La polémica por la educación sexual en las escuelas católicas de Hamburgo sube de tono. Dos comunicaciones internas reveladas por La Nuova Bussola Quotidiana mostrarían que responsables de la archidiócesis han pedido no responder a los padres que cuestionan las nuevas directrices, pese a que el Vaticano ha remitido expresamente a su documento sobre la cuestión del género en la educación.
La controversia abierta en la Archidiócesis de Hamburgo por sus nuevas orientaciones de educación sexual ha dejado de ser únicamente una discusión pedagógica.
Lo que comenzó como la preocupación de un grupo de padres ante los contenidos que recibirían sus hijos en las escuelas católicas amenaza ahora con convertirse en un serio conflicto sobre la identidad misma de la educación católica y sobre la relación entre una Iglesia local y las orientaciones de la Santa Sede.
Según publicó el 18 de septiembre La Nuova Bussola Quotidiana, dos comunicaciones internas de responsables de la archidiócesis mostrarían una actitud abiertamente hostil hacia las familias agrupadas en la denominada Red de Padres para la Protección y Prevención de la Infancia, formada por alrededor de un centenar de familiares.
El motivo de la protesta son las nuevas directrices para la educación sexual que la Archidiócesis de Hamburgo ha introducido en sus quince escuelas católicas. El marco fue presentado oficialmente por la propia archidiócesis en junio de 2025 y deberá aplicarse plenamente durante el curso 2026-2027.
En su presentación, el vicario general, el padre Sascha-Philipp Geißler, defendió una «evolución necesaria» de la posición de la Iglesia católica respecto a la sexualidad y sostuvo que los centros deben promover la aceptación de la diversidad de orientaciones sexuales e identidades de género.
Es precisamente ahí donde numerosas familias han planteado sus objeciones: consideran que determinadas propuestas pueden entrar en contradicción con la antropología cristiana que debe inspirar, precisamente por su naturaleza, a una escuela católica.
La orden de no responder
La polémica adquiere ahora una dimensión diferente.
Según una comunicación interna a la que asegura haber tenido acceso La Nuova Bussola Quotidiana, el vicario general habría advertido al personal de la archidiócesis sobre las actuaciones de la red de padres y habría recomendado «expresamente no responder ni entrar en debate» con ellos.
Más aún, las protestas de las familias serían presentadas en esa comunicación como un intento de provocar «inseguridad y discordia» en las comunidades escolares.
Resulta difícil no advertir la paradoja.
Durante años, buena parte del proceso sinodal alemán ha reivindicado insistentemente palabras como escucha, participación, diálogo, corresponsabilidad y protagonismo de los laicos. Sin embargo, cuando un grupo de laicos —padres y madres responsables directos de la educación de sus hijos— formula objeciones ante un asunto tan sensible como la educación afectivo-sexual, la respuesta parece ser exactamente la contraria: no contestar y no debatir.
Y el problema es mayor porque las familias no están reclamando simplemente que prevalezca su opinión particular. Están preguntando si el proyecto educativo de una escuela que se presenta como católica puede apartarse de la antropología que sostiene la propia Iglesia.
Roma ya había señalado un camino
La polémica ha llegado, además, hasta el Vaticano.
El Dicasterio para la Cultura y la Educación respondió a las familias remitiéndolas al documento de 2019 Varón y mujer los creó. Para una vía de diálogo sobre la cuestión del gender en la educación, publicado por la entonces Congregación para la Educación Católica.
No se trata de un texto marginal.
El documento fue redactado precisamente para orientar a escuelas, universidades, profesores, familias y responsables educativos católicos ante las cuestiones relacionadas con el género.
Y contiene una afirmación esencial: la Iglesia distingue entre los estudios sobre el género, que pueden ofrecer elementos susceptibles de estudio y diálogo, y una ideología que considera que la identidad sexual puede desvincularse radicalmente de la diferencia biológica entre hombre y mujer.
El documento vaticano propone tres verbos: escuchar, razonar y proponer.
Paradójicamente, la acusación que ahora plantean los padres de Hamburgo es que la propia archidiócesis estaría prescindiendo del primero de ellos.
Según las informaciones publicadas, Geißler habría reconocido en su comunicación que el Dicasterio respondió a la red de padres con una confirmación de recepción y la referencia al documento vaticano, aunque subrayando que la archidiócesis no había recibido ninguna comunicación directa de Roma.
Una diferencia formal que difícilmente elimina la cuestión de fondo: si el organismo competente de la Santa Sede recuerda expresamente a unas familias un documento dedicado a la educación católica y al género, parece razonable preguntarse hasta qué punto sus criterios deben estar presentes en las escuelas de una archidiócesis católica.
Padres presentados como extremistas
El desencuentro se ha agravado con otro elemento especialmente delicado.
Según La Nuova Bussola, tanto el vicario general como Christopher Haep, responsable del departamento de Escuela y Universidad de la archidiócesis, habrían intentado vincular a los padres críticos con ambientes conservadores de derechas.
Una de las personas señaladas habría sido Varinia Arauco Vera, madre de origen peruano y una de las principales representantes del grupo.
Haep habría relacionado a Arauco con un movimiento denominado Totus Tuus, anteriormente disuelto en la diócesis de Münster. Sin embargo, según la información publicada, la madre no tendría relación alguna con aquella organización: simplemente habría utilizado en WhatsApp una imagen con las palabras «Totus Tuus».
La confusión resulta llamativa.
«Totus Tuus» no es patrimonio de ninguna asociación alemana. Fue el conocido lema episcopal y posteriormente pontificio de san Juan Pablo II, inspirado en la espiritualidad mariana de san Luis María Grignion de Montfort.
Convertir esas palabras en indicio de radicalismo sería, como mínimo, una interpretación difícilmente sostenible.
Una polémica que llega hasta los menores de seis años
Hay otro episodio que explica mejor la preocupación de algunas familias.
El pasado 24 de marzo, según el periódico italiano, se preparó en una clase de preescolar una jornada contra la discriminación dentro del proceso previo a la implantación de las nuevas directrices.
Entre los materiales destinados a niños menores de seis años figuraban dibujos de parejas del mismo sexo acompañados de corazones y de la pregunta «¿A quién amas?».
El material finalmente no habría sido distribuido después de que una madre exigiera verlo previamente y expresara su oposición. El director habría decidido retirarlo en aquella ocasión, aunque sin descartar su utilización posterior.
Y aquí aparece una cuestión que va mucho más allá de cualquier batalla cultural: ¿quién decide cómo, cuándo y desde qué antropología se introduce a un niño de cinco años en cuestiones relacionadas con la sexualidad y las relaciones afectivas?
En una institución católica, la respuesta no puede construirse ignorando a las familias ni considerando sospechoso a quien solicita coherencia con la enseñanza de la Iglesia.
No estamos ante una discusión sobre si una persona debe ser respetada. La doctrina católica exige inequívocamente el respeto de la dignidad de toda persona y rechaza la violencia, el desprecio y la discriminación injusta.
Lo que está en discusión es otra cosa: qué concepción del ser humano debe transmitir una escuela católica.
Una institución educativa católica puede dialogar con la cultura contemporánea; debe hacerlo. Puede escuchar nuevas preguntas, estudiar problemas nuevos y acompañar situaciones humanas complejas. Pero difícilmente puede renunciar a aquello que constituye su propia razón de ser sin terminar convirtiendo su identidad católica en una simple etiqueta administrativa.
Y tampoco puede pedir confianza a las familias mientras evita responder a sus preguntas.
Las escuelas no son laboratorios ideológicos y los hijos no pertenecen a las instituciones. Los padres continúan siendo los primeros responsables de su educación, especialmente cuando hablamos de una dimensión tan íntima y decisiva como la afectividad y la sexualidad.
El documento vaticano de 2019 proponía frente a las guerras ideológicas precisamente el camino del diálogo.
Por eso resulta particularmente grave que el conflicto de Hamburgo termine convertido en una confrontación entre quienes invocan ese magisterio y quienes deberían garantizar que se conozca dentro de las propias escuelas católicas.
La última palabra corresponde ahora al arzobispo de Hamburgo, Stefan Heße.
Tendrá que aclarar si comparte la estrategia atribuida a sus colaboradores, explicar cómo se integrará la doctrina de la Iglesia en las nuevas directrices y, sobre todo, responder a una pregunta elemental que ninguna estructura eclesial debería considerar incómoda:
si una familia católica no puede preguntar a su propia Iglesia qué les están enseñando a sus hijos, ¿dónde queda entonces aquella sinodalidad que afirma comenzar precisamente por escuchar?









