La vida cotidiana, la familia, el trabajo, es lo que da estabilidad y cohesión a la propia vida. Permite que cada día podamos levantarnos y comenzar de nuevo con ilusión, pensando en los seres queridos.
Aunque quizá tengamos las mismas cosas, o incluso el mismo horario, siempre cabe hacerlo como si fuera “nuevo”, sabiendo descubrir el lado positivo de las situaciones, dejándonos sorprender por tantos detalles que nos salen al encuentro, desde un amanecer sorprendente, un paseo matutino, la cara simpática de un hijo, el detalle amable de nuestra pareja…
Se trata de descubrir esos “brillos” escondidos en las situaciones más cotidianas…, que las trascienden e iluminan, y nos dan esperanza.
Y cuando digo trabajo, me refiero no sólo al trabajo remunerado, sino a cualquier actividad que conlleve una responsabilidad. Y puede ser el trabajo de un estudiante, el de una madre o padre que se quedan cuidando a los hijos, organizando la casa y especialmente dirigiendo la familia con una meta clara…, así como el que va a la oficina o al hospital cada día.
Todos ellos pueden ser ocasión de desarrollo personal y de prestar un servicio a los demás.
Muy enriquecedor, y de gran relevancia, el dedicado al cuidado de la familia, aunque poco valorado muchas veces. Ahí es donde se se forman auténticas personas, se aprende lo más significativo de la vida, y se atesoran buenos recuerdos y sentimientos que alimentan el corazón y dan energía para vivir.
En ella aprendemos a querer a los demás, a la vez que nos sentimos muy queridos. Cada persona, para desarrollarse bien, necesita la experiencia de sentirse amada sin condiciones.
En la escuela del más rico humanismo es donde se aprende a mirar al otro, a los otros, a escuchar con empatía, a comprender de veras y ayudar en lo que necesiten, descubriendo lo que están llamados a ser cada uno, y ayudándoles a lograrlo.
A las “puertas” de este nuevo curso, quizá podemos pensar algún punto que hemos visto que necesita ser mejorado: en familia, en pareja, con los hijos, y concretarlo. Hacer un plan de acción, anotarlo, e intentar llevarlo a la práctica, aunque no salga de entrada. Con el tiempo se convertirá en un hábito que puede fortalecer el trato en pareja, la convivencia, la educación de los hijos…, y nos hace mejores personas, y más alegres. El que creas importante.
La vida cotidiana permite plasmar el cariño en familia de mil formas. Podemos intentar amar más y mejor, empezando por el esposo, o esposa, y siguiendo con los hijos…, que nos están mirando siempre, y lo “absorben” todo. Somos sus modelos y su referente: según cómo nos tratemos, qué gestos, atenciones y delicadezas tengamos, así lo harán ellos. Dejemos un sendero alegre y luminoso.
Además, amar incondicionalmente significa separar a la persona de su conducta. Es decir, no le vamos a querer menos porque no se haya portado correctamente, sino que le haremos notar eso que no ha estado a su altura. Además, como advierten grandes pensadores y pedagogos, el tratar a alguien un poquito mejor de lo que es en ese momento, le estimula a mejorar. Ésta es una clave fundamental, a cualquier edad, junto con el cariño, que ayuda a desplegar las alas y crecer como personas. Cada uno a su modo, con sus cualidades personales, únicas y singulares.
La vida se llena de sentido por el amor que se pone en cada tarea, en cada conversación y encuentro. Así se aprende a valorar lo esencial y uno vive entusiasmado.
¡Cuántas fantásticas acciones, hasta heroicas, se pueden hacer a lo largo del día en las ocupaciones más pequeñas, que conllevan un rayo de luz y trascendencia! Y eso no tiene nada de “rutinario”… Es el poder del amor que aligera tareas, y da brillos inusitados para crear un verdadero hogar donde estar “resguardados” del ruido exterior, cultivar un espacio de intimidad, y “echar raíces”. Ahí cada uno puede ser él mismo, sin necesidad de aparentar, porque se sabe querido.
Pues no siempre podremos hacer grandes cosas, pero sí poner amor en lo pequeño.
En cada detalle que tenemos con los demás, en el hogar, en el trabajo, comprendiendo, disculpando, ayudando, con elegancia, sin que apenas se note. Eso es fundamental para hacer un buen ambiente: el “factor invisible” que alegra y ayuda a lograr lo mejor de cada persona. De este modo se aprende y se enseña a querer.
El amor en pareja es una realidad viva llamada a crecer.
Algo que cuidar, “cultivar”, y “abrigar” en los fríos inviernos… Si no, se puede ir marchitando. Custodiar el tiempo juntos, valorar al ser querido, acoger, admirar, ser detallista, perdonar, recordar buenos momentos, revivirlos, tener ilusión, soñar juntos.
En esta línea, decía Stephen Covey que «amar es un verbo»: se trata de sembrar cada día pequeños actos de cariño, comprensión, servicio, atenciones, que hagan germinar y desarrollar ese amor, y lo hagan más fuerte, inamovible, eterno.
Enamorarse y enamorarle.
Sin embargo, el amor es un constante desafío que nos saca de nuestro yo, tan chiquito tantas veces, y nos expande el corazón. Y ahí precisamente está el crecimiento personal, y por tanto la felicidad.
Al final, lo importante es que en nuestra casa todos sientan ese amor incondicional que les permite valorarse, ser acogidos, y ayuda a madurar y crecer como personas. Se aprende a querer confiando, comprendiendo, “dejándoles ser”, fomentando su libertad para que aprendan a pilotar su propia vida, a su modo, con sus talentos únicos. Tarea honda, trascendente, y reconfortante… Nada insignificante que se pueda ceder a otros.
De esta forma se van poniendo buenos cimientos para conquistar una familia sana, alegre, unida, feliz, optimista, que valora lo importante y sabe querer, a pesar de diferencias, dificultades y problemas del camino. Con buena actitud interior, que es lo que cuenta y hace la diferencia. Y luego llevar ese ambiente cálido donde uno se encuentre: con amigos, familias, trabajo, empresa, deporte…, incluso lograr sinergia.
Este nuevo curso tenemos un tiempo por delante para “sacar brillo” a la maravillosa “rutina”… con el cariño, que transforma lo cotidiano en magníficas obras de arte que resplandecen belleza y darán su fruto.
Este nuevo curso tenemos un tiempo por delante para “sacar brillo” a la maravillosa “rutina”… con el cariño, que transforma lo cotidiano en magníficas obras de arte que resplandecen belleza y darán su fruto. Compartir en X








