Hubo un tiempo en que la infancia no estaba diseñada.
No había agendas, ni protocolos, ni padres vigilando cada movimiento. Había calles, descampados, bicicletas y una consigna sencilla: “Vuelve a casa cuando anochezca”. Y, entre tanto, vida.
Vida real.
Caídas, peleas, acuerdos, aburrimiento, imaginación. Todo eso que hoy tratamos de evitar era, en realidad, la mejor escuela. Porque el niño no era protegido de la realidad, sino introducido en ella.
Y así se hacía fuerte.
Hoy, en cambio, hemos construido una infancia sin riesgo… y hemos criado una generación sin resistencia.
Se nos ha dicho que proteger es anticiparse a todo peligro, evitar toda frustración, resolver todo conflicto. Pero esa protección —bienintencionada, sin duda— ha terminado por producir el efecto contrario: niños que no saben enfrentarse a la incomodidad, jóvenes que se quiebran ante la dificultad, adultos que necesitan apoyo constante para decisiones elementales.
No porque sean peores.
Sino porque han sido menos entrenados.
Diversos estudios psicológicos han comenzado a señalar lo evidente: las generaciones que crecieron en los años 60 y 70 desarrollaron mayores niveles de resiliencia emocional. No porque vivieran en un mundo más fácil —más bien al contrario—, sino porque su infancia les obligó a enfrentarse a la realidad sin intermediarios.
Tenían que resolver problemas.
Tenían que negociar con otros niños.
Tenían que soportar la frustración.
Tenían que aprender a perder.
Y todo eso, que hoy nos parece duro, era profundamente formativo.
Porque la resiliencia no se enseña con discursos.
Se forja en la experiencia.
El cambio comenzó cuando decidimos que la infancia debía ser completamente segura. A partir de los años 80, el miedo —alimentado por discursos mediáticos y culturales— empezó a transformar la forma de criar. Menos libertad, más supervisión. Menos calle, más agenda. Menos riesgo, más control.
Y, con el tiempo, menos carácter.
Pero el giro más decisivo ha llegado en las últimas décadas, con la irrupción de las pantallas. Porque hemos creado una paradoja casi perfecta: niños hiperprotegidos en el mundo físico… y completamente expuestos en el mundo digital.
No pueden ir solos al colegio.
Pero pueden acceder a cualquier contenido.
No se les permite equivocarse en la calle.
Pero pasan horas en entornos diseñados para captar su atención.
Hemos eliminado los riesgos que formaban… y hemos introducido otros que deforman.
El resultado empieza a ser visible: aumento de la ansiedad, dificultad para concentrarse, incapacidad para sostener el esfuerzo, necesidad constante de validación. Jóvenes que han tenido todo… excepto lo más importante: la oportunidad de hacerse fuertes.
Porque la fortaleza no nace del bienestar continuo.
Nace del esfuerzo, del error, del límite.
Se nos propone recuperar un “equilibrio” entre control y libertad. Pero quizá el problema sea más profundo. Quizá hayamos olvidado que educar no es evitar la dificultad, sino enseñar a atravesarla.
Y eso exige algo que hoy cuesta: dejar espacio.
Espacio para el aburrimiento.
Espacio para el riesgo moderado.
Espacio para la autonomía.
Espacio, en definitiva, para que el niño descubra que el mundo no gira en torno a él… y que, aun así, puede habitarlo.
No se trata de volver a los años 60 como si fueran un paraíso perdido. Pero sí de reconocer que había en aquella infancia algo que hoy escasea: libertad real.
Y la libertad —cuando está bien acompañada— no debilita.
Fortalece.
Quizá la pregunta no sea cómo proteger más a nuestros hijos.
Si no, ¿de qué les estamos privando cuando no les dejamos vivir?
Porque quien no ha aprendido a caerse, difícilmente sabrá levantarse.











