#MeToo… Y la gran revolución pendiente

Hace unos meses un juez de Nueva York condenó al productor de cine Harvey Weinstein a 23 años de prisión, por violación a una actriz y abuso sexual a una asistente de producción. Esta sentencia supone la culminación en el ámbito judicial de la campaña global del movimiento #MeToo, que nació en octubre de 2017 con motivo de las acusaciones contra el propio Weinstein. Es una sentencia muy dura que, aunque pueda ser revisada por el tribunal superior, ya habrá producido un importante efecto intimidatorio. Los hombres sexualmente descontrolados tienen claro a partir de ahora a lo que se exponen.

Rige el «No es no», y el abusador o agresor ya no podrá excusarse en una actitud inicialmente receptiva o complaciente de la víctima. En el terreno de las relaciones puramente sexuales, desvinculadas del amor, ahora las reglas del juego las fijan las mujeres. No importa quien haya puesto en marcha el vehículo de la pasión, lo haya conducido y acelerado. Ellas deciden cuando quieren frenar, y aquel hombre que no sea capaz de controlarse deberá responder de sus actos. Algunos dirán que esto es la ley del péndulo, que hemos pasado de la impunidad general a una situación en la que ellos pueden ser víctimas de acusaciones falsas o desproporcionadas. Pero un exceso de precaución por parte de los hombres no irá mal. Puede hacer tomar conciencia de que la sexualidad es algo sagrado, primordial para la humanidad, y no un  simple juego.

Pero el feminismo en el sentido más amplio de la expresión, entendido como la defensa de los derechos de las mujeres más allá de tendencias ideológicas radicales, no debería conformarse sólo con ganar la batalla del consentimiento sexual, sino que debería aspirar a ganar la guerra de los sexos consiguiendo un cambio profundo en la vivencia de la sexualidad. La relación puramente sexual denota una actitud machista. En contra de lo que sostiene el feminismo igualitarista, a la gran mayoría de mujeres no les gusta, no les interesa el sexo por el sexo. La naturaleza femenina en este ámbito es más evolucionada que la del hombre, más primario y animal.

Nuestras abuelas cuando eran jóvenes tenían muy claro cómo debían reaccionar ante el pretendiente que quería tomar atajos, o con el jeta que se hacía el enamoradizo para poder tocar muslo y todo lo que sigue. Tradicionalmente las mujeres habían conseguido que la relación sexual se jugara en su terreno, el del amor conyugal. Quien diga que esto era el resultado de la represión moral católica, es que no entiende, o no quiere entender, que las mujeres no tienen el mismo orden de prioridades que los hombres en el amor y el sexo. En la moral católica del Concilio Vaticano II para acá ha primado la visión personalista, la concepción del sexo en positivo, como lenguaje de expresión de un amor auténtico que es alianza, compromiso y donación recíproca entre los cónyuges. Esta moral congenia mejor con la tendencia natural de la mujer que el hedonismo hoy dominante.

Pero ya hace tiempo que se va extendiendo en las nuevas generaciones de mujeres la vivencia machista de la sexualidad, que es el sexo por el sexo. El feminismo radical ha vendido como un progreso, como una conquista de las mujeres, que ellas puedan «disfrutar de la sexualidad» al igual que los hombres. Pero esto en realidad es una victoria del machismo sobre lo mejor del carácter femenino. La batalla del #Metoo se ha librado en el terreno de las relaciones puramente sexuales, y ahora la tentación del feminismo es querer quedarse en este terreno conquistado.

Como afirma Victoria Sendón de León, principal representante española de la corriente del feminismo de la diferencia, «lo contrario a la igualdad no es la diferencia, sino la desigualdad». La gran victoria de las mujeres sería conseguir llevar las relaciones sexuales a su terreno, al terreno del amor, de la delicadeza en las relaciones personales, del afecto y la sensibilidad. Del mismo modo que el triunfo de la mujer no puede consistir en adoptar como propios los valores supremos de la eficacia y el éxito profesional, ni el talante o vocabulario masculino.

Pero esto va en contra del feminismo radical igualitarista, que ha quedado anclado en la visión del siglo XIX de Friedrich Engels, que veía la familia monogámica como una forma de esclavitud de un sexo por el otro. Y anclado en la realidad social de hace medio siglo, cuando todavía muchas mujeres no trabajaban fuera de casa. Pero la realidad ha cambiado mucho. El siglo XX fue el siglo de la equiparación progresiva entre mujeres y hombres, que aún continúa. Y por el bien de la humanidad, el siglo XXI debería ser el siglo del triunfo de la feminidad, que es la gran revolución pendiente, la única que nos puede liberar de este mundo frío, impersonal y utilitarista que hemos creado.

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