El estado de Alabama permite inscribir a los hijos con un apellido ajeno al padre y a la madre

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Hay cambios administrativos que parecen menores, casi burocráticos, hasta que uno se detiene a pensar qué están tocando en realidad.

El nombre y el apellido de un hijo no son un mero dato de formulario. Son una puerta de entrada a una historia, una pertenencia, una genealogía.

Por eso, la normativa vigente en el estado de Alabama sobre inscripción de nacimientos ha despertado interés: permite que los padres registren a un recién nacido con cualquier apellido, aunque no sea el del padre ni el de la madre.

Según las reglas del Departamento de Salud Pública de Alabama sobre estadísticas vitales, los progenitores pueden dar al niño “cualquier nombre” para el registro de nacimiento, y se precisa expresamente que el apellido del menor no tiene por qué coincidir con el de ninguno de los padres. La regulación, además, fija límites formales: el nombre consignado en el certificado debe contener únicamente letras del alfabeto inglés, aunque se admiten guiones y apóstrofes.

La cuestión, por tanto, no es si el Estado debe imponer siempre el apellido paterno, ni siquiera si debe favorecer una única fórmula familiar.

El asunto de fondo es otro: hasta qué punto una sociedad está dispuesta a desligar los signos básicos de identidad de la realidad familiar que los sostiene. El apellido, en la tradición occidental, no ha sido únicamente una etiqueta administrativa. Ha sido memoria. Ha sido filiación. Ha sido un modo de decir: vengo de alguien, pertenezco a una casa, mi existencia no nace en el vacío.

La norma de Alabama no obliga a nadie a romper ese vínculo, pero sí consagra jurídicamente una libertad llamativa: la posibilidad de que el apellido del hijo sea elegido como quien escoge una marca, una consigna estética o una declaración de intenciones. Y ahí aparece el problema cultural. Cuando todo se vuelve disponible, también lo más elemental corre el riesgo de convertirse en materia moldeable al gusto del momento.

Conviene subrayar que la inscripción del nacimiento tiene consecuencias prácticas. El nombre que se consigna en el certificado será el que figure oficialmente en documentos posteriores. La propia autoridad sanitaria de Alabama advierte de que las correcciones o cambios en certificados de nacimiento requieren una solicitud específica y un procedimiento administrativo. Es decir, no hablamos de un gesto simbólico sin consecuencias, sino de una decisión inicial que acompaña a la persona en su vida civil.

La novedad no debe leerse solo como una anécdota legal norteamericana.

Es un síntoma más de una época empeñada en presentar como progreso toda desvinculación. Primero se relativiza la tradición; después, se desconfía de la herencia; finalmente, se termina considerando que incluso el apellido puede emanciparse de la familia concreta que ha dado origen al niño. Todo ello, por supuesto, revestido de neutralidad administrativa.

Pero la neutralidad absoluta no existe. Toda norma transmite una antropología. Una legislación que facilita que el apellido de un hijo no tenga conexión con sus padres está diciendo algo sobre la identidad: que esta puede construirse al margen de la filiación; que el dato familiar es secundario; que la voluntad adulta pesa más que la continuidad de una historia recibida.

Alguien podrá objetar que hay casos complejos: familias rotas, adopciones, conflictos de paternidad, historias dolorosas. Es cierto. El derecho debe contemplar excepciones, proteger al menor y resolver situaciones reales con prudencia.

Pero una cosa es atender casos difíciles y otra muy distinta convertir la excepción en horizonte cultural. El peligro de nuestro tiempo consiste precisamente en legislar como si toda realidad estable fuera sospechosa y toda raíz tuviera que justificarse.

El apellido no lo es todo, desde luego. Nadie queda determinado moralmente por unas letras heredadas. Pero tampoco es nada. En él se concentra algo de la gratitud debida a quienes nos preceden. Un niño no llega al mundo como una hoja en blanco puesta a disposición de la creatividad adulta. Llega con una historia que empieza antes que él, con vínculos que no ha elegido, con una pertenencia que puede ser imperfecta, pero que es real.

Por eso, más allá del caso concreto de Alabama, la discusión merece atención. Las sociedades no se deshacen de golpe; se reescriben en los detalles. Y pocas cosas hay más reveladoras que la manera en que una cultura decide nombrar a sus hijos.

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