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Cuando el Mal se adueña…

A lo largo de los siglos la gran estructura del Mal  ha sido la esclavitud. El terrible pecado del hermano negando la condición humana a su propio hermano. Hemos tardado mucho en superarla materialmente, aunque el principio moral hacía tiempo que era evidente. Se ha tardado, entre otras razones, porque estaba estrechamente vinculada al modo de producción. En este caso el progreso técnico ha jugado a favor de la liberación. La guerra civil de los Estados Unidos, entre el sur rural y el norte industrial, encarnan perfectamente las condiciones objetivas de la diferencia. Hoy no está nada claro que el progreso técnico esté empujando sobre todo hacia el camino del bien.

Pero a aquella malvada estructura le han seguido otras modernas esclavitudes. La de la trata de mujeres para la prostitución como uno de los grandes negocios de las mafias de la globalización, junto con las drogas y el tráfico de armas, o las esclavitudes que surgen del gran negocio de las adicciones y dependencias, sexo y pornografía, juego, drogas legales e ilegales, las diversas formas de adicción y servidumbre relacionadas con lo que nos ofrece Internet.  Consolas, móviles, ordenadores; juegos, series que captan hasta la alienación, y que nos preparan y condicionan para nuevas esclavitudes o en todo caso alienaciones; el metaverso de la mano del posthumanismo está ahí creciendo en silencio.

No, la esclavitud no es cosa del pasado, solo que adopta nuevas formas, muchas menos visibles, algunas más sutiles, pero igualmente deshumanizadoras.

Hay otras grandes estructuras del mal. Son de otra índole porque son institucionales: leyes, instituciones públicas, acción de gobierno. Es el aborto masivo, la práctica sistemática de la eugenesia. Es la eutanasia, la explotación de la pobreza en sus manifestaciones oscuras, pero también en sus formas benevolentes, cuando es excusa para que unos cuantos hagan de su gestión una forma de vida bien recompensada. Es el uso del ser humano, el embrión, como materia prima, por el que un fin bueno justifica unos medios malos, o ni tan siquiera eso. Vivimos impávidamente en una sociedad que protege más a las mascotas animales que al ser humano que ha de nacer. Una sociedad que va a prohibir el sacrificio masivo de los pollitos macho recién salidos del cascaron, una práctica inveterada de las granjas de reproducción de gallinas ponedoras, pero que contempla impasible que el nasciturus, sujeto jurídico real, no sea portador del más mínimo derecho. ¿Qué le ha pasado a esta sociedad para que imperen tamañas contradicciones, siempre inclinadas a favor del  Mal?

¿Por qué tanto silencio incluso entre la voces que en mejor medida hablan en nombre del Evangelio de Jesús?

Son también las leyes que han adulterado y mutado la significación del matrimonio, es el negar el derecho a todo niño a acogerse a su hábitat natural, un padre y una madre. Es la cultura que exalta la infidelidad y la promiscuidad sexual y, con ella, el individualismo que corona en soledad. Es la primacía del estado sobre los padres en la educación de los hijos, socavando un derecho natural. Es también el ocio masivo de la juventud centrado en la peor versión del carpe diem; la fiesta alcoholizada que no acepta límites, ni tan siquiera el que imponen las restricciones de la pandemia, a pesar de que con su irresponsabilidad pongan en riesgo otras vidas. Se pasa por alto el significado de que una proporción nada pequeña de jóvenes considere que la vida de los otros no cuenta, porque la suya no percibe que corra un gran riesgo. Y es así porque, salvando excepciones, la Covid-19 mata sobre todo a las personas mayores. Es la generalización de la violación, el abuso sexual, a pesar del continuo adoctrinamiento de la perspectiva de género, así como la agresión física, en grupo, en “manada”, como subcultura que anida en las generaciones más jóvenes.

Ven que todo esto va a más, y no quieren reparar que es así porque es la consecuencia de haber construido una sociedad hipersexualizada. No son capaces de establecer un diagnóstico que aúne realmente causas, ni hay conciencia de la relación entre todo esto y la cultura hegemónica de la sociedad desvinculada.

Y la ola de leyes y políticas gubernamentales no tiene fin, y ya es clamoroso cómo las instituciones clave del estado, Gobierno, Congreso, Fiscalía andan sin complejos por la vía de la injusticia y la limitación de los derechos civiles y políticos.  Qué es si no la modificación del Código Penal para perseguir con detención y cárcel a quienes rezan o hablan en las inmediaciones de las clínicas abortistas, el terrible negocio de la muerte acuñado en el siglo pasado, y hoy marca las políticas. Es el escandalo de la comisión  sobre la pederastia, pero solo indagar el 0,2% de los casos, los que correspondan a sacerdotes y religiosos, en una acción conjunta con la fiscalía, que abre una verdadera causa general contra la Iglesia. ¿Qué se diría si la fiscalía o una comisión indagara solo los robos cometidos por los gitanos o los inmigrantes? ¡Injusticia, racismo, xenofobia, gritaríamos con razón! ¿Y se aplica la misma lógica a los curas y aquí no pasada nada? ¿Ni la propia institución se siente con fuerzas para levantar la voz ante la injusticia? ¿Quién preserva a la Iglesia que transita la historia y es una y santa?

Mientras tanto, nuevas leyes que giran siempre en torno a los mismo, el sexo, las prácticas sexuales particulares, se cuecen en el Congreso, y todas ellas extenderán el daño, serán injustas, derribarán derechos civiles y políticos.

Sí, el Mal se hace dueño… ¿ Hasta cuándo?

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