Cómo educar a un hombre: virtud, disciplina y autoridad paterna

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Padres que quieren hijos buenos, no santos

Vivimos tiempos donde la comodidad ha sustituido la educación. Queremos hijos tranquilos, no fuertes; dóciles, no disciplinados; felices, pero no santos. Y, sin embargo, cuando uno escucha al P. Chad Ripperger hablar en su conferencia “How to Raise a Man: Masculinity, Virtue & Overcoming Effeminacy”, entiende que el problema de nuestra época no es solo que los jóvenes no sepan sufrir, sino que los padres no les permiten hacerlo.

“El sufrimiento —dice Ripperger— no es un accidente del crecimiento, sino su condición.” Sin dolor no hay madurez, sin sacrificio no hay virtud. Los animales sienten dolor, pero no sufren, explica el sacerdote. Sufrir implica tener conciencia del tiempo, tener memoria y esperanza. Educar a un hijo varón, por tanto, consiste en enseñarle a soportar el peso del tiempo sin huir de él.

Pero nosotros, padres y madres del siglo XXI, queremos ahorrarles el peso. Queremos que no se frustren, que no lloren, que no se sientan mal. En definitiva, queremos que sean felices, incluso a costa de que no sean hombres.

El hijo que no conoció el esfuerzo

Ripperger cuenta el ejemplo de un muchacho que destrozó el coche de su padre. Su castigo fue… que le compraran otro. “Hoy los jóvenes —dice— no tienen responsabilidad ni consecuencias. No se les permite sufrir. Y eso los destruye.”

El sacerdote explica que el varón necesita enfrentarse con lo difícil, con lo que le resiste. “Un joven debe realizar cosas duras —físicas, emocionales, mentales y volitivas— para aprender a negarse a sí mismo en todos los niveles.” El trabajo y la disciplina son, en ese sentido, una pedagogía espiritual.

No se trata de castigar, sino de formar. De hacer que el niño descubra el valor de la dificultad.

“Debe ver el fruto de su esfuerzo”, dice el padre Ripperger, “y aprender que la dureza tiene sentido.”

El trabajo —añade— debe ser constante, no ocasional. No basta una hora al mes de esfuerzo simbólico. “Debe ser diario o frecuente, de modo que se convierta en hábito.” Porque la constancia forja el carácter, y el carácter es lo que queda cuando el placer desaparece.

El padre como modelo, no como espectador

“El hijo aprende más por observación que por instrucción”, recuerda Ripperger. Por eso el ejemplo paterno es insustituible. Un padre ausente o afeminado —advierte— cría hijos iguales o hijos resentidos que buscarán compensar la falta de virilidad de otras formas: violencia, soberbia o hedonismo.

El hijo debe ver al padre practicar las virtudes, especialmente las teologales. “Debe verlo rezar —dice el sacerdote—, porque entenderá que ser hombre incluye dar a Dios lo que le corresponde.” Si el padre solo mira televisión mientras la madre reza, el hijo aprenderá que la fe es cosa de mujeres.

No hay formación viril sin oración, porque no hay fortaleza sin humildad. Y la humildad, en el hombre, se aprende de rodillas.

Madres que aman demasiado

El sacerdote habla con crudeza y ternura: “Las madres deben resistir la tentación de no dejar sufrir a sus hijos varones.” La sobreprotección, dice, es una forma de amor mal entendido que termina destruyendo lo que quiere conservar.

En sus palabras: “Las mujeres quieren evitar el sufrimiento, pero los hombres deben pasar por él. Y las madres tienen que dejar que los muchachos sufran.”

No se trata de dureza, sino de sabiduría. El varón crece enfrentando la realidad. Si no lo hace de niño, lo hará tarde —o no lo hará nunca—.

En un mundo donde el feminismo ha confundido fuerza con opresión, Ripperger denuncia con valentía que muchas mujeres modernas “intentan destruir la masculinidad” porque no soportan verla. “El feminismo —afirma— es, en última instancia, un odio a sí mismas.”

No es una crítica a las mujeres, sino a una ideología que desprecia lo masculino y, al hacerlo, destruye lo femenino. “Lo femenino es bello —dice— no solo físicamente, sino psicológica y moralmente.” Cuando la mujer desprecia la virilidad, termina negándose a sí misma.

El padre como autoridad

Si en la primera parte de la conferencia Ripperger diagnosticaba la enfermedad del afeminamiento, en esta segunda ofrece el tratamiento: autoridad, sacrificio y orden.

“El hijo debe ver que su padre no duda en ejercer su autoridad”, enseña. Pero también debe ver que la ejerce responsablemente. Si la autoridad se usa para imponer y no para servir, engendra resentimiento. Si no se usa, produce caos.

La autoridad masculina —dice Ripperger— debe mostrarse por el bien de los demás, no por el propio placer.” El niño aprenderá que la autoridad verdadera no se impone, se ofrece. “Un verdadero hombre demuestra a su esposa un amor sacrificado y a sus hijos una dirección justa.”

El sacerdote insiste en algo que nuestra cultura considera escandaloso: la estructura jerárquica del hogar es necesaria para el orden y la paz. “El hijo debe aprender el correcto orden de autoridad viendo a la madre someterse a su marido y al padre amar a su esposa por esa sumisión.” No se trata de poder, sino de reciprocidad: él ama, ella confía; él guía, ella sostiene.

La obediencia que forma el alma

Uno de los pasajes más provocadores de Ripperger trata sobre los adolescentes y la obediencia: “Un verdadero hombre se somete a su madre porque es difícil y porque eso lo hace virtuoso, especialmente en la virtud de la piedad.”

En un tiempo donde la rebeldía se ha convertido en mérito, la obediencia parece una humillación. Pero la piedad —recordaba Santo Tomás— consiste en honrar a quienes nos han dado la vida. “Nunca conocí un hombre verdaderamente masculino —dice Ripperger— que no amara y respetara a sus padres.”

Educar a un varón, por tanto, es enseñarle a obedecer con amor, no por miedo. A cumplir la ley no por servilismo, sino por honor.

La disciplina interior: libertad y conquista

“El joven moderno confunde libertad con ausencia de límites”, advierte Ripperger. “Pero la verdadera libertad consiste en dominarse.”

El sacerdote explica que la disciplina interior es la forma más alta de libertad: “El hombre que se gobierna a sí mismo no necesita ser gobernado.” Por eso educar no es solo poner normas, sino enseñar el arte del autocontrol.

Cuando un muchacho logra resistir un deseo o completar un trabajo difícil, no solo vence una tentación: se conquista a sí mismo. “La madurez —dice el P. Ripperger— llega cuando el juicio ya no depende de la emoción, sino de la razón iluminada por la fe.”

La educación viril, en definitiva, no busca producir hombres obedientes, sino libres; no dóciles, sino virtuosos.

La recreación y el dominio de sí

Ripperger no olvida un aspecto curioso: la relación del varón con el placer. “El joven debe aprender a ver la recreación como un medio, no como un fin.” Aristóteles, recuerda, decía que el placer recrea el alma cuando se usa moderadamente, pero la disipa cuando se busca en exceso.

Por eso insiste en limitar la tecnología. “Debe usarse solo como herramienta, no como juguete.” Si un adolescente vive pendiente del móvil o del videojuego, está siendo educado por el placer, no por la virtud. Y un hombre gobernado por el placer no será capaz de amar.

El padre debe enseñar templanza con el ejemplo: no solo predicarla, sino vivirla.

Sufrimiento, responsabilidad y misión

Ripperger resume toda su pedagogía masculina en dos palabras que ya había citado Fulton Sheen: sufrimiento y responsabilidad.

“Sufrir —dice— significa estar dispuesto a enfrentar lo que duele por el bien de lo correcto. Y ser responsable es aceptar las consecuencias de las propias acciones.”

El joven que aprende ambas cosas está listo para la misión. “Debe cuidar y alegrarse de las cosas bajo su cargo”, explica, “porque cuando tenga esposa e hijos se regocijará de verlos florecer.”

Educar a un hombre es prepararlo para esa alegría: la de ver prosperar a quienes ama.

El hogar como escuela de virtud

El hogar, dice Ripperger, es el primer campo de batalla del carácter. Allí se aprende la justicia (“dar a cada uno lo suyo”), la templanza, la fortaleza y la prudencia.

“El padre —afirma— es responsable de todo en la familia: del sustento, de los valores y hasta de cambiar pañales.” Su autoridad no lo exime de las tareas pequeñas; lo compromete más. La madre no es su esclava, sino su ayuda, como enseña el Génesis.

La masculinidad auténtica no desprecia el servicio. “El hombre que rehúye las tareas humildes —dice Ripperger— es afeminado.”

La prudencia, añade, es la virtud más necesaria: aplicar los principios morales universales a las situaciones concretas. Para ello, el hombre debe pensar con claridad, no con emoción. “Cuanto más piense según sus sentimientos, más afectado estará su juicio.”

La prudencia requiere silencio, reflexión y oración. Y esas tres cosas escasean más que nunca.

El hombre manso y humilde

La última enseñanza de Ripperger es paradójica: “El hombre enojado es un hombre afeminado.” La ira, dice, es placer disfrazado de justicia. “El verdadero hombre puede recibir golpes y mantenerse de pie.”

Cristo, recuerda el sacerdote, dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.” Si Él es el modelo de la masculinidad perfecta, entonces la humildad no debilita al hombre, lo corona.

El orgullo, en cambio, es afeminado: “Nos deleitamos en nuestra propia grandeza, en lugar de mirar la verdad.”

Un hombre humilde acepta sus límites y combate sus defectos sin autocompasión ni vanagloria.

Y esa lucha —constante, silenciosa, interior— es el verdadero combate masculino.

Conclusión: hombres de rodillas, hijos de pie

Educar a un hombre no es enseñarle a ganar, sino a ofrecerse. No es quitarle peso, sino enseñarle a cargarlo. No es liberarlo del sufrimiento, sino darle una causa por la que sufrir.

El padre Ripperger lo resume en una frase que debería grabarse en la puerta de todo hogar cristiano:

La vida del hombre sobre la tierra es lucha. Y su victoria, sufrir con propósito.”

Necesitamos padres que vuelvan a ser maestros, madres que vuelvan a confiar, hijos que aprendan a obedecer y sufrir con alegría.

Porque solo de hombres firmes —no duros, sino firmes— nacerán tiempos nuevos.

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