Los hombres tras los versos: Horacio

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Son ya varios los cursos en los que he impartido la maravillosa asignatura de Literatura Universal, una materia que, en la sempiterna lucha de las clases gobernantes contra las Humanidades, solo goza de la categoría de optativa en primero de Bachillerato.

El objetivo de esta asignatura es doble: por un lado, indudablemente, tenemos que realizar un recorrido histórico-literario que nos lleva desde Mesopotamia y su bravo Gilgamesh hasta el fastuoso realismo mágico de Vargas Llosa; pero, por otro lado, es también tarea del profesor —de esta asignatura en particular, pero de todo docente que se precie en general— motivar la lectura de los llamados grandes Clásicos de la Literatura —sic, en mayúscula— en un grupo de adolescentes cuyos gustos literarios, en la mayoría de los casos (aunque no en todos, Deo gratias), no han pasado de la lectura de la serie Los Futbolísimos (con todos mis respetos a la obra de Roberto Santiago).

No es hasta prácticamente los siglos XVIII y XIX cuando los alumnos empiezan a interesarse por algunas de las obras que explicamos en Literatura Universal, más que nada porque los títulos de las obras que empezamos a estudiar les suenan de algo: La isla del tesoro, Frankenstein, Drácula…

Algunas obras anteriores que también les resultan familiares, como La Odisea o, en el mejor de los casos, incluso La Divina Comedia, les quedan, al menos todavía, bastante lejos de la capacidad comprensiva y, sobre todo, de los intereses de un chaval de dieciséis años.

¿Cómo despertar el interés —además del estudio— por todas aquellas grandes obras y por todos aquellos grandes autores que nuestros alumnos ni siquiera conocen y que, de entrada, no pueden resultarles menos atractivos?

Mi experiencia me ha enseñado que una de las mejores vías para conseguirlo pasa por las curiosidades de la vida, tanto de los autores como de sus obras. Muchas veces, conocer las aventuras y desventuras que sufrieron nuestros bienquistos autores anima al estudio de su obra mucho más que conocer el cuidado que pusieron en perfeccionar sus versos y estrofas.

Sirva esta —demasiado larga ya— introducción para presentar el propósito de lo que espero que termine convirtiéndose en una pequeña colección de artículos: acercar al lector la vida y algunas curiosidades concretas de ciertos autores de la Antigüedad.

Con ello pretendo no solo aumentar los conocimientos de quienes tengan a bien regalarme el tiempo de leer estas líneas, sino también —y quizá sobre todo— despertar en ellos la curiosidad suficiente para que quieran acercarse a sus obras.

No puedo comenzar esta colección si no es con el autor al que más horas, sudores y, quizá incluso en alguna ocasión, lágrimas he dedicado en mi vida: Quinto Horacio Flaco. En este caso, son incluso sus máximas más que sus obras las que han sobrevivido a su autor: poca gente podrá dar datos concretos de la vida y obra de Horacio, pero muchos conocen su Carpe diem o el bucólico Beatus ille (este último, sin duda, gracias al mundanal ruido contra el que nos advierte nuestro fray Luis de León).

El proclamado príncipe de los poetas nació en Venusia, en la actual Apulia, en el año 65 a. C., cuando la República romana se encontraba ya inmersa en las convulsiones que terminarían por conducirla a su desaparición y conversión en Imperio. Aquel niño crecería, por tanto, en una Roma marcada por las guerras civiles, los enfrentamientos entre facciones y la lucha por un poder que, en apenas unas décadas, cambiaría para siempre el rostro del mundo romano.

A diferencia de otros grandes poetas de su tiempo, Horacio no hizo de una mujer el centro de su poesía amorosa.

Lesbia fue para Catulo lo que Cintia sería para Propercio; Delia y Némesis ocuparon un lugar semejante en la poesía de Tibulo. Horacio, sin embargo, parece caminar por otros derroteros. En sus versos encontramos amores, deseos y figuras femeninas, pero ninguna adquiere ese carácter casi absoluto que encontramos en otros poetas elegíacos.

Siempre les digo a mis alumnos que, si queremos encontrar en Horacio un amor verdaderamente profundo y duradero, quizá tengamos que buscarlo en un lugar muy distinto: en la figura de su padre.

Resulta paradójico que aquel hombre que terminaría formando parte del círculo de Mecenas y relacionándose con algunas de las figuras más poderosas e influyentes de la Roma de su tiempo procediera de un origen extraordinariamente humilde. Su padre había sido un liberto, es decir, un antiguo esclavo que había conseguido su libertad. De su madre apenas sabemos nada: Horacio no dejó en sus versos recuerdos comparables a los que conservó de su padre.

Y es precisamente esta figura paterna la que aparece una y otra vez en su obra, siempre envuelta en un profundo sentimiento de gratitud y admiración.

Su padre quiso para él una vida diferente de la que él mismo había conocido. Sabedor de las limitaciones que imponía su origen, trabajó cuanto pudo para proporcionar a su hijo una educación que difícilmente habría estado al alcance de alguien en su situación. Horacio no olvidaría nunca aquel esfuerzo. En Roma recibió una educación esmerada, primero bajo la tutela del famoso gramático Orbilio —del que recuerda, especialmente, los golpes cada vez que fallaba la lección— y después en Atenas, y pudo compartir formación con jóvenes pertenecientes a familias mucho más ilustres que la suya. Que el hijo de un liberto llegara hasta allí no fue fruto del azar: detrás de aquel muchacho había un padre dispuesto a invertir en su futuro todo cuanto estaba en sus manos.

El propio Horacio recuerda en sus Sátiras cómo su padre no se limitó a pagar sus estudios, sino que se preocupó personalmente de su educación y de las compañías que frecuentaba.

Incluso cuenta, con una mezcla de cariño y cierta ironía, que su padre lo acompañaba a la escuela.

No lo hacía para vigilar que el muchacho no se escapara de las clases —aunque seguramente tampoco le habría disgustado saber que su hijo aprovechaba bien aquellas horas—, sino porque había decidido que la educación de Horacio era demasiado importante como para dejarla únicamente en manos de otros.

Y quizá sea precisamente ahí donde comienza la grandeza de Horacio. No en Mecenas, ni en Roma, ni en los círculos literarios a los que terminaría accediendo, sino mucho antes: en un padre que quiso que su hijo llegara más lejos que él.

El propio poeta recordaría muchos años después a aquel hombre como su pater optimus, «el mejor de los padres». Y pocas veces una expresión aparentemente tan sencilla ha encerrado una deuda tan grande.

Cuando les explico la producción poética de Horacio a mis alumnos, siempre me detengo en este aspecto de su vida. Me interesa que entiendan que detrás de aquel poeta que terminaría codeándose con Mecenas y frecuentando los círculos más selectos de Roma hubo primero un muchacho al que su padre quiso proporcionar aquello que él mismo nunca había podido disfrutar. Horacio no olvidó aquel esfuerzo.

En una de sus Sátiras, al recordar su infancia y la educación que recibió, reivindica precisamente la figura de su padre y reconoce que fue él quien le enseñó a distinguir entre una vida honrada y los vicios que debía evitar.

No es poca cosa que, entre tantos personajes ilustres que aparecen en su vida, sea precisamente a su padre a quien reserve uno de sus recuerdos más afectuosos.

Cuántos esfuerzos hacen tantísimos padres por sus hijos sin que estos lleguen a percibirlos. Cuántas horas de trabajo, cuántos sacrificios que permanecen invisibles, cuántas decisiones tomadas pensando en un futuro que todavía no ha llegado. Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que podemos extraer de la historia de Horacio: que crecer consiste también en aprender a mirar hacia atrás y comprender aquello que, cuando éramos niños, no éramos capaces de comprender.

La literatura no consiste únicamente en admirar la belleza de un verso o la perfección de una estrofa. Consiste también en reconocer, en palabras escritas hace dos mil años, algunas de las verdades que siguen siendo nuestras.

Horacio murió hace casi veinte siglos, pero todavía puede hablarnos de algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan difícil como la gratitud. Su pater optimus no es solo el padre de Horacio: es también ese padre que madruga cada mañana, esa madre que renuncia a tantas cosas sin contarlas, esos padres que trabajan, se preocupan, acompañan y sacrifican una parte de su propia vida para que sus hijos puedan tener una vida mejor.

Y aquí quizá Horacio se encuentre, casi sin pretenderlo, con el Evangelio. Cuando Cristo recuerda el mandamiento de «honrar al padre y a la madre» (Mt 15, 4), lo hace en el contexto de una discusión muy concreta. Algunos habían encontrado una manera aparentemente piadosa de consagrar determinados bienes a Dios y, al mismo tiempo, desentenderse de la obligación de emplearlos para ayudar a sus padres. Jesús denuncia esa contradicción con claridad: ninguna tradición religiosa ni ninguna apariencia de piedad puede servir como excusa para incumplir el deber de cuidar de aquellos a quienes debemos nuestra propia vida.

Hay, por tanto, algo más profundo en ese «honrar». No se trata simplemente de obedecer mientras somos niños, ni de guardar hacia nuestros padres una consideración formal cuando somos adultos. Honrar significa reconocer lo recibido y responder a ello.

Significa comprender que muchas de las cosas que damos por hechas —una educación, una casa, unas oportunidades, una tranquilidad que quizá ni siquiera advertimos— fueron posibles porque alguien trabajó, renunció o se preocupó por nosotros antes de que fuéramos capaces de entenderlo.

Tal vez por eso, cuando explico a mis alumnos a aquel hijo de un liberto que llegó a convertirse en uno de los grandes poetas de Roma, me interesa menos que recuerden todas sus obras, sus metros o incluso sus célebres Carpe diem y Beatus ille.

Me gustaría que recordasen, sobre todo, a aquel muchacho al que un padre quiso proporcionar una educación que él mismo nunca había podido recibir. Y que, al salir de clase, mirasen de otra manera a quienes esperan en casa.

Porque quizá esa sea también una de las mejores formas de acercarse a los Clásicos: descubrir que, bajo palabras escritas hace dos mil años, seguimos encontrando a los mismos hombres, los mismos sentimientos y las mismas preguntas que todavía hoy nos hacemos. Y que una de esas preguntas, quizá de las más importantes, sea también una de las más sencillas: ¿cuánto debemos a aquellos que, mucho antes de que pudiéramos comprenderlo, lo dieron todo por nosotros?

Quizá crecer consista, en buena medida, en aprender a responderla.

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