Hace unos meses recibí un correo que comenzaba así: «Buenos días, no te preocupes; seguro que encontramos una solución. Te cuento….». La frase era amable. Pero lo que venía después era un asunto peliagudo. Y, sin embargo, aquella primera línea se me quedó grabada.
Primero pensé: «Al menos esta persona se ha acordado de que al otro lado hay alguien». Después, con algo más de calma, pensé «por muy negativo que sea el asunto que haya que tratar, el modo de decirlo no es indiferente».
Nos hostiga una época extraña, hiperconectada y, casi siempre, demasiado descuidada con el vecino.
En el mundo laboral, el correo electrónico es una de las principales formas de comunicación. Pues enviamos decenas de mensajes al día, respondemos a otros tantos, reenviamos, copiamos, adjuntamos, reclamamos, confirmamos, corregimos… Todo esto potencia a que, sin darnos cuenta, podamos empezar a tratar a los demás como si fueran extensiones de nuestra bandeja de entrada.
Ahí aparecen los clásicos personajes del correo exprés que nunca entenderé. Es decir, mensajes sin un «hola», sin un «gracias», sin despedida; correos que nunca se contestan, como si hubieran caído en un agujero negro; respuestas en mayúsculas, porque sí. O también esos de frases secas, imperativas, casi militares, lanzadas quizá más con prisa, que con mala intención, pero recibidas al otro lado por una persona real, de carne y hueso.
Pienso que la caridad cristiana no se suspende al abrir Outlook, Gmail o Teams. No pertenece solo a las grandes ocasiones o a los momentos visibles. Hay mucho de caridad en un «por favor», en un «gracias», en un «cuando puedas», en un «disculpa el retraso», en un «buenos días». La santidad, la mayoría de las veces, no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer con amor las cosas ordinarias. Y pocas cosas hay hoy más ordinarias que escribir un mail.
Podrían llamarlo responsabilidad afectiva digital, por inventar una de esas coletillas que hoy tanto se llevan, pero en realidad es caridad cristiana. Somos responsables del modo en que tratamos al prójimo. También cuando no lo vemos. También cuando lo tenemos reducido a un nombre en negrita, a una cuenta de Instagram, a una dirección de mail. Detrás de cada mensaje hay alguien que puede sentirse tratado como persona o como piltrafa.
Además, no olvidemos que la amabilidad no está reñida con la eficacia; al contrario, suele hacerla posible. Nunca he llegado a entender esa manía de ser más borde para parecer más eficiente.
Es real que la tecnología nos ha dado una rapidez inmensa, pero no siempre nos ha hecho más atentos ni mejores. Nos permite enviar en segundos lo que antes requería tiempo, papel, correo postal, tinta y espera. Pero aquí hay un punto significativo esa misma velocidad nos puede sustraer la pausa necesaria para pensar en quien recibirá nuestras palabras.
No hay nada más hermoso que adentrarse en archivos históricos y leer documentos en los que, a pesar de la seriedad del asunto, las personas se trataban como señoras y caballeros. La pantalla nos facilita comunicarnos, pero no siempre nos ayuda a encontrarnos.
Aquí aparece un asunto mayor. Nuestra época vive fascinada por lo digital. Por eso es tan importante educar la mirada.
Cristo tomó cosas ordinarias, pan y vino, y las convirtió en signo y presencia de lo divino. Desde esa mirada sacramental, lo pequeño y ordinario importa y mucho. Por tanto, es sustancial un mail con saludo, gratitud y una palabra que no hiere cuando podría herir.
No hace falta escribir un precioso soneto en cada mensaje. Pero sí conviene recordar que, incluso en un correo electrónico, podemos cuidar o descuidar el alma ajena. Y con ello, también la nuestra.










