¿Realmente «los malos siempre ganan»?

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El siguiente artículo es una réplica a «Los malos siempre ganan (y tiene una explicación)

El artículo parte de una intuición cristiana perfectamente legítima: el éxito terreno no coincide necesariamente con el triunfo definitivo, y el cristiano no debe medir el valor de su vida por el reconocimiento, el poder, la riqueza o la victoria política. Hasta ahí, poco habría que objetar.

El problema aparece cuando, para explicar la prosperidad de los malos y el sufrimiento de los buenos, se presenta la explicación de Royo Marín prácticamente como una clave teológica del asunto. Ahí convendría introducir bastantes más matices.

Que Dios pueda conceder bienes temporales a una persona moralmente mala, incluso en relación con algún bien que haya realizado, no significa que toda prosperidad del malvado sea necesariamente una recompensa divina por sus buenas acciones. De esa premisa no se sigue esa conclusión.

Tampoco parece necesario afirmar que Dios «tenga» que pagar en esta vida las pocas cosas buenas realizadas por quien finalmente se condene. La justicia divina no parece funcionar como una contabilidad en la que cada acto bueno deba ser liquidado necesariamente mediante una recompensa terrena antes del juicio definitivo. La Escritura, de hecho, presenta la paciencia de Dios hacia el pecador también como una oportunidad para su conversión: la bondad, tolerancia y paciencia divinas pretenden conducir al hombre al arrepentimiento (Rom 2,4).

Y esto plantea un problema adicional a la tesis expuesta. Si la prosperidad del malvado fuese interpretada como el premio que Dios le concede por sus pequeñas virtudes antes de su condenación, ¿qué finalidad salvífica tendría esa prosperidad? Un pecador puede interpretar muy fácilmente su éxito como confirmación de que su conducta funciona. Precisamente por eso no parece prudente convertir la prosperidad temporal en un indicador de reprobación divina.

Tampoco podemos establecer la ecuación inversa: sufrimiento del justo = castigo misericordioso por sus faltas = mayor recompensa futura. El sufrimiento puede ser ocasión de santificación, prueba, persecución o participación en la cruz de Cristo; pero no podemos deducir de las circunstancias externas un diagnóstico preciso sobre la situación del alma ante Dios. El libro de Job debería hacernos especialmente prudentes en este punto.

Por eso, una formulación mucho más segura sería esta: los bienes y males temporales no constituyen por sí mismos el juicio de Dios sobre una persona.

El malvado puede prosperar sin que Dios apruebe su maldad, y el justo puede sufrir sin que Dios lo esté castigando. La explicación última de la providencia pertenece a Dios y se manifestará plenamente en el juicio definitivo.

Hay además algunas afirmaciones del artículo que parecen demasiado absolutas. «Los malos siempre ganan» es una buena provocación retórica, pero no una descripción literal de la realidad. Los malos no siempre triunfan temporalmente, del mismo modo que los buenos no siempre fracasan.

Lo que sí puede decirse es que una victoria o una derrota temporal no determina quién ha triunfado definitivamente.

Y luego aparece una cuestión que me parece más problemática todavía: la referencia a quienes buscan «la batalla cultural». Afirmas que quienes buscan esa batalla «sin un fin mayor que el triunfo terreno, sin una mirada trascendental, ni pueden ni deben ser nuestros aliados», aunque circunstancialmente podamos compartir «trinchera». La crítica al activismo político convertido en un fin absoluto es perfectamente legítima. Un cristiano puede convertir un partido, una ideología, una victoria electoral o una causa cultural en un ídolo, y debe evitarlo. Pero la frase parece introducir una insinuación bastante menos inocente de lo que aparenta. ¿Quiénes son exactamente esos que buscan «la batalla cultural»? ¿Qué criterios permiten saber que carecen de «una mirada trascendental»? ¿Y por qué se presupone que quienes trabajan activamente para transformar la cultura persiguen necesariamente un «triunfo terreno»?

No toda batalla cultural es mundanización. Un católico puede considerar que determinadas ideas, leyes o costumbres son objetivamente perjudiciales para la persona y para el bien común y, precisamente por sus convicciones morales y religiosas, tratar de modificarlas. Puede querer una victoria electoral, una reforma legislativa o un cambio cultural y, al mismo tiempo, saber perfectamente que ninguna de esas cosas constituye su fin último. Querer ganar una batalla política no equivale a convertir la victoria política en el sentido último de la existencia.

La distinción importante no es, por tanto, entre quienes «dan la batalla cultural» y quienes tienen la mirada puesta en el Cielo.

La distinción debería hacerse entre quienes convierten la política en un absoluto y quienes utilizan legítimamente la acción política como medio para procurar bienes temporales subordinados al bien común y, para un cristiano, al bien último.

Por eso la alusión a la «batalla cultural» resulta cuanto menos sibilina. No mencionas a ningún partido, pero introduces un «ellos» que aparentemente lucha por el triunfo terreno frente a un «nosotros» que lucha por una finalidad superior. Si el objetivo era criticar a quienes convierten la política en un fin absoluto, habría sido mucho más claro y honesto decirlo directamente. Si se pretende aludir a determinados sectores políticos, sería igualmente preferible identificarlos y argumentar contra sus posiciones concretas, en lugar de sugerir que carecen de la necesaria orientación trascendente.

Hay además una paradoja. Parece que quieres advertir contra la tentación de identificar el Reino de Dios con una victoria política. De acuerdo. Pero esa advertencia no debería convertirse en la tesis inversa: que una derrota política sea de suyo más cristiana que una victoria política. A veces un cristiano tendrá que aceptar una derrota por fidelidad a la verdad. Pero otras veces tendrá el deber de trabajar para conseguir una victoria concreta: impedir una injusticia, proteger a una persona vulnerable, defender una institución legítima, cambiar una ley injusta o promover una determinada concepción del bien común.

Si fracasa, no por ello su derrota se convierte automáticamente en una victoria espiritual; y si vence, su victoria no se convierte automáticamente en mundanización.

El criterio cristiano no puede ser simplemente «perder aquí para ganar allí». Debe ser hacer el bien aquí, ordenando todas las cosas al bien último. Por eso me parece acertada la idea de que «nuestros escaños están en el Cielo», si significa que ningún cargo, elección o victoria política puede sustituir a Dios. Pero no lo sería si se utilizara para despreciar a quienes, teniendo también la mirada puesta en el Cielo, consideran que precisamente por sus convicciones cristianas deben ocupar escaños, participar en la política y tratar de transformar las realidades temporales.

El cristianismo no exige desentenderse de la historia porque la vida eterna sea el fin último. Exige precisamente ordenar la acción histórica al fin último.

En definitiva, hay una afirmación del artículo que sí merece conservarse: el triunfo que importa definitivamente no es el que aparece en los periódicos, en las urnas ni en los reconocimientos humanos, sino la fidelidad a Dios y la salvación eterna. Pero para defenderla no hace falta afirmar que la prosperidad del malvado sea necesariamente su último pago, que el sufrimiento del justo sea necesariamente un castigo misericordioso, que los buenos tengan que fracasar y los malos tengan que triunfar, ni insinuar que quienes participan en la «batalla cultural» carecen por ello de una mirada trascendente.

El cristiano puede perder una batalla y seguir siendo fiel. Puede ganar una batalla y seguir siendo fiel. Puede ser perseguido y ser santo. Puede prosperar y ser santo.

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