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Curso nuevo, nueva impedimenta

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Estamos, otra vez, estrenando curso académico. Unas fechas en las que todos aquellos que tienen a su cargo muchachos en edad escolar, pienso especialmente en los niños de primaria, se ven obligados a ocuparse de las cuestiones educativas de orden práctico más inmediatas, como son todas las que tienen que ver con el abultado y costoso equipamiento que exige el inicio de cada curso. Después de considerar sobre qué palabra de nuestra lengua entiendo yo como la más ajustada para definir todo ese equipamiento, la que más me ha convencido es la palabra “impedimenta”. Me acojo a tu benevolencia, lector, esperando que seas condescendiente conmigo, por echar mano de un término militar ya en desuso, para aplicarlo a algo tan alejado de la milicia como son las compras necesarias para el comienzo de un nuevo curso escolar. Aunque estas compras sean ineludibles, no es este asunto, ni mucho menos, el más importante de todos los que interesan a la educación, ni el que más debería interesar a los padres, ni al que yo pretendo dedicar mi reflexión, si bien es cierto que no deja de tener su peso, sobre todo en las cuentas de muchas economías domésticas.

Impedimenta (así lo define el Diccionario de RAE): “Bagaje que suele llevar la tropa, e impide la celeridad de las marchas y operaciones”. Digo que me parece palabra ajustada porque los escolares actuales se ven obligados a acudir cada día a sus colegios pertrechados con una gran cantidad de útiles (ojalá lo fueran), tantos que para su transporte se ha hecho necesario habilitar medios con ruedas, similares a los que se usan para viajar: mochilas, bolsas, maletas. Y ajustada también la palabra impedimenta porque todo ese bagaje no asegura los resultados que serían de desear; antes al contrario, suele ‘impedir la celeridad de las operaciones’ propias de una buena educación, tanto por el tiempo que consume como por las interferencias con lo que verdaderamente instruye y educa, que es la actividad sensomotriz del niño, reforzada esta por los logros positivos del que aprende. ¿Qué actividad es esa? No es una sola, sino un conjunto, el repertorio de tareas académicas elementales que sirven de cimiento a todo aprendizaje posterior en las que puede implicarse personalmente el niño: lectura, escritura y cálculo; destrezas manuales y habilidades básicas artísticas y deportivas.

Con profunda tristeza lo digo, pero es que estas criaturas de hoy, a las que decimos querer educar, además de los libros, cuadernos y estuches de siempre… ahora tienen que cargar con ordenadores, tabletas y artefactos varios, que, por una parte, está por demostrar que les sirvan para alcanzar mayores niveles de instrucción y educación, y, por otra, les facilitan el acceso al peor de los peligros de la red. ¿Qué peligro es ese? El peligro de la adicción que muchos mayores se empeñan en suavizar y justificar con el contrapeso de sus ventajas, quizá porque cuesta reconocer que estamos tan enganchados al mundo virtual como ellos. Internet es un totum revolutum muy atractivo, en el que habiendo de todo y sirviendo para mucho, es a la vez campo abonado de adicciones que esas sí están demostradas como tales: al móvil, a los videojuegos, a las apuestas on line, a la pornografía. Demasiados riesgos, y demasiado peligrosos, como para no tomárselos en serio y como para que los padres no acaben de tomar cartas en el asunto.

Con profunda tristeza lo digo, pero a los resultados me remito: unos niveles de instrucción y educación humana que distan mucho, por debajo, de los de generaciones anteriores. ¿En qué datos me baso para decir esto? Por lo que respecta a la instrucción, en la opinión generalizada de los profesionales de la educación y en algo tan simple como la comparación objetiva entre las pruebas superadas de los exámenes actuales y los de épocas pasadas, supongamos las de décadas completas: hace diez años, veinte, treinta, cuarenta… Todo el que se mueva en este mundo de la educación y tenga alguna experiencia, sabe que no hay comparativa que resista en alumnos de las mismas edades, a favor de épocas pasadas.

Y si de formación humana hablamos, ahí están las gravísimas lacras instaladas en el mundo educativo que tanto sufrimiento están provocando, que han crecido como la espuma y que no dejan de aumentar: el ciberacoso y el acoso real que viene a sumarse a las diversas  modalidades de violencia escolar y extraescolar en todos los niveles; el sexting y el grooming; la promiscuidad sexual; el alcoholismo y otras adicciones, como la pornografía o el juego, más acusadas entre adolescentes pero que también están mordiendo con fuerza en la infancia.

Ya sé que la cuestión es compleja y por eso no hay soluciones fáciles: que las causas son muchas… que vivimos en una sociedad globalizada, abierta al mundo entero… que de los administradores públicos poco más se puede esperar que palabras vacías y medidas que obliguen a engrosar el tamaño de la impedimenta… que muchos padres y maestros hacen lo que pueden mientras constatan día sí y día también que esto se les escapa por todas partes… que una parte no pequeña de los colegios católicos bastante tiene con encontrar su identidad perdida… Y que la mayor parte de la responsabilidad reside en las familias.

Todo eso es verdad, pero precisamente por eso, unos y otros deberíamos ser más celosos de nuestros niños y jóvenes y mucho más solícitos en ocuparnos más de las cuestiones fundamentales en las que se juega la batalla de la educación. No es que haya que descuidar la impedimenta, pero los medios, medios son, y a veces parece como si lo único que interesara fuera una educación de escaparate: abundantes medios, y caros, y -digámoslo de paso- un programa bien nutrido de actividades lúdicas metidas dentro del horario escolar. Qué duda cabe que una educación de calidad requiere de medios adecuados, pero puestos al servicio de fines elevados, los cuales no pueden darse por supuestos, sino que hay que hacerlos explícitos y luego trabajarlos con la exigencia propia de toda obra bien hecha. Los buenos medios son condición necesaria, pero no suficiente, y por sí mismos no garantizan una buena educación, del mismo modo que los buenos deportistas no cosechan triunfos solo porque dispongan del último material deportivo o por entrenar en las instalaciones mejor dotadas.

Ninguno de los que tienen algo que decir en materia de educación, pero sobre todo los padres, pueden desentenderse de hacer la correspondiente reflexión sobre los actuales medios y su relación con los fines de la educación. Y no sirve justificarse con las ventajas que ofrecen las nuevas tecnologías y con la cantinela de que hay que estar al día. Claro que las ventajas de la tecnología son reales y claro que hay que estar al día; la escuela no puede estar anclada sino en el presente, pues no hay nadie destinado a vivir en el pasado. Instalada en el presente con los ojos muy atentos al futuro previsible, por supuesto que sí, pero estos condicionantes traídos por el tiempo en que nos toca vivir no justifican unos niveles de instrucción birriosos, que rayan el analfabetismo funcional, ni justifican de ningún modo el abandono moral práctico en el que están creciendo capas enteras de población.

Buen equipamiento educativo, faltaría más, pero que el equipamiento no sea solo tecnológico, sino también, y, sobre todo, humano, es decir físico y psicológico, moral y espiritual. Que los medios materiales, si puede ser, no sean impedimenta, bastaría con que fueran un buen banco de recursos. El armazón humano que necesitan los niños y los jóvenes -esa es la labor de la educación- no se consigue a base de informática, hace falta, además, en primer lugar y por delante de todo lo demás, mucha gracia de Dios (mucha, muchísima). Y luego mucho trabajo y mucho juego, mucha relación personal y mucho ejemplo vivo, mucho acompañamiento, mucha palabra que llegue al corazón proveniente de educadores (padres y maestros) cargados de autoridad moral, la que nace del saber, del buen hacer y del mucho amar.

Y siempre que haga falta, luchar contra corriente.

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