…Por un pedazo de carnaza (y II)

¡Cómo nos insultan, los promotores de pandemias como el aborto, llamándonos asesinos del resurgir humano! Es el nuevo vocabulario que han encontrado, atribuyendo a palabras de toda la vida significados nuevos, y a menudo contradictorios. A los que procuramos mantenernos fieles al Papa buscando con ardor sudoroso juntos la misma Verdad, el mundo se nos proclama abiertamente contrario. Para ellos la Verdad es lo que les sale, como si la autenticidad fuera solo un estado emotivo del espíritu humano. Con eso les basta, porque sus miras no pasan de la satisfacción en presente, sin importar las causas de cómo hemos llegado a ser como somos (pasado) y el horizonte inconmensurablemente amplio a que estamos llamados (futuro): ¡no ven más allá de su nariz! (y, a pesar de sus mentiras, no es que la tengan muy larga, por lo que se ve…: su mundo, demonio y carne les sirve de cobertizo).

Es un insulto, en verdad, atribuir a los cristianos el vivir como alborotadores de cenizas del pasado de las que ya hemos pedido perdón…, solo porque vivimos sinceros luchando por vivir como Jesucristo nos enseñó. Nos atribuyen el creer un relato que ya pasó con el mismo Jesús; eso, si es que de verdad existió. ¿Acaso no podría haber sido un caso de alucinación colectiva?

Nos achacan el creer en inocentadas, y para machacar nuestra inocencia, nos atribuyen aseveraciones que nunca hemos dicho, asegurando que decimos lo que nunca se habría de haber dicho. Y eso, ¿por qué? No encuentran otra estratagema que les complazca más su egotismo, con el que se reafirman una y otra vez tratando de salirse con la suya, eso es, justificar todas sus correrías… Esto es no más que para lo que -por lo que se ve claramente- pretenden imponer su verdad, a costa si necesario fuere de todo aquel que se oponga a sus embates.

Sin duda. Sus andanzas les delatan. Feroz es su oposición a todo aquello que no encaja en sus esquemas, bien limitados a lo que políticamente correctos bien podríamos denominar “calentorros”. Sus aspiraciones en la vida vienen –ciertamente, si se consigue entender sus ideales- tristemente limitados por su calentura, que es el termómetro que determina sus “experiencias” y su “empoderamiento”.

¡Cuidado! ¿Seremos tan ingenuos de recaer en los males que nos reprochan? No olvidemos que ciertamente estamos hechos de cuerpo que se arrastra como el barro y sangre que fácilmente (por lo que vemos) se le sube a la cabeza al cuerpo.  De las tales caídas somos, sin duda, culpables, y por eso es bueno (para ellos y para nosotros) saber que ya hemos pedido perdón… Así, llevando la contrición en el corazón, podremos amar más sinceramente, sabiendo que amar es acción de dentro a fuera, y no solo la satisfacción que da el de fuera a dentro.

No caigamos en las redes de pescadores del pecado del momento. Somos hijos de Dios, con llamada de eternidad, y en eso debemos inspirarnos, aspirando en las alturas de la Vida divina el fuego que el Espíritu ha venido a traernos, para que, viviendo juntos, alcancemos la Verdad, no solo inspirada sino vivida. Quizás sea eso aquello en lo que podemos llegar a un acuerdo con el mundo: v-i-v-i-r, con todas las letras, y no morir, como nos critican desde el mundano burladero. Pero sabiendo que la vida solo es posible vivirla (de cara al Cielo) viviendo de verdad la Verdad. Si no, solo viviendo a trozos, la Verdad acaba descuartizada. Y eso es, respirando a destiempo, tener la nariz recortada. Con perdón: ¿me permitirán pedirlo?

…Por un pedazo de carnaza (I)

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