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La pretensión secularizadora

Editorial

Existe una muy asentada explicación que parte de la afirmación de que la Ilustración ha dejado sin efecto el marco de referencia del cristianismo, al situar en un primer plano la razón. En el ámbito científico se traduce en el empeño de pretender “científicamente” que lo creado carece de sentido, que el ser humano es fruto del azar y la circunstancia, y no posee nada que le haga superior a cualquier otra especie, o esta científicamente demostrado que el acto creador no existe, prescindiendo de cuál sea su naturaleza.

Al actuar así, la ciencia, que solo es competente cuando trata de los medios, es el prototipo de razón instrumental, se irroga el derecho de definir la validez de los fines. En realidad, esto ya no es ciencia, es cientifismo, pero hay muchos profesionales de este campo que incurren en esta mixtificación.

Este enfoque no oculta, al contrario, su pretensión de superioridad, de juzgar desde una perspectiva supremacista a una cultura inferior, la concepción cristiana.

Este planteamiento, que está destruyendo la cultura Occidental, esconde la arbitrariedad. En primer lugar, porque la razón “ilustrada” no es la incorporación “ex novo” de la razón a nuestra cultura, sino la sustitución de un determinado tipo de razón, la de naturaleza objetiva, propia del cristianismo, por otra, la razón instrumental. En realidad, no se trata de sustituir solo al cristianismo, sino a todo modo objetivo; también del sistema platónico-aristotélico, y de hecho de toda la filosofía clásica. En realidad, todas las grandes culturas del mundo parten de un marco de razón objetiva, y precisamente la única excepción, para lo bueno y para lo malo, es el caso de la Ilustración occidental.

La razón instrumental que afirma el pensamiento ilustrado resulta muy adecuada cuando se trata de medios, por ejemplo, para abordar un problema mecánico, pero resulta muy limitada y fragmentada cuando aborda los fines, de la vida humana a Dios. Esta fragmentación, del modo de razonar ilustrado, ha sido abiertamente criticada desde puntos de vista muy distintos. Cito dos por su relevancia, Alasdair MacIntyre y su crítica radical a la modernidad o MAX HORKHEIMER y su “Crítica de la razón instrumental”.

Pero la mejor constatación de la debilidad de este tipo de razón es empírica y verificada por la propia historia. No se trata solo del debate sin fin entre las distintas “razones”, que no se entienden a pesar de apelar todas ellas a la misma diosa razón. Se trata, además, de que el pensamiento ilustrado ha resultado tan frágil, que ha devenido en crisis permanentes desde el siglo XI, y a dado lugar a reacciones contrarias, como bien describe Carlos Granés en “El Puño  Invisibleal analizar las distintas y sucesivas vanguardias, que tienen precisamente en común su desprecio por la civilización engendrada por la modernidad y el liberalismo, que impide vivir una vida plena. De una manera mas especifica Roger Griffin  indaga en la relación entre  una de las grandes reacciones a la modernidad, el modernismo y el fascismo. Todo ello hasta hoy, cuando su vástago cultural, la postmodernidad y la cultura de la desvinculación, hoy hegemónica en buena parte de Europa, la han fagocitado.

La razón instrumental ha desembocado muy pronto en un subjetivismo radical, convirtiendo al procedimiento en un dios capaz de atreverse con todo. Un procedimiento que, además, se ha ido degradando hasta convertirse en una seudo dictadura del poder ejecutivo y de la mayoría. En determinados casos, como la Comisión Europea, ni tan solo se trata de un poder electo. Es tan extrema esta peligrosa deriva, que permite escribir desde el progresismo liberal, cómo hace Llàtzer Moix ( La Vanguardia 14/08/22), que “en una sociedad libre, la justicia no debería resolver contra el sentimiento de la mayoría social”. Esta idea tan terrible para el valor de la justicia recupera el viejo desiderátum ilustrado de la Revolución Francesa, donde la “voluntad popular”, es decir, sus representantes políticos, eran los responsables de impartirla, en lugar de los jueces.

Es una visión que consagra la degradación del pensamiento ilustrado, porque sitúa la sentimentalidad por encima de la justicia, que es por definición un acto propio de la razón ilustrada, de la razón instrumental. Así mismo, líquida en su desarrollo la independencia de los poderes públicos, en este caso el tan decisivo poder judicial, porque lo somete al dictado de la mayoría política que, en muchos casos, como el de la sentencia sobre el aborto del Tribunal Supremo de Estados Unidos, no se trata ni tan siquiera de la representación parlamentaria, sino de datos de las encuestas.

Es lógico, porque aquel subjetivismo extremo, se ha transformado a su vez, y era difícil que no fueran así, en emotivismo, dando lugar al imperio de las emociones, donde el victimismo, pasa cuentas con el pasado, la liquidación de la presunción de inocencia, la existencia de imágenes, realización de una forma secular de pecados originales imborrables, ser hombre, ser blanco, heterosexual, haber sido acusado de un delito sexual contra una mujer en el pasado sin importar la absolución, convierte para siempre en culpable a tal persona. Todo esto ha desembocado en la sociedad desvinculada, en la que se afirma la realización personal por la sola vía de la satisfacción, sin cauces ni límites, de la pulsión del deseo que, a su vez, y esto también posee un desarrollo lógico, se traduce en la hiper sexualización de la vida.

Hemos transitado como sociedad de la vida realizada en el bien como aspiración, al sexo como problema político, el principal problema político a juzgar por los debates y buena parte de las leyes.

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