La Cuaresma suele asociarse con pequeños sacrificios: dejar el chocolate, reducir el tiempo en redes sociales o ver menos televisión. Pero, además de renunciar a cosas, este tiempo litúrgico es también una oportunidad para multiplicar los bienes espirituales. De hecho, la Iglesia propone varias prácticas que, realizadas con las condiciones adecuadas, permiten obtener indulgencia plenaria, es decir, la remisión total de la pena temporal debida por los pecados ya perdonados.
Estas indulgencias pueden aplicarse a uno mismo o —algo especialmente valioso— a las almas del purgatorio, convirtiéndose así en una auténtica obra de misericordia espiritual. Y lo mejor es que algunas de estas prácticas pueden realizarse cada día durante la Cuaresma.
A continuación, repasamos cuatro formas concretas y muy accesibles reflejadas en el Enchiridion Indulgentiarum oficial de la Santa Sede, o Manual de Indulgencias.
1. Rezar el Vía Crucis
El Vía Crucis es una de las devociones más tradicionales de la Iglesia para meditar la Pasión y muerte de Cristo. Consiste en recorrer 14 estaciones que recuerdan los momentos del camino de Jesús hacia el Calvario.
Para obtener la indulgencia plenaria es necesario realizar el ejercicio ante un Vía Crucis legítimamente erigido, normalmente en una iglesia o santuario. Si se hace en grupo, basta con que quien dirige la oración se desplace de una estación a otra; los demás pueden permanecer en su lugar.
¿Y si alguien no puede caminar o desplazarse? La Iglesia también contempla esa situación. En ese caso, se puede obtener la indulgencia dedicando al menos quince minutos a leer y meditar la Pasión de Cristo.
En la práctica, dedicar un rato al Vía Crucis —quizá antes o después de la misa diaria— puede convertirse en un gesto sencillo que marque profundamente la vivencia de la Cuaresma.
2. Rezar el Rosario
Otra práctica muy accesible es rezar el Rosario. Para que tenga indulgencia plenaria debe rezarse:
-
En una iglesia u oratorio
-
En familia
-
En una comunidad religiosa
-
O en un grupo de fieles reunidos
Basta con rezar cinco misterios completos (un rosario de cinco decenas), pero deben hacerse sin interrupción. Además, es recomendable acompañar cada misterio con una breve meditación.
Rezar el Rosario en familia o con amigos durante la Cuaresma puede ser una forma sencilla de incorporar esta práctica a la vida cotidiana.
3. Adoración eucarística durante media hora
Otra forma de obtener indulgencia plenaria es visitar al Santísimo Sacramento en adoración durante al menos treinta minutos.
En muchas parroquias existen momentos de adoración o capillas donde el Santísimo está expuesto o reservado en el sagrario. Media hora de silencio ante el Señor puede convertirse en uno de los momentos más transformadores del día.
Además, este tiempo de oración ayuda a vivir con más profundidad el espíritu de conversión propio de la Cuaresma.
4. Leer o escuchar la Sagrada Escritura
La cuarta práctica es muy directa: leer la Sagrada Escritura durante al menos media hora, con actitud de oración y reverencia hacia la Palabra de Dios.
El texto debe ser una edición aprobada por la Iglesia. Si alguien no puede leer —por ejemplo, por problemas de visión— también puede escuchar la Biblia, lo cual hoy resulta muy sencillo gracias a audiolibros o aplicaciones.
La Cuaresma puede ser un momento ideal para retomar el Evangelio y dedicar cada día un tiempo tranquilo a la lectura espiritual.
Las tres condiciones necesarias
Además de realizar alguna de estas obras, la Iglesia establece tres condiciones para obtener la indulgencia plenaria:
-
Confesión sacramental.
-
Recibir la Sagrada Comunión.
-
Rezar por las intenciones del Papa (basta un Padrenuestro y un Avemaría).
También es necesario tener una disposición interior importante: estar realmente desprendido del pecado, incluso venial.
Una misma confesión puede servir para varias indulgencias, pero la comunión y la oración por el Papa deben realizarse para cada una.
La propuesta es sencilla: aprovechar este tiempo litúrgico para llenar los días de oración. Quizá el pequeño sacrificio sea apagar el móvil un rato o reorganizar la agenda. Pero los frutos espirituales —para nosotros y para muchos otros— pueden ser inmensos.








