Diferencias entre éxito y gloria (II)

En el lenguaje habitual “gloria” y “éxito” se emplean con mucha frecuencia como sinónimos, pero ya en la primera parte se dijo que no lo son. En el lenguaje cristiano, por “gloria” entendemos tres cosas, que en realidad son la misma, vista desde ópticas distintas: la primera, el cielo, el destino de los bienaventurados, del cual sabemos que no es un lugar físico sino una manera de ser[1]. La segunda es la majestad de Dios, su santidad infinita; y la tercera, unida a las anteriores, es “la irradiación de su majestad”[2] presente en sus obras. Aquí usamos indistintamente los tres significados.

El término “éxito”, por su parte, también tiene tres acepciones, según el Diccionario de la Academia de la Lengua: 1) Resultado feliz de un negocio, actuación, etc., 2) Buena aceptación que tiene alguien o algo, y 3) Fin o terminación de un negocio o asunto.

Desde sus respectivas definiciones, las diferencias entre “gloria” y “éxito” saltan a la vista, pero no está de más entrar a verlas con algún orden.

  1. La primera y fundamental, de la cual derivan todas las demás, es que la gloria es cosa de Dios mientras que el éxito es cosa del hombre. La gloria de Dios no es algo ajeno a Dios, que le viene de fuera, sino que pertenece al ser de Dios, está en Él y es Él mismo, aunque exteriormente se manifieste “en la creación y en la historia”. “Lo que se manifiesta de él en la creación y en la historia, la Escritura lo llama gloria”[3] y no es otra cosa que su propia santidad. Por su parte, el éxito del hombre ni es el hombre ni está en él, sino que es algo exterior a él y debe ser conquistado. La gloria es cosa del cielo y el cielo mismo, el éxito es de la tierra; “el cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado a los hombres”[4]. La gloria es propia del ámbito divino, le pertenece a Dios y al entorno de sus obras. Le pertenece a Dios por sí mismo, “viene del único Dios”[5], nos la da Dios, se le da a Dios (por parte de los ángeles y los hombres), mientras que el éxito se mueve siempre alrededor del hombre. La gloria es la majestad de Dios, la cual contiene en sí misma todos sus atributos: grandeza, bondad, belleza, infinitud, unicidad, simplicidad, omnipotencia, amor, inmutabilidad, etc. Cuando Jesucristo le pide al Padre que le glorifique, no le está pidiendo algo que le llegue a través de las criaturas, que por sí mismas no pueden darla, sino que se remite a la vida interna de la Santísima Trinidad. Por eso dice “no recibo gloria de los hombres”[6], sino del Padre: “Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese”[7].

El éxito, en cambio, es el triunfo adquirido por el hombre en una o varias de sus empresas o incluso en todas ellas.

  1. Ningún hombre, aunque sea el mejor dotado o el más afortunado, tiene asegurado su éxito. Antes de que el éxito llegue, siempre existe la posibilidad de que se trunque. En el campo educativo hay un ejemplo muy ilustrativo y es el de los chicos sobredotados. No deja de ser paradójico que quienes naturalmente cuentan con más capacidades intelectuales para triunfar en el mundo académico, necesiten atención especializada por las muchas dificultades con que se encuentran. Todo éxito es siempre potencial, la gloria de Dios, en cambio, es siempre actual. Por eso el éxito tiene su contrario en el fracaso, mientas que la gloria no tiene contrario. Ni lo tiene ni puede tenerlo. La gloria de Dios está siempre en acto.
  2. El éxito está inserto en el tiempo y en el espacio, la gloria está fuera de estas dos coordenadas históricas. Ha entrado en la historia humana con Jesucristo y de hecho “hemos contemplado su gloria”[8], pero esa gloria no le viene a Cristo por ser hombre, sino por su condición divina. Si algún recién nacido es digno de gloria, lo será por motivos distintos a sus logros, por su origen o por su propio existir, pero no por su hacer, puesto que aún no ha tenido ninguna posibilidad de hacer nada. En cambio en el caso de Jesús, su gloria es la “gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”[9]. El éxito, por ser temporal, es caduco, no puede extenderse infinitamente; la gloria, en cambio, por estar fuera del tiempo, es eterna.
  3. El éxito es relativo, depende de todas aquellas causas y circunstancias que lo hacen posible; la gloria en cambio es absoluta, no depende de nada. En el éxito de un individuo, o de un colectivo, tiene gran importancia el grupo de referencia, hasta tal punto que un mismo logro se puede ver recompensado por el éxito o no, según el contexto en el que tenga lugar. Más aún, el éxito puede darse fuera del bien porque no procede necesariamente de las obras bien hechas. Valga un ejemplo: un terrorista al que le han salido bien sus planes y ha perpetrado una gran masacre tendrá el éxito asegurado entre sus iguales, entre los facinerosos de su banda o grupo y entre todos aquellos que participen de sus mismos propósitos. La gloria es incompatible con el mal; el éxito, en cambio, podría apoyarse en él.
  4. La gloria reside en el ser (de Dios); el éxito en el hacer o el tener (del hombre). Este hacer o tener que está en el origen del éxito a menudo reviste carácter de triunfo conseguido tras la disputa o confrontación con uno o más adversarios.

Después de lo dicho, debemos hacernos esta pregunta: ¿la gloria es extraña al hombre? O, dicho de otra manera, ¿cabe encontrar gloria en el hombre? La respuesta es que la gloria no es extraña al hombre y sí que cabe encontrar gloria en él, pero añadiendo que la gloria que podamos encontrar en el hombre es la gloria de Dios. Entre Dios y el hombre no se extiende el vacío. Entre la naturaleza divina y la humana hay una diferencia entitativa inmensa, la que va de la criatura finita al creador infinito, pero Dios y el hombre no son dos extremos inconexos sino que existe una relación muy fuerte, estrechísima. Esta relación Dios-hombre, fuerte y estrecha, tiene su origen en dos fuentes. La primera fuente es la relación creador-criatura (y no cualquier criatura, sino la criatura hombre). La segunda fuente es Jesucristo en cuya Persona queda anulada cualquier distancia entre Dios y el hombre.

Si nos fijamos en la primera fuente, la relación entre Dios y el hombre viene marcada por dos rasgos que son esenciales para este. Podemos encontrar la gloria de Dios “en” el hombre de tres formas.

Por una parte, esta relación es una relación de dependencia filial en sentido amplio puesto que “en él vivimos, nos movemos y existimos”[10]. Nosotros, como el resto de la criaturas, debemos nuestro ser a un acto creador y providente cuyo autor no puede ser otro que el mismo Dios y sin el cual no podríamos mantenernos en la existencia. Así pues, en primer lugar, si “la gloria de Dios se refleja en todas sus obras”[11], en nosotros, como las demás criaturas, debe haber necesariamente un reflejo de la gloria de Dios.

En segundo lugar hay que decir que, por otra parte, el hombre, siendo criatura, no es una criatura más. “El hombre es la cumbre de la obra  de la creación”[12], la criatura que ha recibido del Creador un lugar de privilegio en el marco de la creación universal. No hemos sido creados al modo como lo fueron el resto de los seres de este mundo, sino en situación de superioridad sobre todos ellos; más aún, personalmente. A ninguna de las demás criaturas de este mundo se le concedió un estatuto creatural como el humano, singularizado y personal, derivado del hecho de haber sido creados por Dios “a su imagen y semejanza”[13]. Por este motivo, si todas las criaturas reflejan la gloria de Dios, el hombre lo hace en un grado extraordianario. El salmo 8 lo expresará diciendo que el hombre ha sido hecho “poco inferior a los ángeles”, coronado de gloria y dignidad[14].

Mucha gloria de Dios podemos ver en el hombre, pero “de Dios”, recibida de Él, no producida por el hombre.

En tercer lugar está la gloria que el hombre puede dar a Dios con sus actos: con la adoración, el culto y con las obras de sus manos. A este punto dedicaremos un apartado en las siguientes entregas.

 

[1]     Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 2794.
[2]     Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 2809.
[3]     Idem.
[4]     Salmo 115, 16.
[5]     Jn 5, 44.
[6]     Jn 5, 41.
[7]     Jn 17, 5.
[8]     Jn 1, 14.
[9]     Idem.
[10]    Act 17, 28.
[11]    Eclo 42, 16.
[12]    CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 343.
[13]    Gen 1, 26.
[14]    Cfr. salmo 8, 7.
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