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La Sociedad Desvinculada (37). La crisis de la naturaleza como desamor generacional

Existe una estrecha relación entre el proceso de destrucción del medio natural y el surgimiento de respuestas a este problema, pero siempre bajo la constante de presentar soluciones parciales, en demasiados casos apenas remiendos, incluso contradictorias, que no han servido para resolver el problema de la crisis climática, cada vez más transformada en una situación de emergencia, a causa de su deterioro continuado.

En Gran Bretaña se dieron las primeras asociaciones de perfil proteccionista como la Sociedad para la Preservación de los Comunales, los Espacios Abiertos y los Senderos; la Real Sociedad para la Protección de las Aves, y la Sociedad Británica para la Conservación de la Fauna y la Flora, que generaron iniciativas semejantes en otros países.

El concepto originario de parque natural como lugar absolutamente preservado de todo tipo de acción humana surgió en EE.UU. con el Parque Nacional de Yellowstone en 1872, pero debería transcurrir casi un siglo desde aquella fecha para encontrar los primeros planteamientos de lo que podemos identificar hoy como movimiento ecologista, dirigido a la conservación y regeneración de los recursos naturales, la preservación de la vida silvestre y el movimiento para reducir la contaminación y mejorar la vida urbana.

Desde la década de los cincuenta del siglo XX, la oposición a la energía nuclear también configura un importante frente. De todo ello nacía el ecologismo.

Pero como todas las respuestas que surgen desde dentro de la propia modernidad, y de la sociedad desvinculada, lleva en su aparente solución el error y, por ello, la impotencia y el fracaso. A pesar de los avances parciales, que son muchos, hoy la situación de la Tierra es mucho peor y peligrosa que a mitad del siglo pasado. El ecologismo ha ganado batallas, pero sigue perdiendo la guerra, y las crisis económicas acentúan todavía más esta derrota. El resultado es que hoy estamos sometidos a dificultades de índole catastrófica.

La extinción en masa de especies, el cambio climático, la destrucción de los mares y la pervivencia del riesgo nuclear, como grandes ejes, pueden tener consecuencias imprevisibles dentro de este siglo, sin que las medidas que se adoptan tengan capacidad real para afrontar todos estos peligros. En realidad, en esta y las demás crisis, la gestión se reduce a un parcheo dirigido a construir relatos e imágenes mediáticas

¿Cuál es la causa profunda que ha convertido la acción a favor de la naturaleza en un fracaso? Pues la propia lógica del enfoque.

La necesaria respuesta para preservar la naturaleza y sus equilibrios avanzó en el sentido de convertir a la naturaleza, los animales y las especies vegetales en los sujetos principales, y esto a su vez desencadenó propuestas y reivindicaciones políticas que se dirigían a salvaguardar aquellos sujetos. En ocasiones situaron tanto el acento en el ecosistema que se olvidaron por completo del ser humano. Y ese error radical de partida ha generado tantas resistencias prácticas que nos ha conducido a la situación actual, porque con este enfoque desaparecía el sujeto real, que no era la naturaleza sino el ser humano y, en un sentido dinámico, histórico, la especie humana.

Las contradicciones que surgieron eran tan importantes que minimizaron las respuestas. El sistema siguió funcionado en un sentido destructivo, solo que se introdujeron excepciones a la regla general. Los efectos globales están a la vista y son desastrosos. Solo las consecuencias de la deforestación del bosque ecuatorial, si persevera, serán extraordinarias. Era necesario ir en contra de una lógica global que fuera una alternativa pensada en función del ser humano y que tuviera como una de sus consecuencias la preservación del medio, y no a la inversa. Pero incluso pensando así no habría bastado.

¿Cómo pensar que podía prosperar en la sociedad desvinculada una política de preservación del medio natural que opusiera limitaciones serias a los deseos de riqueza y bienestar?

Había dos causas adicionales en las raíces del problema. ¿Cómo pensar que podía prosperar en la sociedad desvinculada una política de preservación del medio natural que opusiera limitaciones serias a los deseos de riqueza y bienestar? Sin una confrontación clara con la lógica de la desvinculación, la protección del medio natural no podía prosperar, pero buena parte del movimiento ecologista asumió la razón instrumental, condenó duramente el orden objetivo que surgía del relato de la Creación, y cuando el comunismo ‑otro orden objetivo-  forjó una alternativa, resultó más depredadora de la naturaleza que la propia lógica de mercado, porque como explica MacIntyre en Marxismo y Cristianismo, el marxismo asumía la ontología liberal al considerar que la respuesta se encontraba en el propio sistema, solo que de la mano de una clase social distinta.

¿Cómo pensar que se podía alterar la lógica del mercado, donde todo es mercancía, y su dificultad congénita para tomar en consideración las externalidades negativas y la protección de los bienes públicos? El mercado resuelve muy bien, mejor que cualquier otro método, la cuestión de la asignación de recursos. Pero, por sí mismo, sin acción de la comunidad virtuosa, no tiene capacidad para evitar la restricción de la competencia, el predominio del interés propio (lo que bien podemos llamar avaricia y egoísmo), la protección de los bienes públicos y las externalidades negativas.

En el caso de los bienes públicos, la incapacidad del mercado surge porque su uso por una persona no cuesta nada a otros, el coste de oportunidad marginal es cero y el precio también será cero.

El mercado carece de incentivos para prestar atención a dichos bienes. De ahí que sea tan improbable una consideración adecuada del factor naturaleza. La idea de que todos los que intervienen en el mercado ganan, no se cumple en condiciones reales. Si una empresa que produce papel contamina, genera un coste, al margen del mercado, aguas abajo del cauce al que vierte. Es una externalidad negativa y perjudica a quienes la utilizan.

El mercado por sí solo no resuelve este tipo de cuestiones. De ahí que el esfuerzo central para la protección ambiental se haya desplazado hacia políticas que persiguen internalizar este tipo de efectos, es decir, que constituyan costes que sí formen parte del mercado, como un canon de saneamiento para las actividades que contaminan el agua, o la disponibilidad de un sistema de depuración propio. Pero este es un enfoque que no siempre funciona. Tiene sentido si se trata de externalidades localizadas, cuyos efectos están bien delimitados, pero es de difícil manejo cuando son generalizadas, como por ejemplo la brutal contaminación por plásticos del medio marino. En estos casos se requieren cambios profundos, límites cuantitativos globales y cambios institucionales de gran alcance.

Nuestro problema con la naturaleza es en realidad una cuestión inherente a la razón instrumental y la necesidad de adoptar medios procedimentales para armonizar las preferencias subjetivas, que han substituido la capacidad para identificar con claridad los bienes objetivos. Porque este tipo de enfoque, como ya he subrayado antes, nunca recoge a los que no pueden estar presentes o son muy débiles en el juego de preferencias. Es el caso de las generaciones futuras, que en el sistema democrático carecen de cualquier posibilidad de intervención con la fuerza que la razón objetiva sí les concedería. Esta imposibilidad de la razón instrumental está en la raíz del problema ambiental. Constituye una manifestación radical de la insolidaridad con las generaciones futuras, que resulta más grave y acuciante en la medida en que sus efectos son de más difícil reparación.

El enfoque adecuado para proteger la naturaleza de una forma decisiva no se consigue con una especie de panteísmo postmoderno, del que los seguidores de la Teoría de Gaia son un excelente ejemplo. La solución radica en recuperar un orden superior a nuestros propios deseos, un orden objetivo del que forme parte el patrimonio de las generaciones futuras. Solo así será posible una relación adecuada del hombre actual con su medio.

En este cambio, la recuperación del sentido dinástico y, por consiguiente, de la familia estable dotada de continuidad en el tiempo será el gran coadyuvante.

La solución radica en recuperar un orden superior a nuestros propios deseos, un orden objetivo del que forme parte el patrimonio de las generaciones futuras Clic para tuitear
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