¿Dónde está Dios cuando el sufrimiento parece no tener sentido?

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Las imágenes vuelven a repetirse casi cada semana. Familias que lo han perdido todo tras un terremoto, vecinos que buscan supervivientes entre los escombros, incendios que arrasan hogares y bosques, niños heridos por las guerras de Gaza, Ucrania, Sudán y tantos otros lugares que apenas ocupan ya unos segundos en los informativos.

Estos días hemos contemplado con angustia las consecuencias de los terremotos que han golpeado Venezuela, mientras otras tragedias siguen sucediéndose casi sin darnos tiempo a asimilarlas. El sufrimiento parece no dar tregua.

Y, ante cada una de estas escenas, vuelve la misma pregunta. Probablemente sea la más difícil que puede formularse a un creyente:

Si Dios existe, si es infinitamente bueno y además es todopoderoso, ¿por qué no interviene? ¿Por qué permite tanto sufrimiento aparentemente inútil?

No es una objeción nueva. Es tan antigua como la humanidad. El libro de Job ya la planteaba hace miles de años y, desde entonces, filósofos, teólogos y creyentes han tratado de afrontarla. También hoy sigue siendo el gran desafío para la fe cristiana.

Pero antes de intentar responder, conviene reconocer algo que con frecuencia olvidamos.

El problema del sufrimiento no es solo un problema para quienes creen en Dios. También lo es para quienes no creen.

Porque, si el universo fuera únicamente el resultado del azar y de las leyes de la naturaleza, el sufrimiento tampoco tendría una explicación última. Simplemente ocurriría. La muerte de un niño bajo los escombros de un terremoto o la destrucción de una familia por una guerra serían acontecimientos tan carentes de sentido como el movimiento de una galaxia o la caída de una roca.

Sin embargo, casi todos experimentamos una profunda rebelión interior ante esas tragedias. Sentimos que hay un mal que no debería existir.

Y esa indignación revela algo importante: intuimos que la vida humana posee una dignidad que hace intolerable considerar el sufrimiento como un simple accidente del universo.

Jesús rompe la asociación entre sufrimiento y culpa

Una de las ideas más dañinas de la historia religiosa ha sido interpretar las desgracias como castigos enviados por Dios. Sin embargo, la propia Escritura desmonta esa visión.

El libro de Job presenta a un hombre justo que pierde a sus hijos, su salud y sus bienes sin haber cometido ninguna falta que explique semejante tragedia. Sus amigos insisten en que, si sufre, será porque algo habrá hecho. Pero el relato termina mostrando que esa lógica era profundamente equivocada.

Jesús irá todavía más lejos.

Cuando algunos le hablan de las dieciocho personas que murieron al desplomarse la torre de Siloé, pregunta: «¿Pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no» (Lc 13, 4-5).

Y cuando los discípulos le presentan a un hombre ciego de nacimiento y le preguntan: «¿Quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego?», Jesús responde: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 2-3).

Estas palabras han sido objeto de muchas interpretaciones. Jesús no está diciendo que Dios quisiera la ceguera para demostrar su poder. Está desplazando la mirada. Ya no se trata de buscar culpables, sino de descubrir cómo puede actuar el amor de Dios incluso en medio de una situación que, humanamente, parece absurda.

El centro deja de ser la culpa. Empieza a ser la esperanza.

Un mundo libre implica un mundo vulnerable

Una parte inmensa del sufrimiento nace de nuestras propias decisiones.

Las guerras, el terrorismo, la corrupción, la violencia, la explotación o el abandono de los más débiles no son obra de Dios. Son consecuencia del mal uso de una libertad que, precisamente porque es auténtica, puede elegir el bien o el mal.

Como observó C. S. Lewis, un mundo donde nuestras decisiones nunca produjeran consecuencias reales tampoco sería un mundo de personas libres. Sería un universo de marionetas.

Existe, además, otro tipo de sufrimiento que no depende directamente de nuestras decisiones: los terremotos, las enfermedades o los fenómenos naturales.

Vivimos en un universo regido por leyes estables. Son esas mismas leyes las que hacen posible la ciencia, la confianza y la vida. El fuego que nos calienta también puede quemarnos. El movimiento de las placas tectónicas que ha modelado continentes y océanos puede provocar terremotos devastadores.

¿Por qué Dios permite que esas leyes afecten también a personas inocentes?

No lo sabemos. Y conviene reconocer con humildad que ninguna explicación humana consigue disipar completamente ese misterio.

Lo que hace único al cristianismo

Aquí aparece la gran originalidad de la fe cristiana. No consiste en ofrecer una explicación completa del sufrimiento. Consiste en afirmar que Dios no permanece fuera de él.

Las religiones y las filosofías han intentado explicar el dolor de muchas maneras. Algunas lo consideran una ilusión; otras, una consecuencia inevitable del destino; otras, un problema sin solución.

El cristianismo propone algo radicalmente distinto.

Afirma que Dios entra en la historia.

En Jesucristo, Dios conoce la traición, la injusticia, el abandono, la tortura y la muerte. La cruz no elimina el escándalo del mal, pero impide pensar que Dios permanezca indiferente ante él.

Cuando Benedicto XVI visitó el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, confesó que allí las palabras resultaban insuficientes. Solo quedaba un silencio convertido en oración: «¿Por qué, Señor, permaneciste en silencio?».

Es la misma pregunta que siguen formulando hoy quienes han perdido un hijo, quienes buscan a un familiar entre los escombros o quienes han visto desaparecer su hogar bajo las bombas.

La respuesta cristiana no llega en forma de teoría. Llega en forma de presencia.

El escritor y superviviente del Holocausto Elie Wiesel cuenta que, durante la ejecución de un niño en Auschwitz, alguien preguntó desesperadamente: «¿Dónde está Dios?».

Y una voz respondió:

«Ahí está. Colgado de esa horca.»

Más allá del contexto de aquella escena, expresa una intuición que el cristianismo lleva hasta sus últimas consecuencias: Dios ha querido identificarse con las víctimas hasta compartir su sufrimiento.

La esperanza que nace de la Resurrección

Pero la fe cristiana añade todavía algo más.

La cruz no es la última palabra.

Si todo terminara con la muerte, muchas injusticias quedarían para siempre sin respuesta y el sufrimiento de innumerables inocentes sería definitivamente absurdo.

Sin embargo, el cristianismo afirma que nuestra existencia no termina en esta vida.

La vida terrena no es una historia cerrada, sino el comienzo de un camino. En ella aprendemos a amar, a crecer en libertad, a descubrir el bien incluso en medio de las pruebas y a preparar nuestro corazón para la plenitud a la que Dios nos llama.

No porque Dios necesite nuestro sufrimiento, sino porque es capaz de transformar incluso nuestras heridas en ocasión de crecimiento, de compasión y de amor.

La resurrección de Cristo anuncia precisamente eso: que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra.

El libro del Apocalipsis describe ese horizonte con una de las imágenes más hermosas de toda la Escritura: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque todo lo antiguo ha pasado» (Ap 21,4).

Esa esperanza no nos invita a desentendernos del mundo presente. Al contrario.

Quien cree en Cristo está llamado a combatir el sufrimiento allí donde aparece: cuidando al enfermo, defendiendo la dignidad de cada persona, acogiendo al refugiado, consolando al que llora y trabajando por una sociedad más justa.

La fe no nos aparta del dolor del mundo. Nos envía hacia él.

Quizá nunca obtengamos una explicación completa al misterio del sufrimiento.

El propio libro de Job termina sin resolver racionalmente todas sus preguntas. Dios no le explica el porqué de cada desgracia; le revela algo mucho más importante: que nunca había dejado de estar a su lado.

También el cristianismo deja abiertas muchas preguntas. Pero hace una afirmación extraordinaria.

Dios no ha venido a explicarnos el sufrimiento desde la distancia. Ha venido a compartirlo.

Y, mediante la cruz y la resurrección, a mostrarnos que ninguna lágrima, ninguna víctima y ninguna vida quedan fuera de su amor.

Porque la última palabra de la historia no pertenece al sufrimiento. Pertenece a la esperanza.

Twitter: @lluciapou

Terremotos, guerras, incendios, tragedias... Ante cada noticia vuelve la misma pregunta: «¿Dónde está Dios?». Este artículo aborda el problema del mal desde la perspectiva cristiana, sin esquivar el misterio ni el dolor. #sufrimiento… Compartir en X

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