Disparates con sentido: El señor de los anillos

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La popularidad de El señor de los anillos (ediciones en treinta y pico de idiomas y 150 millones de ejemplares vendidos) confirma a los letrados en su opinión impermeable: los lectores son asnos. El señor de los anillos es la secuela obesa de un cuento para niños, una curiosidad filológica escrita en prosa amateur por un profesor universitario. No hay en sus páginas batallas espectaculares descritas a detalle. No hay dilemas morales irresolubles. Los letrados se preguntan desde su cubículo ebúrneo: “¿Cómo ha venido a ser que semejante galimatías sin ton ni son se haya llegado a convertir en uno de los libros más leídos del mundo?”

Las cosas que verdaderamente importan quedan escondidas para los sabios y se revelan a lo sencillos. Entre esas cosas se encuentra la respuesta a esa pregunta. Millones y millones de lectores han devorado las mil páginas de El señor de los anillos en los tres días que les dura una gripe, encontrando en ellas profundidades que durante largos años meditan en mente y corazón. El pueblo llano lee esos libros, que traspasan fronteras y generaciones y se siguen publicando alrededor del mundo.

El señor de los anillos no cumple con la normatividad moderna, que si acaso pide buscar el bien y la verdad, pide buscarlos a escondidas en el fuero interno de los individuos. En El señor de los anillos esta búsqueda se vuelca hacia afuera. Se representa como la obligación política de un grupo de personas que libremente se imponen una tarea hercúlea por causa del bien común. Estas personas una comunidad de anhelos que amista a los diferentes. Hombres, duendes, hobbits y elfos no conviven por estar juntos, sino por hacer algo juntos: destruir el Anillo Único.

La prosa de Tolkien puede ser mala. Sin embargo, la poesía que expresa enciende en llamas las entrañas, pues responde a un anhelo profundamente grabado dentrísimo dentro de los miembros de esta civilización que alguna vez fue cristiana. El señor de los anillos es una obra religiosa de inspiración católica. Precisamente por eso casi no contiene “religión”, ceremonias de culto o prácticas rituales. El elemento religioso está inscrito dentro de la historia: el más pequeño de todos se hace el más grande de todos y un grupo de gente se junta en torno a un rey para salvar lo bueno que hay en el mundo.

La manera en que esta gente salva al mundo también es “religiosa”. El mal tiene todas las ventajas. Tiene fuerza, riqueza y poder. Las estadísticas le favorecen. Pero el mal tiene todas las ventajas salvo una: carece de imaginación. Solo se imagina a sí mismo. Por lo tanto, su único ojo está fijo en Minas Tirith, la capital de Gondor, porque espera con certidumbre que sus enemigos utilizarán el anillo para vencerle por las armas. No se espera que tengan el propósito de destruir el anillo y que se encomiende esta misión al más débil de todos. La locura del bien es más sensata que la sensatez del mal. Su debilidad es más fuerte.

Publicado a mediados de los 1950, El señor de los anillos era un fenómeno cultural diez años después. Como novela, quizá sea malilla. Sin embargo, su belleza corta como una espada o quema como acero frío. Este libro parte el corazón. Y eso queremos los lectores: sentir que nos rompemos porque tenemos la esperanza de ser nuevos. Queremos “religión”.

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