Santa y pecadora, no: Santa, solo Santa (VI)

¿De dónde sacar fuerzas para mantenerse en los síes vocacionales del Bautismo, el Matrimonio, el Orden Sacerdotal y/o la profesión religiosa? Después de lo dicho en la entrega anterior, parece evidente que algo tendrán que ver los respectivos hábitats que son propios de los bautizados en general, de los esposos, y de los sacerdotes y religiosos. Hablamos de hogares, comunidades religiosas y parroquias, los cuales, actuando al unísono, son verdaderos ecosistemas humano-espirituales para todas las vocaciones, al menos lo deberían ser.

Es en ellos donde de manera ordinaria se suscitan, se desarrollan (y en muchos casos se perfeccionan) todas las vocaciones cristianas, lo cual significa, a su vez, que sin un buen funcionamiento de los mismos difícilmente se podrá llevar a plenitud el proyecto personal que constituye la vida de cada uno de sus miembros.

Aunque muy distintas en su naturaleza, en su estructura y en su dinámica interna, los tres “ecosistemas” tienen un punto fundamental en común, y es el hecho de que son comunidades y las comunidades son el único antídoto contra el individualismo. No digo el mejor, sino el único. En consecuencia, se hace necesario preguntarse qué hace falta para que una comunidad funcione correctamente y cumpla con su finalidad, es decir, sirva al progreso humano (material, intelectual, afectivo, etc.) de cada uno de los que la componen.

Puestos a pensar, en un primer momento, parece que lo más sensato será empezar por el principio. ¿Qué principio?

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En el caso de la persona humana, considerando que cada hombre es un ser único y al mismo tiempo pluridimensional, cabe entender que el principio habrá de seguir el mismo esquema: único y pluridimensional. El principio único, por ser único, es el que informa y rige al ser humano completo y por el mismo motivo, por ser uno solo, necesariamente ha de ser absoluto. Así pues tenemos que contar, con que, por una parte, tenemos un principio absoluto, referido a la totalidad de la vida del hombre, y tenemos también otros principios relativos, que tienen que ver con aspectos parciales.

Ese principio único y absoluto, por definición, no puede ser otro que Dios, que además de principio es fin, también único y absoluto. Citando un texto del concilio Vaticano I, dice el Catecismo que “la santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios [es] principio y fin de todas las cosas” (del punto nº 11). El principio absoluto, lo primero en la vida de cada hombre, de cada bautizado, sea sacerdote, religioso, casado o no casado, es Dios.

En un segundo momento procede decir algo sobre algunas de las notas que caracterizan la relación del hombre con su principio absoluto, Dios. Acerca de esas notas, y puesto que queremos comenzar por el principio y nos estamos remitiendo al principio, hay que decir que la relación propia de todo hombre con Dios (en eso consiste la religión) tiene su punto de arranque en la adoración. “La adoración es el primer acto de la virtud religión” (CIC 2096). Varias y profundas consecuencias se derivan de aquí, pero para no perdernos e ir a lo que nos interesa, parece claro que la adoración a Dios es el principio, el primer acto a tener en cuenta para sostener una vocación.

El dato tiene su interés porque sirve como test para evaluar la fortaleza de nuestras respectivas vocaciones. ¿Adoramos a Dios? Esta pregunta tenemos que hacérnosla tanto individual como colectivamente.

Individualmente, cada cual se debe preguntar si él adora a Dios, y en cuanto miembros de un pueblo, hijos de la Iglesia, también. ¿Se adora Dios en nuestras comunidades: en nuestras familias, parroquias y casas religiosas? Cuando la respuesta sea no, si somos sinceros con nosotros mismos, tendremos que admitir que ahí está la primera fuga de gracia, y, con ella, el primer atolladero que impide el dinamismo normal de la vida cristiana, la cual, en lugar de desenvolverse con la viveza, diligencia y alegría que de suyo le caracteriza, se torna lerda y aburrida, sin fuerza de atracción.

¿Cómo vamos a sostener sin adoración, durante toda una vida, algo tan sobrehumano como una vocación venida de Dios?, ¿cómo mantener el tipo ante las seducciones, ¡tan atractivas!, que nos ofrece el mundo, entendiendo por “mundo” lo que entiende la Escritura: la vida y los ambientes hostiles a Dios?, ¿cómo resistir los embates de todos aquellos a quienes nuestras vocaciones les resultan molestas (que no son pocos)?

A nivel individual, pensando en cualquier bautizado, sea laico, sacerdote o religioso, ¿cómo tener una vida unificada, que es una de las aspiraciones humanas más altas?, ¿cómo lograr la unidad de vida, sin dispersarse ante las incontables solicitaciones de que somos objeto permanentemente?

Uno de los problemas al que todos los hombres de todas las épocas han tenido que enfrentarse, casi siempre con escaso éxito, ha sido el de mantener en la práctica la fidelidad a sus principios, o lo que es lo mismo, mantener a salvo su libertad personal frente a reclamos externos.

Paradójicamente, en un mundo ultraliberal como el que nos toca vivir, que ha establecido -no digo la libertad, sino- el albedrío individual como máxima intocable, resulta que estamos cediendo cuotas de libertad a raudales ante la presión insistente y las añagazas de un sinfín de voces: ideología (hoy una sola, la de género), bienestar, publicidad, activismo, tecnología, turismo, deportes, aficiones, consumo… que requieren nuestra adhesión, es decir, nuestro seguimiento intelectual, nuestra dedicación, nuestro tiempo, nuestro dinero. ¿Cómo no dispersarse?, ¿cómo no rendir atención a alguno de estos señores menores?

Primer y fundamental remedio: adorando a Dios, el Único que es digno de ser adorado por el hombre. No digo esto por oídas, ni es una opinión particular mía, ni pertenece a la espiritualidad de ningún movimiento piadoso. Que la adoración evita la dispersión del hombre es doctrina de la Iglesia. Así se afirma en el punto 2114 del Catecismo: “La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único”.

Esto a nivel individual, pero volvamos a poner los ojos en nuestras comunidades.

En el artículo anterior dábamos detenida cuenta del problema del individualismo. Pues bien, he aquí la más eficaz de las soluciones para combatirlo. También está en el Catecismo: “La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo” (CIC, 2097).

Acabamos de señalar cómo la adoración al Dios Único es un antídoto contra la dispersión, sea referida a la persona individual, sea referida a la vida comunitaria.

Ahora se hace preciso dar un paso más. Y es que la cosa no está solo en adorar a Dios, sino en adorarlo como Él quiere ser adorado. En las relaciones del hombre con Dios, siempre existe el riesgo de hacer las cosas a nuestra manera, en lugar de hacerlas a la manera de Dios. Merece la pena detenerse un momento para pensar esto. Por ejemplo: cosa buena y santa es amar a Dios, pero de poco vale la sola voluntad de amarlo, hay que amar a Dios como él quiere ser amado. Cosa buena y santa es querer servir a Dios, pero no basta con la disposición de servicio, es imprescindible saber cómo quiere ser servido y servirlo así.

¿Qué error se esconde detrás de estas maneras equivocadas de plantear la relación con Dios?

Aparte de otros posibles, hay uno evidente: la subjetividad. Un error, también muy de nuestro tiempo, extendidísimo hasta la hartura, que consiste en tranquilizar la conciencia pensando que Dios se complace con lo que nosotros nos complacemos; pensar que a Dios le debe gustar lo que a nosotros, individual o colectivamente, nos gusta y satisface. Digámoslo abiertamente: eso es el paganismo, esa es la manera de proceder de las religiones paganas. Eso es religiosidad, indudablemente, pero una religiosidad que si no se corrige, puede acabar en abominaciones que Dios detesta, como los sacrilegios o la idolatría, frente a los cuales ningún creyente está a salvo, tampoco el católico por el hecho de serlo “oficialmente”. No estamos ante simples desviaciones, sino ante algo mucho más grave, en verdaderas execraciones. San Pablo, refiriéndose a la idolatría, en su primera carta a los corintios escribe abiertamente que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios” (I Cor 10, 20).

Ciertamente que Dios quiere ser adorado, pero no de cualquier manera, sino en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así” (Jn 4, 23). El criterio “en espíritu y verdad” es un criterio realista, objetivo, puro, que difícilmente coincidirá con los gustos de las corrientes de moda, siempre subjetivos y mudables. Hasta tal punto puede el hombre confundir el culto y errar en la autenticidad de su adoración que llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios (Jn 16, 2).

La cuestión, por tanto, está en saber en qué consiste la adoración en “espíritu y verdad”. Para responder tenemos que preguntárselo a la Iglesia porque solo la Iglesia sabe qué hacer y cómo hacer para adorar a Dios en espíritu y verdad.

Pues bien, cuando a la Iglesia se le hace esta pregunta, la Iglesia responde con la Sagrada Liturgia. De ahí su valor sacrosanto, infinito, intocable y de ahí que haya que ser enormemente exquisitos con la liturgia, tratándola con el respeto, la veneración y el esmero que el mismísimo Dios merece. Cuando las celebraciones litúrgicas se realizan así, como la Iglesia tiene dispuesto, entonces resplandece la santidad de la Iglesia visiblemente.

Estamos ofreciendo a los lectores una serie de reflexiones dedicadas a la Iglesia bajo el título de “Santa y pecadora, no: santa, solo santa”. Entiendo que alguno haya podido preguntarse qué tiene que ver el contenido de algunos de los últimos artículos con ese título. Si ese fuera el caso, he ahí parte de la respuesta. La santidad de la Iglesia no se hace visible solo ni principalmente en la moralidad de sus hijos, en la atención a los necesitados o en la sangre de los mártires. En esos ámbitos, también, faltaría más, pero la santidad de la Iglesia se hace visible en primer lugar, y sobre todo, en la Sagrada Liturgia, misterio altísimo, singular y único, el más sublime que nos es dado a contemplar y participar en este mundo.

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