Qué tanto debió apuntarse el Enemigo cuando logró colar en la lista de la propiedad privada la razón. Cuántos cambios de opinión encaramados sobre un “pues sí, tienes razón”. Cuántas discusiones emprendidas tras un “¡Claro que no! No tienes razón”.
¿Quién ha convencido al ser humano de que la razón es nuestra para dar o quitar? ¿Para poseer?
Hace tiempo que el hombre solo desempolva los diccionarios para demostrar que la palabra que acaba de emplear significa lo que él cree que significa y no lo que el resto le recriminan que significa. Por ello, supongo, que cuando comenzó a circular el dicho “tener la razón”, este se empleaba como sinónimo de “decir la verdad”. Sin embargo, alguien, conocedor de las viles confusiones que acarrea emplear una expresión u otra aparentemente iguales, decidió que sería mejor continuar diciendo “razón” cuando hablamos de algo cierto o verdadero. Y, quizás ese mismo escribano ruin, borró de nuestras memorias que existen importantes diferencias entre estas palabras.
Los años han pasado y, sinónimo parcial tras sinónimo parcial, el lenguaje se ha convertido en una especie de doppelganger de lo que una vez fue. Los frutos sociales que han germinado de tan envenenada semilla no sorprenden a nadie –entre otras razones, porque ya no se educa en el arte de la sorpresa–.
No es justo, por tanto, escandalizarse ante la evidente polarización de nuestras sociedades; pues no es más que el producto de la creciente noción de que, hasta las realidades más alejadas de la mano codiciosa del hombre –la vida, la dignidad, la libertad o la razón–, son adquiribles en el mercado más cercano. ¿Cómo no iba a ser así si nadie comprende el verdadero significado de estas palabras?
La vida se fabrica ahora en laboratorios abiertos al público más rico y menos escrupuloso. La dignidad cae a trompicones del vaso de la meritocracia: “haz tal cosa y serás digno de mi amor”, “haz tal otra y tendrás mi confianza”. Y la libertad se ha afiliado al pensamiento anárquico de quienes entienden que hacer lo que uno quiera, cuando uno quiera, y sin que nadie pueda decir nada a cambio, es ser verdaderamente libres. ¿Cómo no iba, entonces, a caer la razón también en las garras de esa mano invisible sobre la que nos habló Adam Smith? “¡Extra! ¡Extra! ¡Desde hoy, el que tenga el mejor argumento tendrá la razón!” Qué rápido, desde aquel día, comenzaron a estar de moda los debates.
Debates electorales, debates morales, debates filosóficos… todos ellos con un vencedor al que, por tanto, se le premia con “tener la razón”.
En el pensamiento posmoderno es intolerable concebir una discusión en la que ambas partes lleven razón. Es algo así como si el mercado –regentado por quienes, sabiendo que pueden alquilarla en cualquier ocasión que les sea propicia, no tienen interés ninguno en tener la razón– nos dijese que los suministros de razón están bajo mínimos y que, por ende, y como máximo, solo puede tenerla –y por tiempo limitado–, una de cada dos personas; dividiendo así en mitades las amistades, los matrimonios, las familias, los hogares y, por añadidura, el mundo entero.
Entonces ¿el antídoto consiste en lo contrario? Es decir, ¿debemos; como hizo el comunismo ante la amenaza capitalista, abolir la propiedad privada para así repartirla a partes iguales entre todos? Ya hemos visto cómo terminó aquello…
No, por supuesto que esta no es la respuesta; en primer lugar, porque la razón no puede primero abolirse para luego repartirse –no se puede distribuir algo cuya existencia se ha negado previamente–, pues esto nos llevaría, ante la escasa porción de razón percibida por cada individuo, a una revolución que concluiría en un sistema idéntico al que precedió a este “racionalismo comunista”.
Mientras que el hombre tiene razón, y es capaz, por ende, de ejercerla, ello no es sinónimo de que el hombre la posea. Tener y poseer no es lo mismo.
Quien escribe estas palabras tiene una casa, el problema se encuentra en adjetivar esa casa como mía. La tentación se encuentra, por tanto, aquí: en olvidar que, por mucho que tengamos, nada es nuestro, pues todo es don. Y el pecado se perpetúa al consentir que el lenguaje se siga deformando cuando decimos “tengo la razón” sabiendo bien –o sin saberlo– que hablamos de poseerla, no de tenerla. Queda, entonces, pendiente, para esta sociedad que “ha matado a Dios”, revivir –en sus corazones– al Único capaz de dar lo que nadie puede dar –la vida, la libertad, la dignidad y la razón– y, por ende, de poseer estas mismas cosas.









