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La fe salvó a Laeticia en el incendio de Crans-Montana, Suiza

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La madrugada del 1 de enero de 2026 quedó marcada por una tragedia que ha sacudido a Suiza y al mundo. Un incendio en el bar Le Constellation, en la estación alpina de Crans-Montana, dejó al menos 47 fallecidos y más de un centenar de heridos, según los balances actuales.

En medio de la conmoción, Laeticia Place, una superviviente, relató en medios suizos el horror vivido y el lugar central que ocupó la fe en su lucha por mantenerse con vida.

Iba tocando mi cruz… y rezaba para no morir”

Laeticia había acudido con amigos a celebrar el Año Nuevo. En pocos minutos, la fiesta se transformó en un escenario de caos: la salida, explicó, era demasiado estrecha y la avalancha humana convirtió la huida en una trampa. Según su testimonio, estaba ya con el fuego alrededor, sintiendo cómo se quemaban sus pies. Y, e instintivamente pensó en algunas conversaciones con su sus padres y comenzó a rezar.

En su relato, Laeticia recuerda que, mientras intentaba respirar y extender las manos para pedir ayuda, tocaba la cruz que llevaba al cuello y suplicaba al Señor no morir.

Fue finalmente rescatada por un joven al que no conocía, que logró sacarla del local. Ese gesto —un desconocido que se juega la vida por otro— también ha sido leído por Laeticia como un signo concreto de esa providencia que, sin hacer “magia”, se abre paso a través de manos humanas.

Un misterio en el centro del dolor

La joven contó además un episodio que muchos han calificado de “milagroso”: un amigo suyo, sin salida posible, se habría sentado, sostuvo una cruz en la mano y, en medio de las llamas, el fuego no le alcanzó aunque todo a su alrededor se quemó; después consiguió escapar rompiendo una ventana.

La Iglesia es prudente con este tipo de interpretaciones, pero también sabe que, en determinados momentos, Dios concede consuelos que no siempre podemos explicar. Lo esencial —y esto sí es verificable— es el fruto espiritual: la confianza, la gratitud…

De hecho, Laeticia regresó a la zona del siniestro para rendir homenaje y expresar algo muy sencillo: quería dar gracias a Dios por haberla salvado y, al mismo tiempo, pedir por sus amigos desaparecidos y por quienes permanecen hospitalizados.

Misa, rosario y escucha

Ante el impacto del suceso, el diocesis de Sion (del que depende Crans-Montana) anunció espacios para que los jóvenes puedan recogerse, hablar, rezar y no quedarse solos, además de celebraciones litúrgicas en memoria de las víctimas, con misa y rezo del rosario.

Desde Roma llegó también una palabra de comunión. En un mensaje transmitido por el cardenal Pietro Parolin, el papa León XIV se unió al duelo, expresó su compasión y aseguró su oración: pidió al Señor que acoja a los difuntos “en su morada de paz y de luz” y sostenga a quienes sufren en el corazón o en el cuerpo.

La historia de Laeticia no elimina el escándalo del sufrimiento ni responde todas las preguntas. Pero sí ilumina una verdad cristiana antigua y siempre nueva: en la noche más densa, la oración puede ser una cuerda.

No para negar el dolor, sino para atravesarlo sin quedar solos. Y, en una tragedia colectiva, esa cuerda se vuelve también comunitaria: misa, rosario, silencio compartido, acompañamiento, caridad concreta.

Hoy, la Iglesia en Suiza y la Iglesia universal invitan a lo mismo: orar por los difuntos, sostener a los heridos, consolar a las familias. La fe no compite con la razón ni con las responsabilidades humanas: las abraza. Y en medio de las cenizas, vuelve a decir —con lágrimas— que la última palabra no es el fuego, sino Dios.

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