Yo quisiera que pasarme por aquí no me costara a veces un triunfo, o varios. Me gustaría que se me agolparan siempre las palabras, que accedieran sin pedir permiso incluso —ya arreglaríamos cuentas después, si hiciera falta— y que fueran tomando posiciones en el documento de turno que tecleo con más osadía que vergüenza. Para eso, necesitaría razonamientos ágiles, clarividentes, sagaces… que las fueran dictando. Pero hay momentos, en realidad los más, que esto no ocurre así ni de lejos.
Dice Enrique García-Máiquez que la literatura, la imaginación, la reflexión y el silencio son la gasolina del motor de la escritura y yo, he de reconocer, ando escasa últimamente de todo ello, muy a mi pesar. No alcanzo a seguirle el ritmo a la actualidad. Las obligaciones —principalmente las accesorias—, la velocidad a la que vivimos, la novedad constante y machacona —tantas veces desalentadora—… me abruman e, incluso, me paralizan, me bloquean si no estoy al quite.
El caso es que el problema no estriba tanto en no ser capaz de escribir —otros lo hacen en mi lugar mejor que yo—, sino en no tener esa lucidez y el equilibrio necesarios, fruto de la reflexión y el silencio, para gobernarme en mi vida y educar a mis hijos. Y ahí sí estamos fastidiados, porque soy consciente de que esa misión es inalienable. Creo que saben de lo que les hablo.
En las últimas semanas, entre comidas y viajes, lavadoras y entrenamientos, reuniones y exámenes, se han ido deslizando, reclamando con urgencia su hueco, conversaciones ineludibles con nuestros hijos adolescentes. En ellas, han salido a colación el bien común, la dignidad humana, la doctrina social de la Iglesia… Y pasar de ahí al voto del católico y la visión antropológica que tienen los partidos políticos ha sido todo uno, claro. La integridad, la coherencia y el sentido común también han sido temas recurrentes. No se asusten, no ha sido todo a la vez ni en el mismo día. Siguen vivitos y coleando los chicos. Pero convendrán conmigo en que la actualidad nos urge y no nos da tregua.
En cualquier caso, me alegra comprobar que se sienten interpelados por la realidad, que tienen interés por comprender el mundo que les rodea y ganas de hacer las cosas bien, que no es poco. No puedo evitar, sin embargo, sentir, al mismo tiempo, el peso de la responsabilidad y algo de desazón precisamente por el mundo mezquino que les estamos dejando los mayores. Ese que, tal como gira, me paraliza tantas veces y me obliga, a la par, a actuar y educar en la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza. No puede ser de otra manera; menos aún con los hijos.
Y creo que es en la resolución sensata y lúcida de la tensión de esa paradoja que inmoviliza y que espolea, que bloquea y que obliga a la acción, que paraliza y moviliza al mismo tiempo, donde radica el mérito y la valentía de vivir y de educar en verdad en la vorágine de la actualidad.
Vivimos tiempos recios que no admiten medias tintas. Estoy convencida de que la Providencia no nos deja de su mano; sin embargo, procuraré seguir repostando mal que bien en la calma y el silencio interior para vivir y educar en los trascendentales del ser. En cualquier caso, hablando, escuchando, aprendiendo, escribiendo, actuando… será bueno que la Providencia nos pille trabajando.
Instagram de la autora: @enversoyprosa
Hay una tensión que nos acompaña: el mundo nos abruma y nos paraliza, pero la responsabilidad de vivir y educar en la verdad nos obliga a actuar. Quizá ahí esté el mérito y la valentía. Compartir en X










