Tras la mirada de León XIV 

Iglesia

COMPARTIR EN REDES

El Papa León XIV me ha llevado hasta un viejo documental sobre Julián Marías. En él, el hijo de Julián recordaba una escena de su infancia, un detalle de familia. Contaba que en el mismo instante en que su padre ponía el punto final a un artículo, se levantaba de un salto y salía corriendo por el pasillo de la casa a buscar a su esposa.

Julián llegaba a su lado con el papel en la mano. Y allí mismo, de pie, leía el artículo entero en voz alta. El hijo de Julián relata con una ternura inmensa que su padre en ese instante no iba buscando el aplauso de los intelectuales ni el reconocimiento de la academia. Simplemente buscaba, sus ojos, los de su mujer. Quería ver cómo reaccionaba ella, y luego se quedaba en silencio, escuchándola de verdad, bebiéndose sus palabras.

Me conmueve profundamente esa estampa familiar, porque es el reflejo exacto de una sed que todos llevamos dentro. Hablo de la necesidad de que unos buenos ojos nos miren y nos lean. 

Todos mendigamos de una manera u otra, en esa sed de infinito, una mirada capaz de detener el tiempo, de acogernos y arroparnos sin juzgarnos y sin medirnos con nadie. 

Gracias a Dios existen miradas que tienen el poder de devolvernos al centro de nuestra Verdad. Es más, en mayor o menor medida, todos hemos experimentado como una sola mirada puede bastar para que cualquier situación, por fea que sea, tenga sentido y valga la pena.

Se que sobre la facultad de ver y mirar se han escrito bibliotecas enteras, pero sobre lo que ocurre cuando dos miradas se encuentran va mucho más allá de las bibliotecas.

Mirar a los ojos es, en realidad, verte a ti a través de tus pupilas; es cruzar mi alma con la tuya. Pero el fenómeno va más allá. Yo puedo mirarte a los ojos mientras tú miras a otra parte. De todo esto, lo que de verdad nos estremece como personas es ese intercambio donde yo te veo mirarme y tú me ves mirarte.

Este misterio abstracto se ha hecho carne, ternura y paternidad estos días en España durante la visita de nuestro Santo Padre, León XIV. Todos hemos buscado con insistencia su mirada.

Es precioso pensar que en una mirada nos descubrimos porque Alguien nos ha mirado primero.

En la mirada del otro nos topamos con un misterio infinito que no podemos poseer ni controlar. Bien conocida es la expresión de “los ojos son el espejo del alma”, el único elemento del rostro que, aun estando oculto todo lo demás, es capaz de encender la chispa del encuentro verdadero y de la comunión.

Sobre esto María Zambrano escribió algo bellísimo: “La visión del prójimo es espejo de la propia vida; nos vemos al verle”.

Para quienes amamos a la Iglesia como a una Madre, ver pasar al Papa por nuestras calles ha sido un auténtico baño de gracia, un recordatorio de por qué somos parte de esta gran familia que es la Iglesia.

León XIV se ha desgastado entre nosotros mostrando una magnificas humanitas, una humanidad desbordante que sólo puede brotar de una intimidad diaria con Cristo. Nos ha hablado y nos ha cuidado como un verdadero padre, con un afecto que en ocasiones saltaba los protocolos para buscar el calor de sus hijos.

Al mirar a León XIV de cerca, el corazón se encoge. 

Cuando León XIV mira y bendice a los bebés, el tiempo parece detenerse. Sus ojos se inundan de una ternura tan limpia y transparente que desarma. Al acariciar la frente de un niño pequeño, el Papa se vuelve todo delicadeza, reflejando la misma mirada con la que Dios nos contempla en nuestra pequeñez.

Cuando mira a su pueblo, en sus ojos se descubre una emoción honda, parpadeo y brillo que abraza a la multitud. En su rostro y actitud se dibuja con una claridad sobrecogedora el peso de su ministerio.

Pero es cuando León XIV fija la mirada en la Custodia —ya sea bajo el sol ardiente de la procesión del Corpus o en la penumbra sobrecogedora de la adoración— donde acontece el misterio más impresionante. Frente al oro del viril que abraza al Pan de Vida, la mirada del Papa se transfigura. En ese instante divino, el clamor de las masas se apaga, el ruido del mundo desaparece y la inmensidad se reduce a un palmo de terreno sagrado. Solo queda un cara a cara, un diálogo desnudo.

El Vicario se arrodilla ante el Rey, y en ese abandono absoluto se comprende la verdad de toda su misión; el Papa se desvanece para que solo resplandezca Cristo. 

De ahí que cuando cruzas tu mirada con la de León XIV en medio de la masa te sientas profundamente amado, reconocido y sostenido por la Iglesia.

El lema de «Alzad la mirada» tiene una fuerza arrolladora en relación a León XIV. No podemos ser «uno en Cristo» (In Illo uno unum) si caminamos cabizbajos, mirándonos el propio ombligo. 

Gracias, Santo Padre, porque, al cruzar nuestros ojos con los suyos, hemos sabido con una certeza dichosa que es lo que resplandece en el fondo de sus pupilas, el mismísimo reflejo de una vida en Jesucristo.

Razón tenía el cancionero popular: “Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre, en la orilla he dejado mi barca, junto a Ti, buscaré otro mar”.

 

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.