Si me hicieran esa capciosa pregunta de ¿a quién quieres más, a papá o a mamá?, respondería que a los dos por igual. Quiero mucho, muchísimo a mis padres, y no son, ni mucho menos, palabras para quedar bien. Les quiero mucho, les quiero a los dos, y les echaré infinitamente de menos cuando no estén, quiera Dios que aún quede mucho para ello. A menudo pido a Dios que les dé salud, una vida larga y que podamos disfrutar juntos de la eternidad junto a Él y su Madre. Mis padres me dieron la vida, ellos me llevaron a bautizar, me dieron una fantástica educación, se sacrificaron para llevarme a un buen colegio, me enseñaron a rezar, se preocuparon de iniciarme en la vida cristiana, y ellos han estado siempre a mi lado en todas mis dificultades y malos momentos, ellos se han desvivido siempre por mí, a ellos les debo mi vida y seguir vivo, todo lo que tengo y todo lo que soy.
Dicho esto, el alma de una casa siempre es la madre. Si el padre no está se le echa de menos, sobre todo si es un buen padre y un padre bueno como el mío. Pero si la madre no está, la casa se queda vacía, por mucho movimiento y mucha vida que en ella quede. El calor de hogar no lo da una chimenea (aunque esta ayuda, y mucho), sino que lo da una madre.
A la entrada de mi casa hay un mueble, y sobre ese mueble hay una talla de la Virgen. Una Virgen blanca, sencilla, una Virgen que preside la entrada a mi casa, a nuestra casa. No es un objeto decorativo, ni muchísimo menos. Es una imagen de mi Madre del Cielo, es una imagen que transforma el hogar en un refugio de paz y de protección. Ella da seguridad física y espiritual a nuestra casa, Ella nos protege, Ella nos cuida, Ella proporciona una presencia amorosa que no existiría si no estuviera allí. En otros rincones de la casa hay otras imágenes de la Virgen, también importantes, para que cada estancia esté bendecida por Ella. Pero la de la entrada, por ser eso, la entrada al hogar, es especial.
Cada vez que entro o salgo de casa, saludo a mi Madre, y muchas veces le doy un beso. Ella me recuerda aquella buena costumbre de mi abuelo, que se santiguaba cuando salía a la calle. Una costumbre que trato de imitar, que me cuesta interiorizar por la falta de costumbre, y que Ella me ayuda a conseguirlo poco a poco. Es como si, cuando voy a salir, me lo recordara. Santíguate, como hacía tu abuelo, y mi Hijo te bendecirá ahora que abandonas el hogar. Cada vez que paso por ese rincón cuando estoy en casa la miro, le dedico una sonrisa, un piropo, una mirada. Corazón dulcísimo de María, prepárame un camino seguro, le digo cada vez que paso por allí. O, muchas veces, simplemente digo, Madre, y la miro con cariño. Otras veces, como aconsejaba el Padre San Pío de Pietrelcina, yo te saludo, María, saluda a Jesús de mi parte. Porque a Jesús se va y se vuelve siempre por María, intercesora y mediadora de todas las gracias.
Hace años viví unos meses en Málaga, lejos de mi familia, lejos de mis amigos, lejos de donde yo sentía que estaba mi vida. No lo pasé bien, por circunstancias que no viene al caso. Entonces tenía una talla de la Virgen más grande que la que tengo ahora, una imagen que había presidido la entrada de la casa de veraneo de mis abuelos, una imagen para mí muy especial. Cuando las circunstancias me superaban y no podía más, cogía a mi Madre, la abrazaba fuerte y lloraba abrazado a Ella. Cualquiera que no tenga fe puede pensar que es una tontería, una superstición, una niñería, o hasta una sugestión. Pero no, nada de eso. Como decía al principio, la Virgen que preside mi casa no es un mero objeto de decoración. Cuando yo abrazaba a mi Virgen en Málaga, y lloraba, Ella me consolaba, y al cabo de un rato me sentía con fuerzas renovadas para seguir adelante. Lo mismo me ocurre ahora con esa Virgen blanca de la que vengo hablando.
Si la Virgen que preside la entrada de mi casa, por la razón que sea, no está, el vacío es grande. La casa se queda como deshabitada, se queda sin alma, se queda, de alguna manera, entristecida. Si la Virgen que preside la entrada de mi casa, por la razón que sea, no está, siento una pena profunda cada vez que entro o salgo, siento un mordisco en el estómago cada vez que paso por allí, porque inconscientemente dirijo mi mirada a donde debería estar Ella y me encuentro con la nada, me encuentro con un espacio que ninguna otra cosa puede ocupar si no está Ella. ¡Qué importante es que la Virgen que preside la entrada de mi casa esté allí, valga la redundancia, presidiendo la entrada de mi casa! Por las razones que acabo de exponer, y por otras que no sé explicar, porque solo están en lo profundo de mi corazón.
No me faltes nunca, María, Madre mía. No me faltes nunca, que sin ti me perdería. Protege mi hogar, presídelo, llénalo con tu presencia y dale ese calor que solo Tú, Madre, sabes darle.
Y tú que me lees, si aún no tienes una imagen que presida la entrada de tu casa, anímate a tenerla, acostúmbrate a saludarla cuando pases por allí, con cariño de hijo, y verás cómo, no tardando mucho, tú tampoco puedes prescindir de Ella y comprendes mejor lo que acabas de leer.
A la entrada de mi casa hay un mueble, y sobre ese mueble hay una talla de la Virgen. Una Virgen blanca, sencilla, una Virgen que no es un objeto decorativo, ni muchísimo menos. Compartir en X








