La sexualidad, cosa sagrada (II)

Véase La sexualidad, cosa Sagrada (I)

Respuesta: En segundo lugar, la sexualidad es sagrada porque sagrada es la persona humana.

Entiendo que esta respuesta no satisfaga a más de un lector porque la razón puede encontrarse ante dudas legítimas para aceptar que eso sea así. Habrá que argumentar muy bien por qué es sagrada la persona humana, pues tal sacralidad no solo no es evidente, que no lo es, sino que tampoco es fácilmente creíble. Imaginemos que nos encontramos en un lugar público muy concurrido, por donde transitan turistas y no turistas de las más variadas condiciones y pelajes. Imaginemos, por ejemplo, una plaza populosa de una de las grandes ciudades del mundo (Roma, París, Barcelona, Nueva York…) y un observador neutral que viera pasar ante él tipos de hombres y mujeres que presentan entre sí enormes diferencias. Si alguien se le acercara y le dijera que todas esas personas, cada una con sus características y rarezas particulares, todas sin excluir ninguna, son seres sagrados, nuestro buen observador quedaría cuando menos perplejo. ¿Seres sagrados?, ¿todos?, ¿todos sin excepción? ¡Caramba!

Si en el artículo anterior me lamentaba de apenas encontrar en internet referencias católicas sobre la sacralidad de la sexualidad, ahora me satisface mucho decir lo contrario respecto de la persona humana. Acabo de hacer una búsqueda abierta, tecleando la expresión ‘carácter sagrado de la persona humana’, sin comillas, en el buscador más socorrido y compruebo con mucha complacencia que abundan las páginas católicas y que son católicas las más consultadas. Como mi propósito es justificar el título (la sacralidad de la sexualidad humana) y no la sacralidad de la persona humana, para no desviarme de este propósito, solo diré que la persona es sagrada por ser imagen viva de Dios, que es el Ser Santo por excelencia. Por si a alguien le puede venir bien, remito al lector interesado a este artículo: “El valor sagrado de la vida humana” del sacerdote y filósofo Antonio Orozco, publicado en la revista Arbil, en el cual se explican de manera breve y con mucha claridad tres argumentos por los cuales podemos decir que toda persona es un ser sagrado.

Centrándonos ya en lo que nos ocupa, conviene ahora ver cuál es la relación entre persona y sexualidad. Muy estrecha debe ser la relación y muy fuerte el vínculo que ligue a ambas cuando la sacralidad de la primera provoca la de la segunda. Ello nos obliga a indagar la naturaleza de ese vínculo y a preguntarnos por él: ¿Cuál es ese vínculo?, ¿cuál su naturaleza? La respuesta es bien sencilla: La identidad. El concepto de identidad es la clave para entender que, si la persona es un ser sagrado, su sexualidad lo es también necesariamente, es decir, sin poder dejar de serlo.

La sexualidad, un dato de identidad

El ser humano, el ser concreto que somos cada uno, está unido necesariamente a nuestro sexo. No somos quienes somos al margen de nuestro ser varones o mujeres, sino al contrario, cada uno somos quienes somos (eso es nuestra identidad) porque somos varones o mujeres. Ya sé que esto que digo choca frontalmente con el postulado sobre el que se ha construido la ideología de género, pero lo que digo no pertenece a otra ideología contraria, sino que es una evidencia biológica. En este momento no tengo el más mínimo interés en rebatir las afirmaciones de esa ideología, pero no puedo dejar de señalar el gran error en que se cae cuando se dice que lo importante es nuestra condición de personas, al margen de nuestro sexo o de nuestra sexualidad. Lo diré con claridad: eso es absolutamente falso, tanto que intelectualmente no puede sostenerse de ningún modo porque no existe la persona humana sin sexo, del mismo modo que no existe ningún árbol sin madera, ni agua sin hidrógeno. La fe, la biología y la evidencia desmienten ese postulado, cada una desde sus respectivos campos de verdad; la fe porque nos asegura que cuando Dios creó al hombre, “a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gen 1, 27); la biología porque ha demostrado que todas las células de cada cuerpo de varón son células masculinas y todas las de un cuerpo de mujer son células femeninas; la evidencia porque no se sabe de nadie que haya venido a este mundo sin estar dotado de un aparato reproductor inconfundiblemente masculino o femenino.

No somos primero y luego somos hombres o mujeres porque en nuestra existencia no hay una fase previa a la diferenciación sexual durante la cual no seamos ni una cosa ni otra. Nuestra determinación sexual está programada ab initio. La diferenciación sexual por la cual seremos hombres o mujeres es un proceso en el que intervienen factores biológicos, ambientales y educativos, cuyo final está en la madurez sexual de la pubertad, pero esa diferencia está determinada biológicamente desde el principio, desde el momento cero de nuestra andadura que comienza con la fecundación de un óvulo (portador de un cromosoma sexual X) por un espermatozoide (portador de un cromosoma sexual que puede ser X o Y). Cosa distinta es que posteriormente, sobre esa base biológica, intentemos construir una personalidad que esté en línea o sea contraria a la determinación biológica y orientemos al niño o a la niña hacia la masculinización o hacia la feminización, pero eso pertenece a la acción humana posterior, una acción humana (educación) sobre la que en esta época no existe ninguna garantía de que actúe a favor de la naturaleza, como ha sido lo normal a lo largo de toda la historia, es decir, conduciendo y ordenando los impulsos sexuales y reforzándolos en la línea del sexo que a cada uno le corresponde por nacimiento.

Por todo ello nuestro nombre, que es el dato primero y fundamental de todos los que conforman nuestra identidad, va unido a nuestro sexo y por eso mismo quienes dicen que cambian de sexo (cosa que no es cierta, pues el único cambio real es el de la apariencia externa) no se limitan a cambiar la apariencia sexual de su cuerpo hasta donde esta puede ser cambiada, sino que al tiempo cambian también sus nombres.

El hecho de que la sexualidad sea un dato de identidad quiere decir que la sexualidad es un dato que pertenece a nuestra misma esencia, a lo más personal, lo más propio, íntimo, y valioso que tenemos, hasta el punto de que aquí las fronteras del tener se desdibujan para confundirse con las del ser ya que nuestro sexo no es solo algo que “tenemos” sino que somos. Hay dos pasajes en el libro del Génesis que pueden aportar mucha luz para entender esta relación entre persona y sexualidad. Se trata de dos ocasiones en las que los partiarcas Abraham y Jacob (su nieto) exigen, respectivamente, un juramento, el primero a su criado Eliezer, el segundo a José, su hijo. Ambos piden a los que han de jurar que lo hagan poniendo su mano bajo el muslo del patriarca, el cual quiere dejar atada su petición con juramento pues no se puede pedir mayor garantía de veracidad. El ritual resulta extraño y desmedido. ¿Para jurarle algo a alguien hay que poner la mano bajo su muslo? ¿A qué viene ese gesto? Algo podemos barruntar si observamos nuestros juramentos. Es costumbre entre nosotros, los creyentes católicos, realizar los juramentos solemnes poniendo la mano sobre los Santos Evangelios y delante de un crucifijo. ¿Qué significa esto? Que a la hora de pedir juramento recurrimos a lo más sagrado que esté al alcance nuestra mano y ante ello nos comprometemos a llevar a cabo lo jurado con el mayor grado posible de compromiso. Lo más sagrado que tenemos es el propio Dios, y por el nombre de Dios se jura siempre (o sea por Dios), pero “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn 1, 18), con lo cual, dado que con algún elemento material tenemos que dar cuerpo a nuestros actos, acudimos a algo que sí vemos y sí podemos tocar: a los Evangelios que son su palabra y a una imagen de Jesucristo, el “Dios Unigénito” (ídem) que a su vez “es imagen de Dios invisible” (Col 1, 15), “reflejo de su gloria [e] impronta de su ser” (Heb 1, 3).

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Volviendo a estos dos grandes patriarcas y a su época, hay que tener en cuenta que hablamos de gentes seminómadas, sin religión establecida, sin templo, ni culto, ni altar, ni imágenes sagradas, ni ritos. Juran por Dios, claro, como todos los creyentes, pero no tienen ningún objeto que sirva de icono con el que hacer presente el nombre de Dios. Necesitan materializar el juramento, pero no tienen ninguna imagen sagrada visible. ¿No tienen imagen?, ¿seguro que no la tienen?, ¿qué otra cosa es el hombre sino imagen viva de Dios? He aquí, pues, que a falta de “otras” imágenes materiales, echan mano de lo más sagrado que encuentran: la propia persona el patriarca, la cual, en consonancia con la promesa de un linaje, recibida de Dios, estaba cabalmente simbolizada en sus órganos genitales. Ahí era donde el que juraba debía poner la mano, y eso es lo que significa poner la mano “bajo el muslo”, que como sabemos por la exégesis bíblica, es el eufemismo pudoroso que utilizan los autores del Génesis1. ¿Por qué en tal sitio? Porque tenían una conciencia muy viva de la promesa de Dios renovada en muchas ocasiones a estos patriarcas: Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti” (Gen 17, 6), y a cualquiera le resulta obvio que para crear un linaje y perpetuarlo no hay otra manera que la procreación, la transmisión de la vida, representada, con toda lógica, por esta parte del cuerpo. Cabe entender, por otra parte, una línea de continuidad y una estrechísima relación entre persona, sexualidad y circuncisión, la marca sagrada de los varones israelitas, su sello físico de identidad, por el cual el circuncidado era reconocido como hijo de Abrahán y quedaba incorporado oficialmente al pueblo santo de Dios en la tierra.

Así pues, sacralidad de la persona, igual a sacralidad de la sexualidad; identidad sexual igual a identidad personal. Si trasladamos estas reflexiones al campo de la vida ordinaria, con el fin de que sirva para orientar la conducta (que, en definitiva, de eso se trata, como ya anunciamos), la conclusión no puede ser más evidente: lo que hagamos con nuestra sexualidad lo hacemos con nuestra persona. La forma de entender la sexualidad y el tratamiento que le damos coincide como si fuera un calco con la forma de entender y el tratamiento que damos a la persona, sea a la propia, sea a la ajena.

Por eso, cuando alguien entrega, bien o mal, su sexualidad a otro, en la misma medida le está entregando su propia persona y cuando recibe su sexualidad, le recibe a él o a ella. Es verdad que los hombres tenemos la desgraciada capacidad de romper nuestra unidad personal por cualquiera de los muchos pliegues presentes en nuestro ser, pero toda división interna, por definición, nos deja divididos, rotos. Claro que podemos separar lo que Dios ha diseñado unido al crearnos (persona y sexualidad, en este caso), y muchos lo hacen, con las lógicas consecuencias de tal ruptura, pero el mandato permanece inmutable y válido para todos y para siempre: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).

1    “El rito del juramento es extraño: el siervo debe poner su mano bajo el muslo (eufemismo para designar los órganos sexuales, considerados como algo sagrado, en cuanto que son los transmisores de la vida, el beneficio por excelencia de Dios”. Explicación dada por Alberto Colunga, OP, y Maximiliano García Cordero, OP, a Gen 24, 2 en la “Biblia comentada” de los Profesores de Salamanca, p. 237. Tomo I. B.A.C., 2010.

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