de Europa. Así, la multiplicidad no era antagonismo, sino fecundación de unos por otros. El respeto a la singularidad de los demás y la comunión en la diversidad es algo por lo que esforzarse continuamente. Por eso es tan importante la fe común cristiana que nos une más allá de las fronteras.

Hemos de pedir, pues, que Dios proteja a nuestros países también de la tentación de la incredulidad y de sus consecuencias, que no son pocas. A partir de la fe, ella nos puede conducir a la verdadera paz y progreso, a la verdadera cultura, y así implorar un nuevo futuro para Europa, también desde la fe.

Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo emérito de Toledo

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