Chavismo y Trumpismo: carceleros de la soberanía venezolana (I)

COMPARTIR EN REDES

La soberanía nacional es el poder supremo que permite a la comunidad política el establecimiento de su propio orden constitucional, así como la adopción de las decisiones fundamentales para su existencia y supervivencia como entidad, tanto en el ámbito interno como en el internacional. Y en el caso venezolano, conforme al artículo 5 de la Constitución, esta reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce mediante el sufragio por los órganos que ejercen el Poder Público.

Antes del advenimiento del chavismo, Venezuela era una nación soberana.

Desde el 19 de abril de 1810, cuando desconocimos al usurpador José Bonaparte (‘Pepe Botella’), quien había sido impuesto como rey de España por su hermano (Napoleón); nuestro país había tenido casi dos siglos ininterrumpidos de ejercicio de su soberanía.

Si bien, durante esos dos siglos (XIX y XX), no faltaron algunas situaciones de amenaza o perturbación a nuestra soberanía nacional, tanto por factores externos (potencias extranjeras) como internos (actores y movimientos políticos endógenos desconocedores de la voluntad popular), todas estas situaciones habían sido oportuna y eficazmente resueltas por nuestros hombres de Estado y sus gobiernos; en unos casos por vía diplomática y en otros militarmente, según hubiera sido necesario.

En 1902, salimos avante cuando, bajo el pretexto de cobro forzoso de deudas, nuestros puertos fueron bloqueados por algunas potencias europeas (Reino Unido, Alemania e Italia). La intercesión diplomática de los Estados Unidos de América cooperó con Venezuela; pero tal intercesión ni el definitivo respeto a nuestra soberanía no se habrían logrado sin la firme determinación, tanto de nuestro gobierno como de nuestro pueblo.

Fue tal la firmeza del pueblo venezolano en este sentido, que en perfecta coherencia con el mandamiento de “Honrar padre y madre”, que en su dimensión más amplia abarca el deber de honrar la patria, hasta el mismísimo Dr. José Gregorio Hernández -hombre santo, hoy elevado a los altares por su excelsa caridad- no dudó en alistarse en el ejército venezolano para defender la soberanía nacional.

En 1966, como prueba de que la soberanía debe ser defendida en todo tiempo, escenario, circunstancia y ante cualquier potencia —sea cual fuere esta—, nuestra firme determinación diplomática, sostenida durante décadas, forzó a que el formidable Imperio británico suscribiera un tratado internacional (el Acuerdo de Ginebra), en el que terminó reconociendo formalmente la contención venezolana con respecto a la nulidad del laudo arbitral de 1899, en el cual, de manera fraudulenta, se había afectado nuestra soberanía territorial, al haberse concedido el territorio del Esequibo a los británicos.

En 1967, cuando —en uno de sus tantos intentos por inocularnos su nefasto sistema comunista— Fidel Castro envió a nuestras costas un contingente de milicianos cubanos y venezolanos entrenados y apertrechados en su isla; ello, en abierto desafío a la vocación y voluntad democrática de la nación venezolana; nuestra otra digna Fuerza Armada Nacional (FAN) les enfrentó y venció contundentemente en las playas de Machurucuto, Estado Miranda.

Luego, en 1987, cuando, al calor del diferendo limítrofe con Colombia, los navíos ‘Caldas’ y ‘Antioquia’ de la armada neogranadina pretendieron desconocer nuestra soberanía territorial, invadiendo aguas del Golfo de Venezuela; el gobierno del presidente Jaime Lusinchi encaró la situación con la misma firmeza y determinación que nos había caracterizado históricamente; girando instrucciones para el más amplio y potente despliegue militar de nuestra historia; lo cual obligó al Estado colombiano a ordenar el prudente repliegue de sus fuerzas.

En 1992, cuando —nuevamente bajo el perverso auspicio de Fidel Castro— una facinerosa facción del ejército venezolano se alzó contra la institucionalidad democrática y, con ello, contra la soberanía popular que se había expresado libremente en las elecciones presidenciales de diciembre de 1988, la FAN institucional actuó una vez más con contundencia, enfrentando a los sublevados y logrando aplastar totalmente la intentona golpista, entre cuyos cabecillas se encontraba el inefable teniente coronel Hugo Chávez.

De esta manera, a lo largo de los siglos XIX y XX, todos los intentos de desconocimiento, agresión y/o perturbación de nuestra soberanía nacional —ya fuera en su titularidad (mandato popular) o en su espacialidad (dominio territorial)— habían sido conjurados, repelidos, enfrentados y superados efectivamente; recurriendo a la diplomacia o a las armas de la República, según cada caso.

Pero esta situación cambió radicalmente con la asunción del chavismo al poder (1999). La soberanía nacional que, manifestada mediante el ejercicio democrático, permitió la elección del exmilitar golpista (Hugo Chávez) como presidente de la República, no tardaría mucho tiempo en empezar a ser corroída por el rojo salitre del socialismo pseudobolivariano.

@JGarciaNieves

Antes del chavismo, Venezuela había construido una larga tradición de defensa de su independencia y de respeto a la voluntad popular. Conocer nuestra historia es comprender nuestro presente. #Venezuela Compartir en X

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.