La apertura del XIV Congreso de Familias y Docentes Católicos de la Fundación Educatio Servanda, estuvo marcada por el mensaje de Mons. José María Avendaño Perea, obispo auxiliar de la diócesis de Getafe.
Su intervención arrancó con una afirmación que bien puede resumir el espíritu de toda la jornada: “el futuro del mundo pasa por la familia, y el futuro de la familia pasa por la educación”. Mons. Avendaño quiso recordar que formar a las nuevas generaciones es una de las responsabilidades más altas y, al mismo tiempo, uno de los mayores actos de esperanza.
En ese sentido, el obispo subrayó que educar nunca ha sido fácil, aunque hoy esa dificultad parece haberse intensificado.
Sin embargo, lejos de caer en un tono pesimista, presentó la educación como una apuesta confiada por el bien.
Educar es también un acto de esperanza”, afirmó, porque supone creer que cada niño y cada joven es mucho más que un receptor de contenidos o un alumno dentro de un sistema: es “un don, una promesa y una posibilidad de bien para el mundo”.
Esta mirada, a la vez cristiana y profundamente humana, marcó el tono de una intervención que quiso alentar a las familias y a los educadores en su tarea cotidiana.
Uno de los ejes más importantes de su saludo fue la centralidad del hogar. Antes que cualquier escuela, antes que cualquier método pedagógico o proyecto educativo, está la familia. Es ahí donde comienza verdaderamente la educación. En el hogar se aprenden las realidades fundamentales que sostienen toda vida humana: amar, confiar, compartir, pedir perdón, vivir con generosidad y descubrir que la existencia tiene un sentido.
Por eso recordó que la Iglesia habla de la familia como “la primera escuela de humanidad y la primera escuela de fe”. No se trata solo de una expresión tradicional, sino de una verdad decisiva: la educación más profunda nace del testimonio, de la convivencia y de los vínculos cotidianos.
A partir de ahí, Mons. Avendaño introdujo otro de los grandes temas de su intervención: la necesidad de una verdadera alianza entre familia y escuela.
Educar, vino a decir, es una tarea demasiado grande y exigente como para recorrerla en soledad.
De ahí la importancia de que padres y educadores caminen juntos, unidos por la confianza mutua, por unos valores compartidos y por el deseo de ayudar a los hijos a crecer como personas libres, responsables y abiertas a Dios. Esta insistencia en la corresponsabilidad educativa dio especial relieve al marco del Congreso, precisamente pensado como lugar de encuentro entre familias y docentes.
En este contexto, el obispo destacó con gratitud la labor de Educatio Servanda. El propio nombre de la institución le sirvió para subrayar una idea muy significativa: «educar es también custodiar lo valioso».
Custodiar aquello que merece ser transmitido de generación en generación, aquello que no puede perderse sin empobrecer profundamente a la persona y a la sociedad. Entre esos bienes señaló la verdad, la dignidad de cada ser humano, el amor a la familia, la apertura a Dios y el servicio a los demás. Mons. Avendaño expresó además el agradecimiento de la diócesis de Getafe por la presencia de esta institución educativa en su territorio, donde cuenta con dos centros y acompaña a tantas familias en la formación de sus hijos.
Especialmente importante fue también su precisión sobre el papel de la escuela cristiana.
Una buena escuela católica, señaló, no sustituye a la familia, ni pretende ocupar su lugar, sino que la acompaña, la sostiene y camina con ella.
Esa afirmación, sencilla pero muy elocuente, sitúa bien la identidad de un proyecto educativo cristiano: colaborar con los padres en la apasionante tarea de educar, no reemplazarlos.
En la parte final de su saludo, Mons. Avendaño dirigió unas palabras muy expresivas a las familias, recordándoles que su testimonio es hoy más necesario que nunca. En medio de una cultura que con frecuencia vive “con prisa, con ruido y con incertidumbre”, la familia continúa siendo un lugar de estabilidad, de amor fiel y de esperanza. Por eso quiso recordar que cada familia cristiana está llamada a ser una “pequeña Iglesia doméstica”, un espacio donde se aprende a vivir, a creer, a amar y a mirar el futuro con confianza.
Mons. Avendaño dejó claro que este Congreso no es solo un encuentro formativo, sino también un signo esperanzador: el de muchas familias y muchos educadores que siguen apostando por una educación capaz de formar personas enteras, inteligentes, libres, responsables y abiertas a Dios. Bajo esa convicción, y poniendo el encuentro bajo la protección de la Virgen María, quedó inaugurado un Congreso que quiso mirar los desafíos del presente sin perder la confianza en el futuro











