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Desde que la ahora muy beata Celaá consiguiera sacar adelante su reforma legal educativa, hemos venido conociendo mediante Reales Decretos, como el Gobierno Social Comunista de España piensa hacer realidad su ya célebre frase «los niños no pertenecen a los Padres».

Primero fue el de Educación Infantil y más recientemente, el de la Educación Secundaria Obligatoria. En ambos extremos de las Enseñanzas mínimas españolas encontramos un nuevo denominador común: La Ideología de Género como materia o contenidos transversales, de aplicación obligatoria a lo largo de todo el currículo escolar.

Y es que para conseguir un proceso de reingeniería social estable, que no quede solo en una moda de homosexualismo imperante, nuestros gobernantes, a las órdenes de las políticas de reducción y control poblacional dictadas desde organismos como la ONU, necesitan producir un cambio real en las mentes de nuestros hijos.

¿Qué mejor lugar que la escuela, dónde se supone que todo lo que uno aprende es «bueno»? El efecto pedagógico en este caso es mucho más completo que en las propias Leyes, como la del Aborto o la Eutanasia, que poco a poco contribuyen a la socialización del mal.

Un currículo escolar diseñado desde la dialéctica marxista del enfrentamiento, para preparar a las futuras generaciones a rechazar y combatir todo pensamiento diferente al impuesto y, muy especialmente, a cualquier pensamiento que «huela» a tradición o cristianismo.

Ahora, en lugar de fomentar valores como la castidad, el compromiso y la fidelidad, se enseña a nuestros hijos a «experimentar» con sus genitales para «descubrir» su género, alentando a la promiscuidad y a la corrupción de las personas. No es de extrañar, pues, que se disparen los abortos y las enfermedades de transmisión sexual, como sucede desde hace una década en España.

Pero, sin duda, lo más peligroso de todo es el componente de «odio» que inoculan en todo este planteamiento de imposición ideológica. La negación o el rechazo a lo diferente como vía para autoafirmar verdades que son falsas (los independentistas radicales de cualquier lugar del planeta saben bien los frutos que esto genera con el paso de los años).

Ya podemos comprobarlo en el efecto que estas leyes han tenido en los matrimonios y como el fomento de una cultura de la promiscuidad ha conseguido en menos de 20 años reducir la cifra de matrimonios al 10% de lo que suponían a principio de Siglo.

Los matrimonios, religiosos o civiles, suponen para una sociedad una fuente de estabilidad social. En España, de hecho, no han sido las políticas del Gobierno, sino la Familia, el mejor escudo social contra los efectos de las diferentes crisis que nos han asolado en los últimos 15 años. ¿Qué pasará dentro de 30 años cuando, ante una crisis, no existan ya estructuras familiares sólidas dispuestas a ayudar a los más débiles de nuestra sociedad?

Los efectos de la implantación de esta cultura del odio a lo natural y a lo tradicional serán devastadores en nuestra sociedad, y nos llevarán a estructuras sociales débiles, poco cohesionadas y desestructuradas. Sin duda, el caldo de cultivo perfecto para que gobernantes con pocas aptitudes profesionales, escasa trayectoria laboral real más allá de los despachos de los partidos y, eso sí, un gran sesgo ideológico, puedan perdurar en el poder durante muchos años a base de fomentar el odio entre sus conciudadanos.

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