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Europa, la democracia y los límites de la resiliencia

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Vivimos en un mundo en el que necesariamente todo tiene límites. También la capacidad de resistencia de los sistemas políticos es limitada. La democracia no escapa a esta regla. Su resiliencia, por usar un término de moda, no carece de términos, aunque éstos no estén definidos de modo preciso. La democracia es, entre otras cosas, un modo de relación entre seres humanos. En el trato de unas personas con otras, los límites nunca están marcados de manera exacta. Saber dónde están requiere una cierta intuición, un delicado equilibrio entre tanteo y observación, entre audacia y prudencia en el trato con el prójimo.

Un descuido puede ocasionar una vulneración de los límites y llevar a una situación como mínimo tensa. Si las transgresiones se vuelven frecuentes, si la tensión se convierte en crónica, se produce una sobrecarga que acaba en conflicto. Todos hemos experimentado en algún momento de nuestra vida alguna situación de este tipo, sino muchas.

Llevamos ya años asistiendo a una radicalización de las posiciones políticas y a un encrudecimiento de las maneras y del tono de los debates. Esto ha llegado tan lejos que sería acertado hablar de una barbarización de la vida política, que tanto en su contenido como en su forma está alcanzando muy alarmantes niveles de agresividad.

A estos extremos se llega tras un largo proceso que comienza tal vez introduciendo un tono demasiado coloquial en la discusión política y perdiendo la consideración por los intereses legítimos del oponente. Las formas se relajan, las formalidades son relegadas, se pasa poco a poco del respeto por el adversario a la antipatía manifiesta, de esta a la discusión subida de tono, de aquí al improperio y luego vienen el insulto, la calumnia, el acoso, las amenazas y finalmente se recurre a las armas.

No hemos llegado aún tan lejos, pero hacia allá vamos. Ejemplos históricos no faltan. La Segunda República Española es uno de los más representativos, pues en muy poco tiempo se pasó del antagonismo ideológico a una violencia moral y física que desembocó en una atroz guerra civil.

Lo más interesante de observar en este tipo de escalada es el modo en que la radicalización ideológica es alimentada y espoleada por la crispación en el lenguaje y viceversa. El discurso intolerante e irrespetuoso instiga al contrario a formular tesis cada vez más contundentes, que son expresadas de manera igualmente ofensiva, lo que a su vez tiene como reacción un endurecimiento de las posiciones ideológicas del rival.

La espiral de estímulos agresivos acaba por convertirse en un caballo desbocado. Los contrincantes se colocan a sí mismos en callejones sin salida de los que solo pueden escapar por medio de la agresión. No hay marcha atrás, ni en los planteamientos cada vez más extremos, ni en el modo cada vez más contundente de presentarlos.

En tales circunstancias se produce un vertiginoso vacío de poder, ya que los actores políticos han perdido el más elemental de todos los poderes: el control sobre sí mismos. Lo que sigue es el imperio de los más fuertes e inescrupulosos, el darwinismo político, es decir, el caos, que a menudo desemboca en un falso orden, férreo y despótico, única y deplorable respuesta a la anarquía en el peor sentido de esta palabra.

Las recientes elecciones europeas y su campaña previa han sido un episodio alarmante dentro de este proceso.

En Eslovaquia se intentó asesinar al primer ministro. En Alemania no han faltado actos de violencia política, tanto contra militantes de la izquierda como de la derecha. El más grave ha sido el del ataque contra un político racista de la extrema derecha perpetrado por un musulmán exaltado, con el resultado de un policía muerto.

Al margen de estos extremos, el tono de los debates ha sido, más o menos en todas partes, excepcionalmente crispado e irrespetuoso. En España, como quizás en ningún otro lugar, políticos de todas las tendencias se han acosado mutuamente y han intentado irresponsablemente encender enconos y bajas pasiones en el electorado. Seguramente ningún partido político se ha librado de caer en la demagogia. Las escandalosas apariciones de Javier Milei han sido la expresión más ruidosa de este sucio carnaval político.

Pero más grave aún  ha sido la aprobación en plena campaña electoral de la ley de amnistía. Por medio de ella, el gobierno ha comprado el efímero apoyo parlamentario de un puñado de delincuentes, quienes con chulería torera anuncian que volverán a las andadas, mientras presentan la amnistía como un triunfo de su desprecio de la legalidad y la constitución. El colmo del cinismo es que desde el gobierno se intente hacer pasar esta ignominia como una reconciliación, cuando lo que está logrando es llevar la discordia pública hasta un punto insoportable, minando así gravísimamente la credibilidad de las leyes, la justicia y el ordenamiento constitucional.

En medio de estas trifulcas, de delirantes proyectos de política de género, de promesas populistas de izquierda y de derecha y de demenciales proclamas belicistas respecto a un conflicto que amenaza con llevarnos a una tercera guerra mundial, en la campaña electoral se ha ignorado desfachatadamente la realidad de los ciudadanos europeos. Las acuciantes desigualdades sociales, el gravísimo problema de la vivienda, la crisis demográfica, las galopantes amenazas medioambientales, el dilema de la inmigración, el rápido deterioro de los servicios públicos (sanidad, educación, pensiones, etc.), la deriva diplomática de Europa y tantos otros asuntos vitales han sido ignorados o tratados de modo fraudulento y carente de seriedad.

La política ha ofrecido el espectáculo de un zafio “reality show”, pura “telebasura”. Lo diremos de manera drástica, nada elegante, incluso vulgar, pero que no asustará a nadie después de lo que hemos visto y oído durante la campaña electoral: en estas elecciones europeas al ciudadano apenas se le ha permitido elegir entre otra cosa que la diarrea y el estreñimiento, la cloaca y el vertedero.

Sería absurdo afirmar que ha habido en política alguna época en la que todo fuera limpio y honesto. Ni muchísimo menos. Pero también es verdad que no siempre la inmundicia ha sido tan abrumadora como en nuestros días. La hoy por muchos denostada transición española, con todos sus defectos y sus vicios y pese a sus errores y sus mezquindades (que tampoco faltaron), fue un período del que podríamos y deberíamos tomar ejemplo si queremos frenar la actual espiral descendente hacia el abismo.

Durante la transición hubo diálogo y búsqueda del entendimiento y del consenso; hubo esfuerzos para respetar al adversario sin por ello renunciar a las convicciones propias; hubo un mínimo de afán sincero por el interés común, ese mínimo que hoy brilla por su ausencia, devorado por egoísmos, codicias, sectarismos y narcisismos; hubo una cierta disposición a renunciar a las ventajas personales o de partido en aras de la concordia; hubo un cierto sentido de la responsabilidad y una visión a largo plazo, todo lo cual hoy se echa de menos muy dolorosamente.

Y también fue una época en la que los políticos sabían discutir civilizadamente, lo que contribuyó a evitar violencias y a establecer un régimen político democrático, imperfectísimo, pero más tolerable que el caos o el despotismo.

A quien tenga unos minutos y curiosidad le recomendaríamos ver dos breves vídeos en los que adversarios políticos de aquellos años se enfrentan elegante y cortésmente. El primero muestra al diputado de la extrema derecha Blas Piñar (un espléndido orador, nos guste o no su ideología) en 1981, durante la tensa investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, con quien discute. El segundo, al dirigente comunista Santiago Carrillo y al exministro franquista Manuel Fraga Iribarne, además de una muy sensata intervención del socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra:

https://www.youtube.com/watch?v=04pnFmpmpiY

https://www.youtube.com/watchapp=desktop&v=LG1OmmrUt8E&embeds_referring_euri=http%3A%2F%2Fwww.falsodirecto.com%2F&feature=emb_imp_woyt

De estos ejemplos nuestros políticos actuales podrían aprender mucho y como mínimo deberían aprender algo: evitar los paroxismos violentos por medio de las buenas maneras y del razonamiento serio. Todos los demás ciudadanos también podemos obtener provecho de este ejemplo. Si los políticos profesionales son incapaces de controlarse y de promover la concordia, con más razón que nunca debemos nosotros empeñarnos en hacerlo. Si ellos no salvan a Europa, salvémosla nosotros.

En España, como quizás en ningún otro lugar, políticos de todas las tendencias se han acosado mutuamente y han intentado irresponsablemente encender enconos y bajas pasiones en el electorado Clic para tuitear

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