La entrevista realizada por Juan Carlos Corvera, presidente de la Fundación Educatio Servanda, a la hispanista y pedagoga sueca Inger Enkvist puede verse íntegramente en el enlace del vídeo.
Se trata de una conversación de fondo sobre la crisis cultural de Occidente, sobre el lugar de la verdad en la escuela y sobre la responsabilidad de las familias, los profesores y los poderes públicos ante una generación que corre el riesgo de recibir menos conocimiento, menos exigencia y, por tanto, menos libertad.
Este artículo pretende recoger las ideas principales de dicha conversación como una síntesis reflexiva de los grandes temas que aparecen en ella. Lo que allí se plantea no pertenece únicamente al terreno técnico de la pedagogía, sino al corazón mismo de la antropología cristiana: qué es educar, para qué se enseña y qué tipo de persona queremos formar.
Inger Enkvist comienza estableciendo una distinción fundamental entre educación y enseñanza.
La palabra educación, advierte, se ha vuelto tan amplia que puede acabar significando casi cualquier cosa: cortesía, formación moral, acción familiar, intervención estatal o incluso ingeniería social. La enseñanza, en cambio, exige mayor precisión: un contenido que merece ser transmitido, un profesor preparado y un alumno dispuesto a aprender. En este sentido, la vieja expresión “instrucción pública” resulta, paradójicamente, más clara que muchos conceptos modernos.
El Estado no está llamado a sustituir a la familia ni a apropiarse de la conciencia del niño, sino a garantizar una instrucción seria, sólida y verificable.
Uno de los ejes más potentes de la entrevista es la defensa de la verdad como centro de la escuela.
Inger Enkvist denuncia que el relativismo ha ido desalojando de las aulas la idea de que existen conocimientos verdaderos, comprobados y necesarios.
Pero una escuela que renuncia a transmitir la verdad deja de ser escuela para convertirse en laboratorio ideológico. No se puede enseñar pensamiento crítico a quien carece de conocimientos; no se puede pedir criterio a quien no posee memoria, lenguaje, historia, matemáticas, lectura y disciplina intelectual.
El pensamiento crítico no nace del vacío, sino de una inteligencia alimentada por la realidad.
Se trató el tema de que la verdad no es una imposición arbitraria, sino el suelo sobre el que se edifica la libertad. Quien no conoce la realidad queda más expuesto a la manipulación. Por eso, cuando la escuela debilita el conocimiento, no está haciendo más libres a los alumnos, sino más vulnerables.
La libertad no consiste en elegir sin saber, sino en poder elegir después de haber comprendido.
En este contexto aparece la crítica a la llamada evaluación por competencias. Enkvist señala que el concepto, tal como se utiliza hoy en educación, se ha convertido en una noción imprecisa, difícil de evaluar y desligada de contenidos objetivos.
Se habla de competencias, habilidades, resiliencia o creatividad, pero se olvida que toda verdadera competencia presupone conocimiento. Nadie es competente en abstracto.
Se es competente en matemáticas, en lengua, en historia, en una profesión o en una tarea concreta. Sin contenido, la competencia se convierte en una etiqueta burocrática que permite rebajar la exigencia sin reconocerlo abiertamente.
Otro de los grandes asuntos de la conversación es el igualitarismo. Juan Carlos Corvera plantea con claridad la diferencia entre igualdad de oportunidades e igualación de resultados. La primera es justa y necesaria: todos deben poder acceder al conocimiento. La segunda, en cambio, termina castigando el esfuerzo, el talento y la excelencia.
Cuando el sistema se obsesiona con que nadie quede atrás, puede acabar consiguiendo que nadie avance.
La consecuencia es una mediocridad organizada, presentada bajo palabras amables, pero profundamente injusta para todos: para el alumno brillante, al que se frena; para el alumno con dificultades, al que no se atiende de verdad; y para el profesor, al que se le impide enseñar.
La conversación aborda también la educación especial y la inclusión. Inger Enkvist advierte contra las soluciones ideológicas que ignoran las necesidades reales de cada alumno. Tratar igual a quienes necesitan respuestas distintas es una forma de abandono. La verdadera dignidad de la persona exige reconocer su situación concreta.
Especialmente sugerente resulta la crítica a la colonización del aula por la burocracia, el emotivismo y la ideología. El profesor se ve cada vez más alejado de su misión principal: enseñar.
Protocolos, formularios, informes, adaptaciones interminables y lenguajes administrativos acaban asfixiando la vida intelectual del aula.
La escuela, que debería ser un lugar de silencio fecundo, lectura, memoria, diálogo y autoridad, corre el riesgo de convertirse en una oficina pedagógica donde se habla mucho de educación y se enseña cada vez menos.
También aparece con fuerza la cuestión digital. Inger no niega la importancia del mundo tecnológico, pero recuerda algo esencial: las pantallas no sustituyen la atención, ni la inteligencia artificial reemplaza el conocimiento. Al contrario, quienes más podrán aprovechar las nuevas herramientas serán aquellos que ya posean una base intelectual sólida.
El alumno que no comprende lo que lee, que no sabe concentrarse y que carece de referencias culturales no será salvado por la tecnología. Será, probablemente, más dependiente de ella.
Finalmente, la entrevista subraya la necesidad de devolver autoridad al profesor y libertad real a las familias.
No basta con permitir elegir centro si todos los centros ofrecen, en lo esencial, lo mismo.
La libertad educativa exige pluralidad real de proyectos, currículos con identidad, profesores bien formados y comunidades escolares estables. La familia no puede quedar reducida a usuaria pasiva de un sistema diseñado desde despachos lejanos.
La conversación entre Juan Carlos Corvera e Inger Enkvist es, por tanto, una llamada a recuperar lo esencial: conocimiento, verdad, esfuerzo, autoridad, memoria, lenguaje y libertad.
Recuerda que educar no es rebajar la montaña para que parezca llana, sino enseñar a subirla.









