Septiembre trae la notica de la decisión del Dicasterio para la Doctrina de la Fe de conceder el nihil obstat a la experiencia espiritual vinculada a Medjugorje.
Después de décadas de cautela, estudios, controversias y discernimiento, Roma reconoce algo que millones de peregrinos han experimentado durante años: en aquel pequeño rincón de Bosnia y Herzegovina han florecido conversiones, confesiones, vocaciones, matrimonios renovados, oración y un profundo regreso a Jesucristo.
No se trata —conviene decirlo con precisión— de que la Iglesia haya declarado sobrenaturales las presuntas apariciones de la Virgen. El nihil obstat no supone tal reconocimiento ni obliga a ningún católico a creer en ellas. Pero tampoco es una fórmula fría o irrelevante.
La Iglesia reconoce que los fieles pueden acercarse prudentemente a esta experiencia espiritual y que sus frutos permiten autorizar el culto público y promover pastoralmente aquello que de bueno ha nacido allí.
Y los frutos son difíciles de ignorar.
El documento vaticano habla de «abundantes conversiones», del retorno frecuente a los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, de numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas, de matrimonios renovados, de una profundización de la vida cristiana y de una práctica más intensa de la oración.
Es precisamente ahí donde esta noticia adquiere su verdadera dimensión.
Porque Medjugorje nunca ha sido solamente una cuestión de apariciones, secretos o acontecimientos extraordinarios. Para incontables peregrinos ha sido, sobre todo, una confesión después de veinte años; una madrugada subiendo una montaña con el rosario entre las manos; una adoración ante el Santísimo; una Misa; una reconciliación familiar; un joven preguntándose por primera vez si Dios puede querer algo de su vida.
La Iglesia contempla ahora esos frutos y señala el centro: Cristo.
El documento insiste una y otra vez en el carácter cristocéntrico de la espiritualidad vinculada a Medjugorje. María no aparece como término del camino, sino como Madre que conduce hacia su Hijo. Entre los mensajes analizados se repite precisamente esa orientación: poner a Jesús en el primer lugar, acercarse a su Corazón, abrirle la vida y encontrar en Él la fuente de la salvación.
La Iglesia devuelve Medjugorje a lo esencial: Evangelio, Eucaristía, confesión, oración, conversión, ayuno, caridad y paz.
Especialmente significativa resulta la centralidad que los mensajes atribuyen a la Santa Misa. Uno de ellos llega a expresar que comulgar es mucho más importante que presenciar una aparición. El documento recoge también la exhortación a que la Eucaristía sea «el centro» de la vida cristiana.
Eso coloca cada cosa en su sitio.
Medjugorje no puede convertirse en una fábrica de curiosidad religiosa ni en una búsqueda ansiosa de mensajes extraordinarios. Roma advierte incluso de expresiones que necesitan discernimiento y de algunos textos que deben interpretarse prudentemente. La Iglesia recuerda que la revelación definitiva está en Cristo y que ninguna experiencia privada puede situarse por encima del Evangelio.
Pero precisamente por eso el nihil obstat puede recibirse con una alegría serena y católica.
Porque después de más de cuatro décadas la Iglesia no invita a mirar hacia los videntes, sino hacia los frutos. Y entre esos frutos encuentra hombres que regresan a Dios, jóvenes que descubren su vocación, familias que vuelven a rezar, pecadores que buscan el confesionario y peregrinos que se arrodillan ante Cristo.
Quizá la mejor noticia de Medjugorje sea, precisamente, que al final Medjugorje importa menos que aquello hacia lo que señala.
Para quienes han amado aquel lugar durante tantos años, la decisión de Roma puede recibirse hoy con gratitud. No como el final de un debate ni como una victoria de unos sobre otros, es algo mucho más hermoso: la confirmación de que, en medio de una historia humana compleja, Dios puede hacer florecer muchísimo bien.




