Querido lector, quiero lanzarte una pregunta que me ha hecho reflexionar mucho estos días:
¿estás dispuesto a ser el malo de la película?
Hace unos días, hablaba con un compañero de mi centro, a quien admiro y de quien aprendo mucho. Sorprendido por cómo gestiona su clase, no pude evitar preguntarle cómo lo conseguía. Para mí, es un arte crear un ambiente de trabajo donde reina el silencio, la calma y, además, poder atender a dos alumnos con necesidades educativas especiales.
Esa conversación me hizo pensar en los errores que puedo haber cometido, en si los recursos que utilizo son realmente efectivos, etc. Al final, él me lanzó una pregunta que se me quedó grabada: ¿estás dispuesto a ser el malo de la película?
La verdad es que a nadie le gusta asumir ese papel. Como es lógico, todos queremos que nos quieran, dejar huella en el alumno, y, si es posible, que al final del curso nos den las gracias. Pero algo que me dejó muy claro fue que el profesor no es su colega, sino su profesor. Y esto tiene un precio muy alto, porque, sin querer, podemos tender a ser sus amigos, a pasar por alto ciertas cosas por miedo a ganarnos su enemistad.
Muchas veces, cuando buscas el verdadero bien del alumno, recibes a cambio una mirada de desprecio, una que parece decirte: “me estás fastidiando”. Y, aunque tengas una gran fortaleza, eso duele. Duele mucho.
Cuando eso pasa, recuerdas para quién trabajas. No solo para el director del colegio, sino para alguien aún más importante. Alguien para quien lo que haces tiene un valor trascendente. Como diría un amigo: se trata de estar dispuesto al martirio, a una entrega verdadera, a una entrega a los demás. A dar el corazón y la vida. Si hiciste eso, entonces lo diste todo.











