Hoy, solo el hecho de plantear al profesor como servidor de la Verdad es un escándalo doble. En primer lugar, porque ya nadie quiere ser servidor, y si ya decimos que existe una Verdad, objetiva y superior a nosotros… la soberbia del hombre moderno ¡COLAPSA!
Pero es que hay que entender que todos somos servidores, y que, si no lo somos de la Verdad, lo seremos de cualquier cosa: de un becerro de oro —muchas veces en forma de nómina—, de un espejo —en el que vernos reflejados— o de un cargo —que, al convertirse en un semidiós, acaba convirtiendo el cargo en carga—.
Por eso, cuando tuvimos que buscar un colegio para nuestros hijos —bueno, para nuestro hijo; en ese momento solamente era uno—, encontramos uno cuyo lema-exigencia, ese derecho-deber que se leía en letras luminosas desde varias calles atrás, en un letrero mucho más grande que el nombre del colegio, anunciaba: «Educar en la Verdad para ser libres». Ese lema es peligroso, porque un padre como yo puede exigirlo un día tras otro, como si fuese el punto 1 de un contrato vinculante. Una promesa a cumplir.
Yo lo veo al dejar a mis hijos, pero cada profesor lo ve al llegar a su trabajo: «Educar en la Verdad para ser libres». Educar en la Verdad libera al niño que está siendo educado, pero también al educador.
Una vocación, no solo una profesión
Esta reflexión, que llevo desde 2018, año de matriculación de mi primer hijo, hasta hoy, se ha visto profundizada con la lectura de un libro, La vocación del profesor universitario católico, editado por Rialp. Este libro, escrito por la Universidad de Mary, habla para profesores universitarios, pero yo lo pondré aquí como extrapolable a todo docente.
En el libro se puede ver cómo el centro educativo es un proyecto profesional, claro, pero, si lo redujésemos a eso, caeríamos en el utilitarismo más absurdo. Seríamos meros competidores con robots, contra la IA… ¿No estamos los hombres llamados a algo más que a ser meros engranajes del sistema productivo? ¿No estamos llamados a más que producir y consumir? Dar clase es una vocación, una vocación de la cual depende mucho… La enseñanza católica no es tener buenos resultados en la PAU. Si lo reducimos a ello, ¿qué responderemos a la pregunta: «¿De qué le sirve ganar el mundo si pierde su alma?»?
Si un profesor católico eligió ese oficio como mera fuente de ingresos, para tener dos meses de vacaciones, ha hecho algo peor que no tener verdadera vocación: la ha deformado hasta hacerla irreconocible.
El orgullo intelectual
En los centros educativos se juntan personas muy bien formadas, llamadas a asumir, aumentar y transmitir el conocimiento. Pero, como cada virtud tiene tentaciones adheridas, en este caso está el orgullo intelectual, que, si siempre existió y siempre estuvo ahí, la negación moderna del pecado original y, con ello, de las prácticas que se utilizaban para enfrentarse a sus consecuencias, ha convertido esa tentación en el modus operandi de muchos centros. Pues ese orgullo, aunque los modernos lo ven en la relación con otros, esa es solo la consecuencia: deriva, sobre todo, de la relación con Dios. Por ello, para servir a la Verdad, el profesor debe ser humilde, debe evitar el voluntarismo, aceptar su identidad como ser creado, asumir sus límites, aceptar el misterio como parte de la relación con Dios y, sobre todo, luchar contra la tendencia de colocar al hombre en el puesto de Dios.
Para practicar esa humildad debemos adorar. La adoración nos predispone a hacer cualquier cosa que Él nos pida, tanto en nosotros como a través de nosotros, y eso nos otorga la verdadera identidad, la de profesor católico.
Eso es la gran cura para una esquizofrenia que nos permite vivir como católicos a tiempo parcial y que nos hace dejar nuestras creencias en la puerta del colegio.
El peligro de la especialización
Pero ese no es el único reto al que se enfrenta el profesor católico, y es la especialización. El libro al que nos hemos referido anteriormente cita una cuestión que preocupaba especialmente a John Henry Newman: la especialización. El doctor de la Iglesia hablaba de que tiende a favorecer un desarrollo estrecho del intelecto, haciéndolo incapaz de una comprensión total de la realidad y, por ello, caer en el olvido sistemático del verdadero fin de la aventura intelectual, trivializándola o incluso, o además, mercantilizándola.
Cuando el pensamiento crítico se convierte en escepticismo
También hay vicios que derivan de un bien, en los que en muchas ocasiones caen quienes intentan hacer las cosas bien; en este caso, los que caen en el pensamiento crítico mal entendido. Con una, en apariencia, loable objetividad, caen en el distanciamiento de la Verdad, cayendo en un criticismo extremo que les convierte en escépticos, negadores de cualquier verdad objetiva y dudando de todo y de todos. Y eso es la disolución de cualquier intento real de transmisión.
Amar la Verdad y defenderla
Quienes evitan estos fallos e intentan cumplir con su vocación de servicio a Dios y a los demás se encuentran con una gran oposición, sea esta directa o sibilina, clara o disimulada.
El libro nos recuerda que hay que luchar por cultivar dos virtudes: el amor a la Verdad y la valentía de defenderla sin importar el coste.
Uno de los métodos de presión favoritos de este mundo es la entrega de ascensos, premios y honores. Siempre me recuerda a aquellos versos de José María Pemán:
«Tras los honores no voy;
la vida es una tirana,
que llena de honores hoy
al que deshonra mañana.
No quiero honores de nombres;
vivo sin ambicionar,
que ese es honor que los hombres
no me lo pueden quitar».
Y es eso lo que debemos pensar: que el honor permanece, mientras los honores desaparecen. «Nunca más servir a señor que se me pueda morir». No queda otra. No podemos caer en la tentación de refugiarnos en los deberes de Estado, en el intento de mantener la paz a costa de la Verdad. No podemos callar la Verdad, por muy alto que sea el precio a pagar.
El libro nos recuerda: «La vocación de servicio a la verdad en una época como la nuestra no es un lugar de paz, sino de conflicto».
Y acaba ese capítulo dando una seria advertencia —aunque la experiencia ha hecho que la haya visto materializada en muchas ocasiones—: «Los profesores y administradores que no están preparados para esa lucha ni desean comprometerse con ella —de modo recto y prudente, con las armas de la guerra proporcionadas por Cristo— antes o después traicionarán su vocación».
La vocación es para servir
La vocación es para servir, no para servirse. Dejamos a nuestros hijos cada día horas al cargo de unas personas que no somos ni su madre ni yo. Y por eso, siempre que entro de nuevo en el colegio, leo el mismo letrero que leen los profesores: «Educar en la Verdad para ser libres». Un compromiso, un compromiso de sometimiento y de servicio.
El profesor católico está llamado a ser el reflejo de Dios en las aulas, ya que Él le ha dado la autoridad, y necesito que entregue su vida a una vocación, a las decenas de almas que tiene encomendadas, a ese puñado de soldaditos que seguirán su ejemplo.
Tu vocación es llamada, una llamada al combate, y, cuando veas a tus alumnos como almas hambrientas de Dios y de conocimiento para llegar a Él, podrás decir una vez más: he cumplido la llamada, «Educar en la Verdad para ser libres»











