Bergson, Péguy y León XIV (I): los manantiales de una nueva cristiandad

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Algo se está moviendo bajo la superficie de Occidente. Lo que durante años parecían iniciativas dispersas comienza a dibujar un paisaje nuevo.

Primero apareció de forma dispersa. Una idea aquí, una experiencia allí; un pequeño grupo en un lugar, una iniciativa aislada en otro. Parecían corrientes menores destinadas a perderse en el terreno árido de una cultura que durante décadas proclamó la autosuficiencia del individuo, la neutralidad moral del Estado y la capacidad ilimitada de la técnica para resolver los problemas humanos.

Pero algo ha cambiado.

Cada vez son más las aportaciones que confluyen entre sí, formando cauces de agua renovada que terminan constituyendo un caudal creciente. Un movimiento intelectual, moral y espiritual que encuentra en el catolicismo un cauce amplio y profundo capaz de ordenar, integrar y fecundar toda esa energía dispersa.

La evidencia resulta ya difícil de negar. Lo que falta no es el agua. Lo que faltan son los canales y las turbinas capaces de transformar esa energía en una auténtica regeneración de la vida pública. Porque sin una renovación de la política, de las instituciones y de la cultura cívica, tampoco será posible reconstruir la tierra fértil donde pueda arraigar con fuerza la semilla de la fe.

En este itinerario resulta especialmente fecundo volver la mirada hacia dos figuras que parecen regresar desde otro tiempo para dialogar con nosotros: Henri Bergson y Charles Péguy. Y hacerlo a la luz de lo que León XIV ha escrito en Magnifica Humanitas y de lo que ha proclamado en Madrid, Barcelona y Canarias.

Los tres participan, cada uno a su manera, de una misma corriente profunda.

La cuestión es si ese caudal bastará para despertar conciencias acomodadas y suscitar nuevos compromisos cristianos en la tarea de reparar la vida pública.

Conviene comenzar por Bergson.

Su tesis central era tan sencilla como revolucionaria: la realidad no es una máquina gobernada por leyes fijas, sino un proceso creador. Mucho antes de que la física contemporánea cuestionara ciertas visiones rígidas del universo, Bergson sostuvo que el tiempo real no era el del reloj. El tiempo vivo es duración, memoria y creación. El pasado permanece actuando en el presente y hace posible la novedad.

Por eso rechazó las visiones materialistas que reducen al ser humano a una combinación de mecanismos físicos o de determinaciones históricas.

En La evolución creadora defendió que la vida contiene un impulso creativo que atraviesa la naturaleza y genera formas nuevas. Todavía no es la afirmación explícita de un Dios personal, pero sí la poderosa intuición de que la realidad posee una profundidad espiritual irreductible a la materia.

De ahí deriva otra de sus intuiciones fundamentales. La inteligencia es indispensable para dominar las cosas, organizar la producción o resolver problemas técnicos. Pero las grandes realidades humanas —la libertad, el amor, la vida moral o Dios— exigen algo más. Exigen intuición.

No entendida como sentimentalismo, sino como una forma superior de conocimiento que permite penetrar en el interior mismo de la realidad.

Su obra decisiva, Las dos fuentes de la moral y de la religión, introduce una distinción que conserva hoy una sorprendente actualidad. Existe una religión cerrada, vinculada a la costumbre, al miedo y a la cohesión del grupo. Pero existe también una religión abierta, dinámica y universal, impulsada por los grandes místicos.

Son ellos quienes abren horizontes nuevos para la humanidad.

Por eso Bergson considera que los grandes santos representan la culminación del desarrollo humano. Entre ellos destaca particularmente San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús y otros grandes testigos del cristianismo.

No llegó a convertirse formalmente al catolicismo, aunque manifestó reiteradamente su cercanía espiritual a la Iglesia. La persecución nazi contra los judíos le llevó a permanecer solidariamente unido a su pueblo hasta el final.

Bergson no fue un pensador político sistemático. Sin embargo, de su obra se desprenden consecuencias políticas de enorme alcance.

La sociedad no es una máquina administrativa. El progreso no es automático. La historia no avanza por necesidad. Las grandes transformaciones nacen de minorías creativas capaces de abrir caminos inéditos. La política necesita una dimensión moral y espiritual que ninguna técnica puede sustituir.

Se trata de una crítica simultánea al determinismo marxista, al positivismo, al nacionalismo cerrado y a un liberalismo reducido exclusivamente a la lógica económica.

Si Bergson es el filósofo de la vida, Péguy es el poeta de la Encarnación.

Su preocupación fundamental es la degradación espiritual de la modernidad. Toda su obra gira en torno a una intuición que ha alcanzado carácter proverbial: todo comienza en mística y termina en política.

¿Qué significa?

Que los grandes movimientos humanos nacen de una convicción viva, de una fe compartida, de una pasión por la verdad o por la justicia. Pero con el tiempo se burocratizan, se institucionalizan y terminan olvidando el espíritu que los hizo nacer.

Péguy aplica esta crítica al socialismo, a la República francesa, al patriotismo e incluso a la propia Iglesia.

Su conversión al cristianismo fue singular. Nunca abandonó su sensibilidad social ni su preocupación por los pobres. Pero descubrió progresivamente que la dignidad humana encuentra su fundamento más sólido en el acontecimiento cristiano.

Para él, la Encarnación constituye el centro de la historia.

La fe no es una teoría. No es una ideología. No es un sistema moral. Es un acontecimiento. Dios ha entrado en el tiempo humano.

Y precisamente por ello concede a la esperanza una importancia extraordinaria. No se trata de un optimismo ingenuo ni de una confianza depositada en las estadísticas. La esperanza cristiana consiste en creer que Dios sigue actuando en la historia incluso cuando las apariencias parecen desmentirlo.

Desde esta convicción desarrolla una crítica feroz contra las élites intelectuales, las burocracias autosatisfechas y las estructuras que terminan sirviéndose a sí mismas.

A diferencia de Bergson, Péguy entra de lleno en el terreno político. Denuncia una modernidad dominada por el dinero, la mercantilización de la existencia, la burocracia y la tecnocracia.

¿Cómo no percibir ecos de todo ello en los textos de León XIV?

Péguy reivindica las mediaciones humanas concretas: la familia, la comunidad y la patria. Es patriota, pero no nacionalista en sentido idolátrico. Morirá como oficial francés al comienzo de la Gran Guerra. Para él, la nación es una herencia recibida que debe transmitirse; nunca un absoluto.

Hasta aquí los perfiles de estas dos referencias esenciales para nuestro tiempo.

Pero lo más importante está todavía por venir.

Porque la cuestión decisiva no consiste únicamente en comprender a Bergson o a Péguy. Consiste en descubrir el vínculo profundo que une a ambos y comprender por qué muchas de sus intuiciones reaparecen hoy en Magnifica Humanitas y en el relato moral, cultural y político que León XIV ha presentado durante su viaje a España.

Ahí encontraremos algo más que una coincidencia intelectual.

Encontraremos los elementos de una propuesta de civilización.

Y también la respuesta a una pregunta que cada vez resulta más urgente: si estamos simplemente ante una reacción cultural pasajera o ante los primeros signos de una nueva cristiandad capaz de reparar la vida pública y devolver la esperanza a nuestras sociedades.

De ello hablaremos en la próxima entrega.

¿Puede surgir una nueva cristiandad sin una nueva generación de cristianos comprometidos con la vida pública? Esa es la cuestión. #Cristianismo #Política Compartir en X

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