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La Sociedad Desvinculada (9). Capital humano

Nadie cuestiona en nuestro tiempo que la preparación de las personas es decisiva para el desarrollo económico, de tal manera que ella ha pasado a ser uno de los capitales imprescindibles. Hoy día, el concepto de capital humano ha pasado a formar parte del léxico común. Los gobiernos, los medios de comunicación, la cultura empresarial tienen en él una palabra clave. Es razonable que así sea porque desde los trabajos de los años sesenta del siglo pasado de Shultz, y especialmente Becker[1], la formación de las personas es vista como una forma de inversión que permite incrementar la productividad, siendo esta a su vez el factor decisivo para el crecimiento del PIB a largo plazo. En la teoría neoclásica el crecimiento económico se entendía como la acumulación de capital físico y una tasa de retornos decrecientes, lo que cuestionaba las posibilidades a largo plazo. Sobre esta idea surgió la previsión maltusiana, siete veces siete incumplida, sobre el crecimiento de la población y su capacidad de superar rápidamente la producción de alimentos. Pero la realidad demostró de manera reiterada que no tenía por qué ser así, y los nuevos enfoques económicos constataron que el fenómeno previsto por Malthus no se producía entre otros motivos por el efecto del capital humano, de las mejoras en la  educación, y el progreso científico y técnico. El paso del tiempo y los estudios realizados no han hecho otra cosa que demostrar la validez de este enfoque.

¿Pero qué es el capital humano? Esta definición de Becker expresa muy bien su naturaleza: «el conjunto de conocimientos, habilidades y competencias que tienen los individuos que facilitan la creación de bienestar y desarrollo económico para sí mismos y para la sociedad». Se mide habitualmente en términos de años de educación, y es evidente su relación directa con la renta personal, e inversa con la tasa de paro: a mayor nivel de estudios, más ingresos y menor desocupación en el contexto de cada sociedad.

El efecto que posee sobre la economía se relaciona con la productividad. El aumento de un año en el nivel de estudios de la población para una muestra de países de la OCDE mostraba un incremento de la productividad medible directamente del 6,2%, y un aumento de la tasa de progreso técnico del 3,1%, lo que a su vez incidía en la productividad total de los factores (PTF). La rentabilidad en términos monetarios del capital humano para el conjunto de la UE es del 9,7%, superior a la rentabilidad de las infraestructuras. Además, las observaciones a largo plazo (1969 – 90) señalan la pérdida de peso del capital público en la productividad (del 50% al 38%), el mantenimiento del capital humano (30%) y el peso creciente de la productividad total de los factores, que recoge, junto con la tasa de progreso técnico, los efectos directos e indirectos derivados del capital humano y social, además de la inversión en investigación y tecnología.

Desde los estudios de Coleman en la segunda mitad de los ochenta[2] sabemos que el rendimiento escolar está en función de las características de la familia, y concretamente de su capital social, una vez eliminados los sesgos propios de los ingresos. El capital humano del alumno y su futuro es una variable dependiente del capital social localizado en la familia. Aquel autor observó la importancia de la atención familiar al estudiar el gran éxito escolar de los hijos de los inmigrantes asiáticos en Estados Unidos, superior no solo a otras poblaciones de extranjeros llegados a aquel país, sino incluso a parte del alumnado autóctono. La causa no era otra que la gran dedicación de la madre a la supervisión de los estudios de los hijos.

En definitiva, la formación de capital humano, incluida la escolaridad, es un proceso que depende en gran medida de la familia. Becker consideró, a diferencia de la teoría neoclásica, que el tiempo de la tarea doméstica, que incluye la atención a los hijos, también es productivo. Escribe: «algunas inversiones, como es el caso de la formación y aprendizaje en el propio puesto de trabajo, aumentan, sobre todo, la productividad del tiempo asignado al mercado; otras inversiones, como las realizadas en la crianza y educación de los hijos, artes culinarias y gestión aumentan principalmente la productividad del tiempo asignado al hogar»[3]. Y esto significa generar externalidades futuras positivas, en el caso de los hijos, así como menores costes familiares y vidas más saludables, especialmente por lo que se refiere a los hombres.

Las personas que no puedan construir su dotación básica de capital humano a partir del entorno familiar perderán una oportunidad difícil de recuperar. No solo eso, a su vez las familias que constituyan aquellos hijos pueden verse afectadas negativamente y tenderán a reproducir la situación en la próxima generación. Es el caso del elevado fracaso escolar de España, y el paro juvenil que determina una situación destructiva. España es uno de los casos más extremos de Europa en cuanto a destrucción del capital humano por su carácter masivo. Su recuperación, que siempre será incompleta, requeriría un gran esfuerzo planificado.

La formación del capital humano en la familia depende del grado de vinculación interna. Una de las formas en que se expresa es en la presencia física de los adultos y la atención que prestan a los niños. La ausencia física de aquellos puede ser descrita como una deficiencia estructural en el capital social familiar que debilita el capital humano. Esta ausencia puede darse en familias desestructuradas monoparentales, pero también aquellas en las que uno o los dos progenitores trabajan fuera de casa con horarios que dificultan el cuidado de los hijos. Pero no se trata solo de tiempo, sino de su naturaleza y calidad. Puede haber una carencia, a pesar de la presencia física de los adultos, si las relaciones entre padres e hijos no son fuertes y fluidas. Esta falta de relación hace que los hijos se centren en su comunidad de jóvenes y los padres se centren en las relaciones con otros adultos evitando el cruce de generaciones. En estos casos, a pesar de que los padres tengan un gran capital humano, los hijos no se beneficiarán de él por la debilidad del vínculo.

[1] El premio Nobel de economía Gary S Becker fue quien generalizó su concepción y aplicación a partir de su obra El Capital Humano editada en español en 1983 (1964).

[2] Véase Social Capital in the creation human capital, American Journal of Sociology 1988. Existe una versión en español en Zona Abierta 94/95 2001.

[3] Gary S. Becker Tratado sobre la Familia Alianza 1987(1981) Madrid, p. 27.

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