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Amar a los próximos y a los desconocidos

La encíclica Fratelli tutti ha despertado adhesiones inesperadas en un documento del Obispo de Roma. Pedro Sánchez ha dicho que “comparte con el Papa el llamamiento a construir un mundo más justo y solidario”. El presidente español se sitúa junto al Papa en los buenos deseos, mientras no hace ningún caso de los consejos que le ofreció Francisco cuando lo recibió hace dos meses, tal como se pone de manifiesto en las nuevas leyes de educación, de eutanasia y en otras que actualmente impulsa su gobierno.

También destacados miembros de Podemos y de su entorno ideológico han alabado la encíclica, como lo ha hecho también la Gran Logia de España por el hecho “de abrazar la fraternidad universal”. Desde el otro extremo la encíclica ha sido tachada de comunista, masónica, y se la ha acusado de apoyar la agenda global.

Pero cuando el Papa se refiere a nuestra “esencia fraterna”, la fundamenta no en la masonería moderna, sino en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37). En esta, un maestro de la ley pregunta públicamente a Jesús: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para poseer la vida eterna?”. Y Jesús le responde con el doble mandamiento del amor: “Ama a Dios con todo el corazón y ama a los otros como a ti mismo.” El hecho de ser hijos de un mismo Padre es el fundamento de nuestra fraternidad.

Entonces el maestro de la ley pide una aclaración a Jesús: “¿Y quiénes son los otros que tengo que amar?”. Jesús responde con la narración de la parábola del buen samaritano. El capítulo 2 de la encíclica lleva por título “Un desconocido en el camino”. La cuestión que había que aclarar es el ámbito de las personas a las que tenemos que amar. La respuesta de Jesús es clara: tenemos que amar también a los desconocidos, a los extraños. En otros pasajes del Evangelio Jesús va más allá, y nos manda amar incluso a nuestros enemigos.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se presupone el amor a la esposa, al marido, a los hijos, a los padres… El problema es cuando entra en crisis el amor a los más próximos, tal como acontece hoy en nuestra sociedad, donde se aprueban leyes que debilitan los vínculos con aquellos a los que tendríamos que amar incondicionalmente, y donde se generalizan las excepciones a este principio moral de la ley natural. ¿Amo a mi mujer? ¿Amo a mi marido? Sí, mientras no me canso de ella o de él y me divorcio. La ley vigente que permite disolver el vínculo sin otra causa que la mera voluntad de una de las partes devalúa mucho el matrimonio y debilita la familia.

¿Amo a mis hijos? Sí, daría la vida por ellos si se estuviera hundiendo el bote de salvamento y no cupiéramos todos los miembros de la familia. Pero, ¿estoy dispuesto a esforzarme y a sacrificarme en mi vida ordinaria para que mis hijos puedan crecer en un hogar estable y con amor, y a evitarles el trauma de la ruptura familiar?

Esperamos con la máxima ilusión al hijo que tiene que venir cuando lo hemos deseado, pero si llama a la puerta inesperadamente y nos rompe los planes, exigimos el derecho a liquidarlo antes de nacer. En pocos temas como el derecho a la vida se hace tan evidente el abismo que hay hoy entre la legalidad vigente en muchos países “avanzados”, y el derecho natural y la moral más elemental.

¿Amo al padre y a la madre también cuando la edad los va debilitando? Sí, pero que no tenga que alterar mucho mi forma de vida. Las relaciones entre los hijos y los padres ancianos quedarán profundamente afectadas con la aprobación los próximos días de la ley de eutanasia. El “yo lo que no quiero es dar trabajo y problemas a los hijos”, ahora tendrá un remedio expeditivo. El “para vivir de este modo, prefiero morirme”, pasará a ser una posibilidad real que pesará sobre el ánimo y la conciencia de los más mayores.

Para todo cristiano y para todas las personas de buena voluntad a las cuales se dirige la carta del Papa, está claro que tenemos que amar también al desconocido, al inmigrante. Pero, más allá de acciones generosas espontáneas motivadas por el idealismo juvenil o los buenos sentimientos, la cuestión es si en un proyecto de vida personal cabe seriamente la solidaridad con los desconocidos necesitados, cuando no somos capaces de mantener nuestro amor y compromiso con los más próximos.

El amor auténtico es mucho más que un sentimiento. Amar a alguien y comprometerse con él es una cosa muy seria, y requiere en la persona un estructura espiritual y moral que se tiene que edificar sobre unos cimientos sólidos. Si en algo se valora hoy la aportación de la Iglesia a nuestra sociedad es en la ayuda desinteresada a los más necesitados, sin distinción de origen ni de religión. La caridad cristiana es la realización sostenida a lo largo de veinte siglos del “Ve, y haz tu lo mismo” con que concluye la parábola del buen samaritano.

La encíclica de Francisco no predica una moral de mínimos sino de máximos. Está claro que se tiene que amar al desconocido. Pero quien ama a este y no ama a los más próximos, no ama de verdad. El antecesor de Francisco, Benedicto XVI, lo explica claramente en su punto 3 de Caritas in Veritate:

“Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal.”

La obra de la Iglesia a lo largo de los siglos es un inmenso edificio construido con la verdad de la Palabra de Dios, de la tradición cristiana y del magisterio, con encíclicas como las de Benedicto XVI y las de Francisco, y con el amor desinteresado y sostenido a los más necesitados.

Publicado el 28 de diciembre en el Diari de Girona

La encíclica de Francisco no predica una moral de mínimos sino de máximos Clic para tuitear
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