Los alumnos de Bachillerato del Colegio Juan Pablo II de Parla han vivido estos días en Polonia una de esas experiencias que marcan para siempre la memoria y la fe:
ser recibidos en Cracovia por el cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo emérito de la ciudad y quien fue durante casi cuarenta años el secretario personal y colaborador más cercano de San Juan Pablo II, incluso desde antes de la elección de Karol Wojtyła como Pontífice.
No se trata de una audiencia habitual para un grupo escolar extranjero, y precisamente por eso el encuentro adquiere un relieve especial para esta comunidad educativa, Educatio Servanda, cuyos colegios llevan el nombre del Papa polaco y se inspira de manera explícita en su legado espiritual y pastoral.
La recepción fue mucho más que un gesto protocolario. Para los jóvenes, significó acercarse a un testigo directo de la vida cotidiana, el magisterio y la espiritualidad de un santo que ha configurado la historia reciente de la Iglesia. Para el colegio, fue una confirmación tangible de que su ideario no se reduce a un lema o a un recuerdo devocional, sino que está enraizado en una tradición viva que puede transmitirse de generación en generación.
En el trato cercano, los alumnos pudieron comprobar que la santidad no es una figura de museo, sino una presencia que sigue interpelando, educando y acompañando a través de quienes caminaron junto al santo.
El encuentro, además, estuvo cargado de símbolos sencillos y elocuentes.
En un ambiente distendido, los estudiantes llegaron incluso a compartir con el cardenal un momento musical interpretando “El pescador de hombres”, canto muy asociado a San Juan Pablo II en la memoria popular.
Fue un gesto espontáneo que habló por sí solo: la fe se aprende también por contagio, por experiencia, por encuentros concretos que ayudan a los jóvenes a comprender que el cristianismo no se limita a ideas, sino que se encarna en rostros, historias y vínculos reales.
La audiencia se enmarca en un viaje que los alumnos están realizando por Polonia bajo el lema “Tras las huellas de San Juan Pablo II”. Se trata de una propuesta con dimensión cultural, histórica y espiritual, que busca llevar a los estudiantes a lugares decisivos para entender la vida del Papa santo y, al mismo tiempo, confrontarlos con preguntas profundas sobre el sentido de la historia, el dolor humano y la esperanza cristiana.
El itinerario incluye espacios de gran impacto formativo: Auschwitz, lugar que remueve la conciencia y obliga a mirar de frente el mal; Wadowice, la localidad natal de Karol Wojtyła; Zakopane, vinculada a diversas etapas de su vida; Cracovia, clave en su trayectoria intelectual y pastoral; y el santuario de Czestochowa, corazón mariano de Polonia y referencia de peregrinación para toda Europa.
En este contexto, cobra especial importancia un antecedente que ilumina el sentido del viaje: fue el propio cardenal Dziwisz quien, en su momento, entregó al colegio una reliquia de sangre de San Juan Pablo II y otra de hueso de Santa Faustina Kowalska.
No es un detalle menor. La presencia de estas reliquias subraya el vínculo entre la identidad del centro y dos grandes mensajes del catolicismo contemporáneo: la llamada de Juan Pablo II a no tener miedo y abrir de par en par las puertas a Cristo, y el anuncio de la Divina Misericordia confiado a Santa Faustina, tan profundamente ligado a Cracovia y a la espiritualidad polaca. De hecho, la comunidad educativa mantiene viva esa herencia con el rezo diario de la Coronilla de la Divina Misericordia y con una capilla dedicada a esta advocación, recordando que la educación católica es inseparable de la vida de oración.
Por todo ello, esta peregrinación no puede entenderse como un simple “viaje de fin de curso” ni como una actividad cultural más. Es, en realidad, una prolongación del proyecto educativo: formar personas completas, con raíces, con criterio y con capacidad de mirar el mundo desde la fe. Ser recibidos por quien acompañó al Papa polaco durante décadas ofrece a los alumnos una oportunidad difícilmente repetible para comprender que la historia de la Iglesia se escribe con vidas concretas, y que los santos no son personajes lejanos, sino faros para el presente.
Queda ahora en manos de estos jóvenes traducir lo vivido en decisiones cotidianas: una fe más consciente, una mirada más compasiva, un compromiso más firme con la verdad y el bien. Porque, al final, seguir las huellas de San Juan Pablo II no consiste solo en visitar lugares, sino en aprender a caminar —también hoy— con la misma confianza en Cristo y la misma esperanza que sostuvo su vida.










