Hay reflexiones que tienen importancia por la persona que las hace, otras por lo que dice y en algunas por ambas . Ésta es la reflexión de Lucía Etxebarria sobre lo sucedido en Barcelona con la visita de Su Santidad León XIV, una reflexión que recuerda mucho a aquéllas de Gustavo Bueno en sus maravillosos debates sobre los cambios realizados tras el Concilio Vaticano II, opinión interesante viniendo de un ateo (un ateo-católico, como le gustaba decir a él). En muchos ocasiones se han visto bien las cosas desde la barrera.
Lucía Etxebarria, una mujer que ha mostrado una gran valentía en su batalla contra las ideas impuestas y promovidas por el lobby trans. Una mujer en busca de la Verdad, alguien que puede reconocer la Belleza, una parte de la triada que, junto al Bien y a la Verdad , son los atributos que Dios se Es.
Una belleza a la católica, una belleza que hemos olvidado y con ello hemos dejado escapar gran parte de nuestra cultura, que no es otra que la cultura cristiana.
Barcelona, con su belleza demostró que en medio de la secularización sigue latiendo, en la españolísima Barcelona, el latido vivo de la Cristiandad; aquellos que afirman que con ese porcentaje de paganos y ateos no puede darse la Cristiandad, no han entendido nada.
Tal vez falte preguntarnos ¿Qué es la cristiandad?
Para ello acudiremos a la respuesta dada por John Senior, “La Cristiandad, que el secularismo llama Civilización Occidental, es la Misa y todo el aparato que la protege y favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales, toda la economía, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos, su música y su literatura, todas estas realidades, cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el santo sacrificio de la Misa.”
En la sociedad moderna en la que vivimos falta mucho por completar, pero sabiendo lo que debemos proteger y lo que debemos crear será mucho más sencillo.
En Barcelona pudimos ver la música al servicio de Dios, la arquitectura al servicio de Dios… un tenue reflejo de la Belleza de Cristo.
Lo que vimos en Barcelona es como la luna, carece de luz propia, -pues esta solamente la tiene Dios- pero ese reflejo en una noche oscura como la que vive España nos sirvió para poder orientarnos. Esa belleza, reflejo de Dios, fue tan intensa que nos deslumbró, como deslumbró a Lucía Etxebarria. Para evitar cualquier riesgo de tergiversación, cito su comentario completo y compartido por ella en la red “social” X.
“Lo del Papa en Barcelona.
Toda esta corte de seguidores maravillados, absolutamente entusiasmados con lo que sucedió ayer en Barcelona, nos confirma algo: la liturgia es absolutamente esencial en la Iglesia católica. De hecho, yo siempre he dicho que, si la Iglesia católica hubiera continuado con la misa tridentina en latín y sin que el oficiante se dirigiera a los fieles, todavía tendría hoy más seguidores. El misterio y la representación sublime de lo sagrado venden.
Para la Iglesia católica, la liturgia es fundamental porque no es solo un recuerdo histórico. Funciona como una representación teatral que simboliza un encuentro vivo y una actualización del misterio de Cristo. Es una metáfora, una representación para hacer accesibles realidades divinas y abstractas, utilizando el simbolismo, la arquitectura, la música y los gestos físicos para involucrar a toda la persona.
La importancia de esta dimensión escénica, representativa y teatralizada radica en varios pilares clave. Los ritos, signos y símbolos no son meras dramatizaciones teatrales. Se utilizan como vehículos metafóricos para que, en la cabeza de quien lo vea, se haga presente la pasión, muerte y resurrección de Cristo en el «hoy» del creyente.
Desde la antigüedad, la representación litúrgica ha servido para instruir. A través de las lecturas, el año litúrgico, los colores de las casullas, las vestimentas del oficiante, de los monaguillos y, muchas veces, de quienes van a ver la representación; mediante el espectáculo de luces; mediante toda una representación teatralizada muy bien organizada, se comunica la historia de la salvación de forma visual y sensitiva, accesible para todos, independientemente del nivel cultural de quien asiste al acto. Es una experiencia inclusiva que está pensada para que todo el que la vea y la experimente la entienda. No pretende ser elitista ni dirigirse solo a un público muy culto.
Se trata de una experiencia sensorial y corporal. La Iglesia enseña que los humanos también oran con el cuerpo. El incienso, las posturas (arrodillarse, ponerse de pie), las procesiones y el canto son expresiones teatrales y representativas que ayudan a elevar la mente y el corazón hacia lo trascendente, pero también consiguen que se entre en un estado de trance mediante el control de la respiración (el canto) y los movimientos. Por no hablar de que el incienso reacciona con el oxígeno y es fácil entrar en una especie de hipoxia.
La eucaristía es fuente y culmen. Se define como la cumbre a la que tiende la actividad de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza. Todos los sacramentos se celebran litúrgicamente para mantener y renovar la comunión de los fieles con Cristo y entre ellos.
Si usted es creyente, habrá salido fascinado porque habrá entrado en comunión con Dios y, si usted no lo es, le habrá fascinado igual. Habrá quedado conmovido como habría quedado conmovido ante un ballet bien ejecutado o una ópera bien interpretada.”
Salvando las distancias, me recuerda mucho a aquella carta de García Lorca en su viaje a Nueva York, en la que se admiraba de la belleza del catolicismo español y no podía entender que alguien fuese protestante. Así aparece en su Epistolario completo; Editorial Cátedra, 1997; pgs. 626-627.
“He asistido también a oficios religiosos de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español.
No digamos nada de los cultos protestantes. No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que puedan ser protestantes. Es lo más ridículo y lo más odioso del mundo.
Figuraos vosotros una iglesia que en lugar de altar mayor haya un órgano y delante de él a un señor de levita (el pastor) que habla. Luego todos cantan, y a la calle. Está suprimido todo lo que es humano y consolador y bello, en una palabra. Aun el catolicismo de aquí es distinto. Está minado por el protestantismo y tiene esa misma frialdad. Esta mañana fui a ver una misa católica dicha por un inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza.
Ahora comprendo también, aquí frente a las iglesias protestantes, el porqué racial de la gran lucha de España contra el protestantismo y de la españolísima actitud del gran rey injustamente tratado en la historia, Felipe II.
Lo que el catolicismo de los Estados Unidos no tiene es solemnidad, es decir, calor humano. La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos, de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Pero es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios.»
Hoy debemos ofrecer algo que lleve a Dios, lejos de aquella «estética protestantoide» que sufrimos, necesitamos una iglesia que predique a Cristo, con sus palabras, con sus gestos, con sus actos, con su belleza, con su música, con su arquitectura…
Ya advirtió sobre esto el Cardenal Heenan, y no se le quiso escuchar. Tal vez es la hora de reconocerle que no se equivocó ni un ápice: “En casa, no son sólo las mujeres y los niños, sino también los padres de familia y hombres jóvenes los que acuden regularmente a misa. Si fuéramos a ofrecerles el tipo de ceremonia que vimos ayer, pronto quedaríamos reducidos a una feligresía de mujeres y niños.” y durante muchos años, así ha sido.
Y es que Barcelona nos enseñó a lo que hemos renunciado, lo que hemos abandonado, lo que hemos olvidado. Tenía un regusto agridulce como el primer sorbo de un vaso de Brandy, algo maravilloso pero que carece del dulzor.
Y lo digo con intención. En primer lugar porque el brandy me entusiasma y en segundo lugar porque odiaría ver lo de Barcelona como las bellas obras interpretadas por los violinistas sobre el Titanic.
Lo de Barcelona debe ser un canto de esperanza, de que se puede y de que como la mujer de Lot debemos huir de la decadencia que debe ser destruida y avanzar hacia recuperar esa belleza sin mirar atrás, aunque solamente sea por miedo a convertirnos en estatuas de sal.
García Lorca, Gustavo Bueno, Lucía Etxebarria y muchos más lo vieron, podemos hacer algo que devuelva la belleza a nuestro culto, a nuestro amor a Dios. Como Abel, debemos entregar lo mejor a nuestro Señor, ¿o es que estamos cómodos siendo Caín? Tenemos que ofrecer lo mejor del mundo, no lo mundano.
No podemos convertir nuestra fe en un conjunto de moralinas, a los influencers en pseudopastores ni nuestros encuentros en macroconciertos. Es increíble como lo de Barcelona tenía más regusto de Verdad que de marketing. La superioridad estética del catolicismo no es soberbia, es humildad de reconocer que lo mejor que tenemos se lo entregamos al Señor, Ahora hay mucho de marketing vacío y de estilo onegenero mezclado con colores neutros y tonos pastel.
Frente a ello, todos los colores en los que se iluminó la Sagrada Familia tenían un latido para recibir al Creador, como siempre se pretendió con la vidrieras. No es casualidad que el arcoiris (el de verdad) sea la muestra de la Alianza de Dios con los hombres.
Sacad los colores a la calle, mostrad la Cruz, haced cultura, pero cultura cristiana. Todo al servicio de Dios y su Iglesia. Dejemos lo mundano y hagamos auténtico apostolado, incluyendo el apostolado de la diversión, como decía san Josemaría, él, que se negaba a tener que elegir entre fiestas paganas o ñoñas. Muchas veces dentro de la Iglesia tenemos una mezcla hortera de ambas, canciones de dudoso gusto (y no solo musical) al servicio de uno mismo…
Solo hay un camino, restaurar la cultura cristiana.
Pero para ello primero hay que recristianizarse, como nos decía George Bernanos, «son los cristianos los que tienen que ‘recristianizarse’, es decir, vivir su fe, vivirla realmente, en lugar de comprometerla en toda clase de combinaciones políticas, como si quisieran servirse de ella en vez de servirla.»
Arriba los corazones, y a por ello, siendo minorías creativas como nos pedía Benedicto XVI.









