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Habermas, MacIntyre, Toni Negri y San Agustín

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¡Vaya título, qué mezcla! Pues, más que mezcla, combinación, y como tal más articulada de lo que a algunos les puede parecer en una primera impresión, porque en el trasfondo de todo se encuentra un diagnóstico crítico con la cultura hegemónica en Occidente, que ha construido La Sociedad Desvinculada.  

Para empezar lo que un filósofo postkantiano, como Habermas, diagnóstica, encaja como anillo al dedo con lo que describe el desarrollo de “La Sociedad Desvinculada.”

Habermas opina que el proceso de diferenciación social ha llevado a una «colonización» del «mundo de la vida» por parte del «sistema” mediante la formación de “medios de control generalizados” – dinero y poder – al que en nuestro tiempo se ha añadido, como factor axial, el sexo como consumo, alienación e identidad.

En estas condiciones, la reproducción material de la sociedad no solo se vuelve independiente de su reproducción cultural, sino que también la penetra cada vez más. Para Habermas, este proceso es una característica central de las sociedades modernas. Distingue entre tres etapas de desarrollo:

La primera es la de las sociedades tradicionales en las que el «mundo de la vida» aún no está separado del «sistema». Se refiere a formas de sociedad cuya reproducción material todavía está dominada por su esfera cultural de valores; en el que las normas culturales aún influyen decisivamente en las condiciones de reproducción material. Es el tiempo histórico previo a la crisis que se inicia con la Ilustración y que desemboca en la industrialización y el liberalismo.

En la segunda etapa, históricamente el tiempo de la Ilustración y el liberalismo y la industrialización, el “sistema” se desacopla del “mundo de la vida”, con el resultado de que el “poder” y el “dinero” como medios de control del “sistema” unen a las personas para imponer una lógica de acción que se ha desvinculado de los valores y normas culturales comunes. Son estas invasiones del «sistema» en el «mundo de la vida» lo que Habermas caracteriza como su «colonización». Naturalmente, y esto lo añado yo, existe en toda esta dinámica histórica una cuestión de grado, una sustitución paulatina, sobre todo en su dimensión social, popular, con periodos de tiempo y grupos sociales en los que conviven ambas dinámicas, la antigua acoplada al modo de la vida y la “moderna”, a la del “sistema”.  En España el enfrentamiento entre el pueblo carlista y las elites estatales liberales responden a las dos fuerzas de aquella dinámica.

En la tercera etapa, según Habermas, los conflictos entre “sistema” y “mundo de la vida” emergen abiertamente: “Hoy, los imperativos de los negocios y la administración transmitidos a través de los medios de comunicación, del dinero y el poder, penetran en áreas que de alguna manera se rompen, cuando se tratan, por la acción orientada a la comunicación, se desacopla y se cambia a tales interacciones controladas por los medios. Y en eso estamos.

La familia es una de las grandes víctimas de este desacople, de esta ruptura, por cuanto los fines del sistema no son compatibles con los suyos basados en el amor de donación, la reciprocidad, la comunión de bienes y la solidaridad. Es obvio que todo esto choca con la lógica del sistema.

En esta tercera década del tercer milenio, la de la sociedad desvinculada, puede verse la consecuencia de lo que Habermas describe y que MacIntyre, en Tras la Virtud, estudia como causa que, a partir del binomio Ilustración-liberalismo, genera la crisis moral que impera, cuando el “sistema” dicta su voluntad al “mundo de la vida”, según Habermas, y cuando el Imperio resulta invencible, según Antonio Negri. Y a esta aplastante imposición, la más formidable de la historia humana, dinero, poder, sexo y tecnología, formando una alianza objetiva, solo puede oponérsele, según Negri, una multitud en una trasposición secularizadora muy forzada de la concepción agustiniana y, como modo de vida, franciscana.

Pero, a pesar de la importancia de su libro, Imperio, abordando esta respuesta, Negri no ha logrado transformar su concepto en política. La razón es evidente. Una multitud nunca llega a ser una fuerza si no está unida por unos acuerdos fundamentales que trasmiten una tradición y toman forma -y esta es la transformación de la multitud- en una comunidad; y todo esto es MacIntyre literal. Una comunidad o comunidades, que tomarán su fuerza, seguimos con el mismo autor, del gran constructor de Europa, San Benito.

Cristo como fe, la cristiandad como cultura; un pueblo transformado y con capacidad transformadora. El que ha sido y debe ser el élan vital al que se refiere Bergson en La Evolución Creadora. La misma que forjo Europa, la que después de la Gran Catástrofe Europea de 1914-1945, dio pie a un breve renacimiento, que la cultura de la desvinculación ha ido destruyendo.

Distintos nombres, diferentes caminos, pero todos ellos conducen a Roma, o se aproximan a ella. A la Roma de Pedro y Pablo, necesarios para volver al mundo de la vida, cuyos valores y virtudes impregnen el sistema procurando una articulación armónica entre el modo  de producir y el de vivir.

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2 Comentarios. Dejar nuevo

  • Creo que convendría diferenciar los respectivos papeles de los factores poder, dinero, tecnología y sexo, pues no todos actúan en el mismo plano. Poder es el fin perseguido por una oligarquía económica que ya no se conforma ni siquiera con la descomunal influencia que le proporciona su riqueza y que desea alcanzar un poder sin límites para así enriquecerse aún más; es decir, un círculo vicioso en el que dinero y poder (político, militar, etc.) se alimentan el uno al otro. La tecnología es a la vez un engañoso sucedáneo de la religión (promete falsos paraísos, es el verdadero «opio del pueblo») y una herramienta concreta y manejable que hace posible el enriquecimiento de quien la posee (por supuesto no me refiero al usuario, que es esclavo de la técnica), ya que gracias al control social que facilita (mediante almacenamiento de datos, propaganda, poder militar, etc.) produce una cada vez mayor concentración de poder. El sexo (no natural, sino pervertido e hipertrofiado) es sobre todo un factor disolvente: atomiza la sociedad y debilita su capacidad de resistencia, separando a sus miembros en infinidad de grupos artificiales («identidades sexuales») y disolviendo a la familia como unidad social básica, todo ello según el principio de dividir y vencer.
    Se trata de un proceso o «juego» en el que a medio y lago plazo sólo se puede perder. Sus móviles, dinero y riqueza en la forma más grosera, son de una banalidad inconcebible. En realidad, todo esto no lleva a ninguna parte salvo a un totalitarismo absoluto y absolutamente destructivo, una pesadilla. Pero no sólo si el experimento tiene «éxito» las perspectivas son negras. Cualquier avería en el sistema (y es inevitable que tarde o temprano las haya) puede ocasionar desastres inimaginables. Estamos ante una bomba de relojería que no para de crecer y de volverse cada día más difícil de desactivar.

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  • Dos ejemplos perfectos de generadores de la sociedad desvinculada (dinero, poder, sexo) son el narcotráfico y la pornografía con sus efectos devastadores. Al parecer, sólo se intercepta un 20% de la droga que llega a España; y en la circulación de pornografía no se ha oído que se haya hecho especial hincapié político en prohibirla a menores de edad y en restringirla fuertemente al resto de la población.
    Fácil de entender: tanto en uno como en otro campo hay unos intereses de dinero, poder y sexo que deben de ser mucho más grandes de lo que nos podamos imaginar.
    El poder político no interviene con todo su potencial para arrancar el mal de raíz porque las vidas humanas y el crecimiento armónico de las personas importan menos que los beneficios derivados de cada una de estas lacras.

    El impulso vital para contrarrestar estas atrocidades creo que llegará menos por la acción de los partidos políticos que por la de grupos civiles que se dejen la piel.

    ¿Por qué desde hace cinco más años están proliferando los clubes sociales de consumidores de cannabis? Porque habrá detrás una «industria» que da dinero y subsiguientemente poder y acceso fácil al sexo.

    Y esto, con el asentimiento, aplauso y voto de muchos millones de personas.

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