Durante los días 5 y 6 de mayo de 2026, los profesionales de Atención Primaria de la Comunidad de Madrid hemos trabajado en condiciones especialmente complejas. Un fallo en el sistema APMadrid —la herramienta informática que articula nuestra práctica diaria— ha limitado de forma muy significativa su funcionamiento. No se trató de un colapso total, pero sí de una operatividad lenta, irregular e intermitente, que dificultaba acceder con normalidad a la historia clínica, revisar resultados, emitir recetas electrónicas o gestionar bajas laborales.
En la práctica, trabajar así implica hacerlo con una incertidumbre constante: no saber cuándo se podrá acceder a la información y cuándo no, obligando a reorganizar la consulta sobre la marcha y a multiplicar la atención y la prudencia en cada decisión clínica.
Y, sin embargo, la asistencia no se detiene. Cada paciente necesita ser comprendido en toda su amplitud. Disponemos de las herramientas esenciales: escuchar, asistir, orientar. Pero nos falta el acceso fiable a antecedentes médicos o tratamientos activos, con el consiguiente esfuerzo añadido para mantener la seguridad del paciente.
En ese contexto emerge una tensión difícil de gestionar: priorizar la enfermedad real —aquella que no puede esperar— frente a una demanda importante de trámites administrativos que, en muchas ocasiones, no podían resolverse con normalidad debido a las limitaciones técnicas.
Un ejemplo ilustra bien la situación. Un paciente acudía a consulta solicitando una baja laboral tras no poder trabajar en los días previos. Al explicarle la incidencia, respondía con desconcierto: “He buscado esta noticia para enseñársela a mi jefe… y no aparece en ningún medio”. Y esa es otra de las paradojas: una incidencia que afecta de forma directa a la actividad de numerosos centros de salud apenas encuentra eco mediático.
La falta de información genera incomprensión. Mientras tanto, en consulta, parte del tiempo asistencial se dedica a explicar lo que ocurre, a contextualizar las limitaciones, a intentar que el paciente entienda una situación que, en muchos casos, le resulta ajena.
No se trata de cuestionar las explicaciones técnicas ni de buscar responsables. Es cierto que, como se ha señalado posteriormente, el sistema mantuvo cierta funcionalidad y que los equipos técnicos trabajaron para resolver las incidencias con la mayor rapidez posible. De hecho, a lo largo de la jornada se produjeron momentos de recuperación parcial, en los que aproximadamente uno de cada cinco pacientes podía ser atendido con acceso al sistema.
Sin embargo, esta intermitencia no siempre facilita el trabajo: lo hace más imprevisible. Obliga a cambiar continuamente de estrategia, a alternar entre lo digital y lo manual, a sostener la consulta en un equilibrio inestable.
Por eso resulta necesario visibilizar estas situaciones. Porque solo conociendo un problema se puede buscar una solución.
Humanizar la medicina no es solo una cuestión de actitud individual. Requiere estructuras que acompañen: sistemas que funcionen con estabilidad, información que llegue con claridad, aplicar un plan de contingencias…
En un contexto informativo donde a menudo predominan noticias sobre las que el ciudadano tiene escaso margen de actuación —desde crisis económicas hasta alertas sanitarias globales— resulta decepcionante que no se haya dado espacio a estas realidades cercanas en las que sí es posible contribuir: ajustando expectativas, haciendo un uso responsable de los servicios o, simplemente, comprendiendo las limitaciones del momento.
Este artículo sólo pretende invitar a esta reflexión. Y, al mismo tiempo, agradecer a todos —profesionales, equipos técnicos y pacientes— la actitud constructiva que permite , incluso en circunstancias imperfectas, que la atención sanitaria siga adelante.








