La luz que debe ser escuchada

Libertades

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Nada más terminar el discurso de Su Santidad León XIV en el Congreso de los Diputados, en las redes sociales comenzaron, los que se autodefinen como periodistas, a dar su opinión. A unos les había gustado lo que había dicho sobre la inmigración, mientras otros elogiaban la defensa de la vida —tanto del nasciturus como de las personas ya ancianas— en clara referencia al famoso “derecho” al aborto y a la eutanasia.

Yo, sin embargo, todo su mensaje lo resumo en esta brillante frase, en la que, a mi juicio, se condensa el sentido profundo de todo su discurso.

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera».

El alcance profundo de esta afirmación salta a la vista: desde el Congreso no deberían aprobarse leyes que no estén orientadas al origen último de la verdad y del bien. En caso contrario, algo está fallando en el sistema. Y deben tener en cuenta la ley natural: esa luz que, simbólicamente, desciende desde lo alto y que no nace del hombre, sino que le es dada, y que no ha sido aprobada en parlamentos. Porque la verdad está inscrita en lo más profundo del ser humano y es accesible a través de un diálogo entre fe y razón, como nos recordó san Juan Pablo II en su célebre encíclica del mismo nombre. Una verdad que es anterior a cualquier reconocimiento jurídico, como las leyes de la física son anteriores a cualquier formulación científica.

Si los políticos tuvieran en cuenta esa verdad, la dignidad de la persona no dependería de mayorías cambiantes sino de un fundamento anterior y superior a cualquier decisión política.

Esta ley natural afirma que toda vida humana, sea la que sea, debe ser respetada desde su concepción hasta la muerte natural. De ahí que tanto el aborto como la eutanasia sean considerados por el Papa como una prueba decisiva para comprobar si quienes lo escuchaban han reconocido realmente esa luz que puede orientarlos en su trabajo diario.

La moral se oscurece cuando las primeras víctimas son los más vulnerables: el no nacido, el enfermo, el anciano, los que dependen del cuidado de otros, el inmigrante.

Y esa luz ayuda a no caer en el riesgo de valorar la vida en función de la utilidad, la autonomía o la calidad de vida, ya que a nadie puede considerársele prescindible.

Desde el reconocimiento de esa medida superior a la que se refiere el Papa, el objetivo no puede ser eliminar al más indefenso o al que sufre, sino darle la posibilidad de que nazca o acompañarlo y protegerlo en su sufrimiento a través de cuidados paliativos.

Cuando habla de la inmigración, aborda el tema evitando la simplificación e ideologización: existe una obligación de acoger, proteger e integrar. Eso sí, haciéndolo de una forma no ingenua ni desordenada y teniendo en cuenta las vías legales, la cooperación internacional y las causas que provocan esa inmigración. Asimismo, hace claramente referencia a las mafias al decir que muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Para dar una solución a la inmigración en la que entra en juego el reconocimiento de la dignidad de cada persona es necesario analizar las causas que obligan a muchas personas a abandonar sus hogares, y actuar sobre sus causas.

El Papa recuerda también que habría que hacer todo el esfuerzo posible para evitar que la gente tenga que emigrar de su país, por falta de condiciones dignas de vida. De nuevo, volviendo a la idea inicial, la política debe reconocer esa luz que la oriente hacia la verdad y el bien común.

La ley natural es una verdad sobre el ser humano que precede a cualquier decisión de ejercer el poder. De ahí que en el discurso haga referencia a que la dignidad humana no la concede el Estado, ni es fruto de un consenso, sino que ya le pertenece a la persona por el mero hecho de existir. No son los políticos quienes crean esa dignidad, sino que están llamados a reconocerla y protegerla a través de esa luz que entra por el lucernario del Congreso de los Diputados.

En relación con la historia de España, y continuando con la referencia a esa luz, no es casual que el Papa evocara a los Reyes Católicos y, cómo no, a la Escuela de Salamanca. Tras el descubrimiento de América surgió una cuestión decisiva: si todo lo que es posible es también justo. Francisco de Vitoria y demás maestros salmantinos, frente a la tentación de legitimar la fuerza, reconocieron la existencia de una medida superior que debía orientar la acción política, afirmando que la dignidad del ser humano no depende del poder ni de las circunstancias, sino que le pertenece por el hecho mismo de serlo. De ahí que todo hombre sea sujeto de derechos no por concesión del Estado, sino por su propia naturaleza. Esta convicción no nace del consenso ni del derecho positivo, sino del derecho natural, que actúa como límite del poder y criterio de justicia. Cuando ese vínculo con el orden moral se rompe, la ley deja de proteger a la persona y puede incluso volverse contra ella.

No hubo simplemente un descubrimiento, ya que ese proceso aportó también una reflexión moral profunda que limitaba el poder a una medida superior: la verdad y el bien común, por encima de cualquier interés o frontera.

Cuando el Papa habla de la paz, reaparece nuevamente esa luz como criterio decisivo para lograrla. Frente a lo que Unamuno denominó “paz de cementerio” —la establecida por las potencias que dominan el mundo marcado por la polarización y la violencia— León XIV habló de una paz verdadera nacida de la justicia y del reconocimiento y respeto de la dignidad del otro. De ahí que insista en “desarmar el lenguaje”.

Habrá paz, dice, cuando el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Una vez más, esa luz que viene del cielo nos ilumina para que la realidad no sea un enfrentamiento ni una imposición.

Resumiendo, todo el discurso del Papa, basado en la frase con la que comencé este artículo, es una llamada, en esta sociedad tan secularizada, a recuperar esa medida que precede a la política y la orienta. Y que está ahí antes del Big Bang: la ley natural. Porque una ley positiva no garantiza la verdad, el bien o la belleza, necesita de la primera para ello. Luz que no se vota, pero que puede, si queremos, iluminar cada ley hecha por el hombre.

No pertenece a ningún partido, pero puede ser tenida en cuenta por todos ellos. En el ejercicio de nuestra libertad podemos ignorarla, pero no la haremos desaparecer. Siempre estará ahí para ayudarnos.

El Papa, tras finalizar su discurso, recibió siete minutos de aplausos ininterrumpidos por los políticos de todos los partidos presentes en el hemiciclo. Con el paso del tiempo veremos si fue porque verdaderamente comenzaron a ver la luz o fue por pura hipocresía. Hoy, España tiene la oportunidad de recupera ese destello si queremos saber hacia dónde caminamos. Porque la cuestión de fondo sigue siendo la misma que ya se planteó hace quinientos años y que, gracias a León XIV, resuena de nuevo en el Congreso: ¿todo lo que podemos hacer es también lo que debemos hacer?  La respuesta a esta pregunta está ahí: miremos a esa luz que sigue entrando desde lo alto a través del lucernario del Congreso de los Diputados.

Termino diciendo que, para quienes pudieran rechazar esta idea por considerarla innecesaria, conviene recordar una intuición que proviene del ámbito más riguroso de la razón: Kurt Gödel, con su teorema de incompletitud, demostró que todo sistema necesita remitirse a algo que lo trascienda si quiere aspirar a la verdad. También el derecho.

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