La sexualidad, cosa sagrada

1968 es un año muy señalado en la historia contemporánea, hasta el punto de que algunos han hablado de él como el más representativo del siglo XX. En ese año tuvieron lugar acontecimientos relevantes que entonces marcaron las líneas del devenir próximo, las cuales, obviamente, son las mismas que las de nuestro pasado más reciente. De entre todos esos acontecimientos, probablemente el que más atención ha requerido ha sido el Mayo Francés, estallido revolucionario que iniciado en la universidad, pasó de inmediato al mundo del trabajo con numerosas huelgas y movimientos de protesta. Era una revolución atípica porque, contrariamente a lo que había venido siendo habitual en los dos siglos anteriores, este movimiento revolucionario no pretendió alcanzar el poder sino protestar contra él. En su trasfondo intelectual había un pastiche de rasgos entre los que destacaban algunos que no casan entre sí. Sus promotores eran jóvenes acomodados, izquierdistas muy cercanos al anarquismo, inconformistas y libertarios. No pretendo entrar a analizar el Mayo Francés, pero sí hay en él un dato que interesa mucho al propósito de este escrito; ese dato es la referencia a su origen. El detonante de esta revolución fue una exigencia de contenido sexual que tuvo lugar en el mes de marzo de 1968. Un grupo de estudiantes tomaron algunas de las dependencias administrativas de la universidad de Nanterre, a las afueras de París, ante la negativa de las autoridades a permitir el libre acceso a los dormitorios de las chicas, sus compañeras de estudios. El terreno venía abonado desde tiempo atrás y por eso el resto de acontecimientos se desencadenaron de corrido: concentraciones diversas, algaradas, huelgas, barricadas, enfrentamientos con la policía, etc., que se extendieron por toda Francia y tuvieron sus días más virulentos y más sonados en el mes de mayo en París.

La revolución sexual de los años sesenta

Este hecho, como todos los hechos, solo puede ser entendido dentro de su contexto. Toda la década de los sesenta está recorrida por la llamada revolución sexual. Acontecimientos como el “verano del amor” en 1967 o el Festival de Woodstock en 1969, ambos en Estados Unidos, son lo suficientemente significativos como para hacernos una idea del sesgo que tomaban las aspiraciones juveniles en relación con la sexualidad en el país más influyente del mundo. Lo que aquellos jóvenes pretendían mediante esa novedosa “revolución” era la “liberación sexual”. “Revolución sexual” y “liberación sexual”. Dos etiquetas construidas con lenguaje marxista-freudiano en unos años en que tanto las teorías de Freud sobre la sexualidad como el marxismo, tenían un gran predicamento en los ambientes culturales de vanguardia y ejercían un enorme poder de atracción en las sociedades ricas de occidente, especialmente en los ambientes universitarios.

¿En qué consistía de verdad la liberación sexual que se preconizaba? Dicho sin rodeos: en una reivindicación de la promiscuidad, en que socialmente y de manera generalizada se entendiera como aceptable y aun como bueno lo que hasta entonces se entendía como inaceptable. Lo que entonces se llamó la “liberación sexual” era un eufemismo que, como todos los eufemismos, escondía una realidad cuyo nombre el oído se resistía a bendecir. El verdadero propósito era desustanciar, hasta donde fuera posible, la moral sexual católica, que, aunque ya estaba bien mermada respecto a siglos anteriores, aún mantenía una importante implantación social. No se quería reconocer entonces, y pienso que, menos aún, se quiere reconocer ahora, que la reivindicación de esa mal llamada liberación sexual era una apuesta decidida por la promiscuidad. Esa apuesta significaba dejar la puerta abierta, con timbre de normalidad, a la banalización y a la frivolización de la sexualidad y al mismo tiempo, un ataque directo contra el matrimonio sacramental y sus exigencias de unidad, fidelidad, indisolubilidad y apertura a la vida.

Cabe la posibilidad de que por decir esto haya quien piense que exagero. Acepto el riesgo de ser interpretado como maximalista, pero ahí está la historia reciente y ahí están los hechos, acerca de los cuales se podrán hacer tantas interpretaciones como se quiera, se podrá discutir sobre las causas y las consecuencias, pero lo hecho, hecho está, lo ocurrido no puede ser negado. “Contra facta non valent argumenta” -decían los clásicos-, contra los hechos no hay argumentos que valgan. Y los hechos derivados de la revolución sexual son evidencia pura. He aquí algunos de los más clamorosos cuyas repercusiones sociales llevamos sufriendo décadas, sin visos de mejoría: oleadas de divorcios y rupturas familiares que no tienen marcha atrás, con los consiguientes desgarros en el seno de la familia y en el tejido social, esterilidad en sentido estricto y en sentido amplio, falta de fecundidad que ha desembocado en las sociedades envejecidas que somos ahora, datos gigantescos de abortos voluntarios y de enfermedades transmitidas por la proliferación de relaciones sexuales, extensión imparable de la pornografía y de la prostitución, de los abusos sexuales y de ideología de género con todas sus variantes. Todo esto sin olvidar la innumerable cantidad de vidas personales rotas cuyo final demostrado es la depresión, las toxicomanías, la violencia y el suicidio.

De la existencia de todas estas lacras no es responsable la revolución sexual ni el Mayo del 68 porque todas estas calamidades son tan antiguas como el hombre, pero lo que sí es achacable a la progresía sesentayochista es su apuesta irresponsable por la normalización de este estilo de vida como si perteneciera al ejercicio de unos derechos hasta entonces negados. Aquellos jóvenes de hace cincuenta años no inventaron nada, pero sí se empeñaron con todas sus fuerzas en abrir puertas que no se han cerrado posteriormente y que conducen a quienes siguen entrando por ellas al vacío existencial y a una amargura sin límites. Se podrá objetar que en cuanto amantes de la libertad no obligaron a nadie a entrar por esas puertas que ellos abrieron entonces, pero ahí hay un sofisma descarado y perverso. Ya sé que abrir la puerta no es obligar a entrar por ella (ese es uno de los grandes argumentos al que hemos tenido que hacer frente una y otra vez quienes nos opusimos en su momento a cuestiones como la legalización del divorcio, la despenalización del aborto, o la elevación a la categoría de matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo), pero la historia pasada y reciente nos demuestra sobradamente que cuando una puerta de este tipo se abre para dar paso a lo que hasta ese momento era considerado un atropello (fuera bajo el nombre de delito, escándalo o pecado) comienza un proceso de normalización hasta convertirlo en uso social. El proceso siempre es el mismo: una vez abierta la puerta, al principio es una minoría la que entra por ella, pero con el tiempo esa minoría se va ensanchando hasta dejar de serlo, pasando a adquirir carta de uso social. No había tal liberación en la revolución sexual del 68, como lo prueban las consecuencias posteriores, sino el comienzo de algo para lo que posteriormente se acuñó una palabra nueva: deconstrucción. La sociedad heredada de la cultura cristiana secular (ya muy debilitada y maltrecha desde la Ilustración y la Revolución Francesa) se había quedado sin vigor y sin resortes para defenderse de las arremetidas del siglo XX y había llegado el momento de desmantelarla, de deconstruirla.

La respuesta de la Iglesia

Solamente había una instancia que podía hacer frente a esta batalla contracultural: la Iglesia. Y lo hizo fundamentalmente en la persona de dos papas, el beato papa Pablo VI en los años sesenta y setenta, y tras él, san Juan Pablo II en los años siguientes hasta el fin de siglo.

A Pablo VI le debemos la encíclica Humanae vitae hecha pública en ese año histórico de 1968, que tiene el enorme acierto de abordar y fundamentar la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad humana no tanto desde una perspectiva moral, que también, sino antropológica. El papa hizo frente a las proclamas de la revolución sexual con una claridad y firmeza que nunca agradeceremos bastante, pero es sabido que el cuerpo eclesial entero no mostró ningún entusiasmo ni hizo piña con el papa. Al rechazo político y mediático de las grandes potencias con que fue recibida la Humanae vitae hay que añadir las dolorosas resistencias internas, cuando no hostilidad, de cierta parte de la jerarquía católica de entonces, a cuyos jerarcas no debían disgustar del todo algunas de las peticiones que en materia de conducta sexual más sonaban entonces. Valgan como ejemplo la mal disimulada tolerancia de no pocos pastores en dos cuestiones bien importantes: las relaciones prematrimoniales durante el noviazgo y el uso de anticonceptivos dentro del matrimonio. Dicho de otra manera, la Iglesia no tuvo otra fuerza que la de la voz del papa; esa voz se oyó y contribuyó a dejar clara la doctrina y la postura cristiana ante la sexualidad en un texto que posteriormente ha sido reconocido como profético, pero no sirvió para acallar las voces críticas ni para detener la oleada de pansexualismo que, convenientemente jaleado por los poderosos medios de comunicación, no ha dejado de crecer y ocupar cada vez más parcelas de la vida social. (Quizá por aquí puedan entenderse algunas de las causas de este dolorosísimo fenómeno de los abusos sexuales acaecidos en el interior de la Iglesia, que, iniciado en aquellos años convulsos, ha venido a explotar con toda virulencia cincuenta años después).

San Juan Pablo II, en continuidad con la línea antropológica trazada por Pablo VI, contribuyó con su “teología del cuerpo” a ofrecer una visión de la sexualidad profundizando no solo en la verdad de la sexualidad humana, sino en su bondad, belleza y santidad. No ahorró tiempo ni esfuerzos el santo papa polaco en hacer llegar la voz de la Iglesia de finales del siglo XX al mundo entero, para extender esta visión preciosa de la sexualidad humana. Mucho se hizo en este campo desde los primeros años del pontificado de Juan Pablo II, pero este legado, en mi opinión, aún no ha producido todos los frutos que cabe esperar. Los papas posteriores, Benedicto XVI y Francisco, llevados de idéntica preocupación por la sana doctrina sobre la sexualidad humana, han mantenido e impulsado diversos aspectos de la misma, haciendo sus respectivas aportaciones, cada uno con su propio estilo; Benedicto XVI brindándonos sus valientes reflexiones sobre el amor erótico en la encíclica Deus caritas est, y Francisco en la exhortación postsinodal Amoris laetitia, documento que dedica a la sexualidad un amplio espacio.

No nos falta doctrina, como se ve. Por tanto, el hombre que quiera vivir con rectitud de intención y sobre todo, el hombre de fe, no tendrá que devanarse mucho la sesera para tratar de averiguar por qué camino debe transitar o qué postura tomar en este campo de la sexualidad; está más que claro: el que han señalado los últimos pontífices. Por eso, si acaso nos preguntamos qué se puede hacer o cómo podemos contribuir a sanear el mundo en que vivimos, en el cual este don divino de la sexualidad está siendo emporcado y envilecido con sistemático ahínco, la respuesta no es otra que poner en práctica las orientaciones de la Iglesia. Y esta es, en mi opinión, la mayor contribución que podemos hacer los laicos católicos actuales, solteros y no solteros, pero más que nadie los matrimonios: ayudar a extender esta visión única, que sin ser específicamente católica (porque no es específicamente católica sino humana), solo nosotros estamos en condiciones de proclamar, testimoniar y defender. Esa tarea nos corresponde, exigida por la dimensión misionera de nuestra fe, eso es lo que nos está pidiendo la Iglesia y eso es lo que de verdad están necesitados nuestros contemporáneos, los más jóvenes y los menos jóvenes, aun cuando muchos de entre unos y otros no acaben de ser conscientes de ello.

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