Fratelli Tutti, todos hermanos. Sobre la fraternidad y la amistad social, es una encíclica firmada por el papa Francisco el 3 de octubre de 2020 en Asís.
El texto se hizo público al día siguiente, el 4 de octubre. Desde su inicio, se convirtió en un texto incómodo. La leí en su momento, hace unos años, pero entonces, en pleno tiempo de supuesta pandemia, reconozco que no le presté la debida atención. Posteriormente, estaba enfrascado en su lectura, durante un viaje a Italia, cuando, encontrándonos allí, falleció el papa Francisco. Parece que no por casualidad estábamos alojados en una casa de monjas de la Congregación “Pie Operaie di San Giuseppe” (Congregación de las Pías Obreras de San José), cuyo carisma resumen ellas mismas de este modo: “Santificación del trabajo” como participación silenciosa y significativa en la vida cotidiana de las personas y “anuncio del Evangelio” en todas las latitudes del mundo y en cualquier situación de vida, con particular predilección por los pobres. Además, la orden está profundamente imbuida de la espiritualidad cristocéntrica y evangélica de Francisco de Asís.
Parece, por tanto, que la lectura y el lugar se influían mutuamente de algún modo; todo parecía entrelazarse para enriquecer el análisis y conducirnos al núcleo del texto: situar la cuestión social en el centro de la agenda del papa Francisco y, por ello, de la Iglesia católica.
Sin embargo, vuelvo a leerla en 2025, un año después de la muerte del papa Francisco. Algo poco frecuente hoy en día: cuando se publica una encíclica papal, suele surgir la urgencia de leerla y reseñarla a los pocos días para, después, guardarla, dejar que acumule polvo y terminar olvidándola.
Fratelli Tutti es una encíclica más denostada que conocida.
Durante toda la lectura no he dejado de pensar sobre algo que sufre esta encíclica y que, probablemente, no consiga superar, como lo es la lectura maniquea que se realiza de la misma: o se dicen cosas como que es un texto comunista (o de la teología del pueblo, esa corriente teológica nacida en la Argentina tras el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, en 1968), o se dice que responde a una rendición a determinados postulados del globalismo, es decir, se la critica por izquierdista o por todo lo contrario. Así, unos defienden que es un documento que recupera los ideales fraternos propios del catolicismo, otros cuestionan algunos de los posicionamientos económicos del pontífice, pero olvidando a la vez otras encíclicas como Rerum novarum (Leon XIII), Quadragesimo anno (Pío IX) o Centesimus annus (Juan Pablo II).
Parece que muchos católicos han entrado de lleno, y equivocadamente, en el modo político de la polarización, y sólo saben moverse entre extremos, entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, entre el amigo y el enemigo. Es cierto que los tiempos del nuevo papa León XIV, agustino, probablemente sean aprovechados para combatir, al dictado de los textos de san Agustín, ese maniqueísmo que enfrenta el mal y el bien, para entender de nuevo el mal como la privación del bien. Como dijo san Agustín en “Las confesiones”: “El mal no es una sustancia, sino un desorden contrario a la sustancia Es decir, el mal es ausencia del bien, y el bien mayor es Dios, por lo que el mal en la tierra es una ausencia de Él.
Y si nos fijamos bien, ese pensamiento del santo obispo de Hipona, nos lleva directamente a la encíclica que hoy comentamos pues, usando términos propios del papa Francisco, nos lleva la reflexión a las periferias y a los descartados, al predicar una fraternidad que supone que somos todos hermanos, hijos de un Sólo Dios, y que hemos de enfrentarnos al mundo que se construye como si Dios no existiera.
Esta encíclica nos ayuda realmente a tomar más conciencia de nuestra vocación cristiana, del Evangelio, puesto que todos somos uno, que cada persona es hermano nuestro, como un hijo de Dios que somos todos.
Estaría este texto desarrollando la idea de que Jesús se abrió a todo el mundo, que es un anuncio para todo el mundo y que san Pablo exponía de este modo: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, etcétera, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28-29).
Fratelli tutti nos habla en plena coherencia con la Doctrina Social de la Iglesia, eso resulta evidente y ahí nada hemos de objetar. De hecho, la debilidad filosófica y cultural del propio catolicismo, incluso la mala formación hoy de los católicos, es la que hace que muchos postulados que se defienden, que no podemos desligar de una idea de justicia social, sean malentendidos como un posicionamiento político partidista. Y se ignora lo que en la misma afirma Francisco: “esta carta no es para nosotros solos ni para los católicos: es una invitación a todo el mundo para ver qué podemos hacer para salvar esta humanidad”. ¿Qué otra cosa piensan algunos que son el mensaje y el compromiso propios del catolicismo? Porque justo por eso, el papa Francisco invita a soñar “como una única humanidad” y que lo hagamos no como un sueño individual, sino que nos invita a soñar juntos.
Pero no podemos negar aspectos controvertidos.
Como la tergiversación histórica de la visita de san Francisco de Asís al Sultán Malik-el-Kamil, haciendo pasar por “viaje ecuménico” la intención de exhortar al Sultán a convertirse al cristianismo. O la oposición contra toda pena de muerte, que no sólo cambia la tradicional postura de la Iglesia, lo cual es legítimo, sino que lo hace tergiversando un texto de san Agustín, que se utiliza ad hoc del resultado pretendido. Otro critican la exagerada y caótica a veces mezcla de asuntos, que parecen dejar en ciertos momentos al borde de ser considerado un popurrí.
Pero el texto, central en el papado de Francisco, es la exposición de una propuesta de acuerdo cultural y global contra la pobreza, por la hermandad y por la consideración de la humanidad como un todo, para impulsar de ese modo la comunidad, la caridad y la solidaridad, tan debilitadas por el individualismo, las crisis, la indiferencia, las guerras, la prevalencia de lo político y lo macroeconómico sobre los problemas concretos de la gente. Pero el documento no es pesimista, sino exigente. Y nos invita a la esperanza que deriva del compromiso de los católicos. Pero también nos reclama respuestas y hechos concretos. No basta con las palabras, sino que nuestra fe y el compromiso con Dios nos han de llevar a las cosas concretas que hemos de realizar.
No podemos ignorar las críticas papales al neoliberalismo, que es paradigma político y económico dominante, el de las clases dominantes, y por tanto el que genera tantas situaciones de miseria, injusta distribución de la riqueza, división, deshumanización, enfrentamiento, egoísmos y degradación de lo humano. Esto hará que muchos políticos se sientan incómodos y hasta señalados. Pero también gente corriente que antepone las divisivas ideologías al compromiso que le exige su fe cristiana. La dignidad humana debe ser llevada por los católicos al centro de todo, y eso supone que hemos de hacer ver y entender que el mercado no es todo, ni es la solución a todos los problemas y que la economía no puede ser ajena a los principios morales, éticos o de fe. La economía no puede ignorar a Dios, no puede hacer como si no existiese. Y esto no significa hostilidad al capitalismo, no nos equivoquemos, sino a algunas de sus consecuencias y de graves problemas que provoca, pues seguro que el papa Francisco reconocía otras de sus ventajas o de sus aspectos más viables.
Es compleja la visión económica del papa Francisco, aunque algunos le tilden de simplista. Pero duele cuando alerta sobre la especulación financiera y la creación ficticia de riqueza, sobre la especulación que se realiza sobre números y no sobre realidades, sobre la mala administración de las empresas y su consecuencia sobre la vida diaria de las personas o sobre el olvido de que el conjunto de la sociedad debe ser beneficiado por un desarrollo económico justo.
Pero tengamoslo claro, Fratelli Tutti trabaja alrededor de los principios clásicos que inspiran la enseñanza social del cristianismo, la Doctrina Social de la Iglesia, y lo que dice no resulta muy diferente a lo que ha enseñado el magisterio anterior. Lo vemos en la gran cantidad de referencias que contiene el texto de esta encíclica, remitiéndonos a otros documentos magisteriales. Y justamente por eso podemos afirmar que, como en anteriores documentos de otros papas, explora una vía intermedia entre el liberalismo, el socialismo y el populismo. Digamos que busca otro camino que reafirme lo que han enseñado los pontífices desde León XIII, es decir, que debemos situar a las personas por encima de las ganancias, el trabajo por encima del capital, el bien común por encima del beneficio empresarial, la comunidad por encima del individuo, la función social de la propiedad sobre la idea de la propiedad como un derecho absoluto e irrestricto.
Fratelli Tutti va a ganar con el tiempo, cuando sea leída sin prejuicios y sin anteojeras. Debe ser estudiada para recordar el pontificado de Francisco, pues podemos decir que es un resumen de lo que durante los años de su papado expuso en conversaciones, homilías y documentos, y realizado como una propuesta audaz y necesaria para el contexto mundial del momento presente. Una especie de testamento que fue completado con su última encíclica, ya más puramente teológica: Dilexit nos.








