En el nombre del padre

Dentro de muchos años, los medios de comunicación seguirán hablando más o menos de lo mismo: economía, política, fútbol. Famosos y milmillonarios seguirán dominando las portadas. Pero creo que aquel poeta griego tenía razón cuando escribió hace ya tantos siglos: dicen unos que los jinetes, otros que la infantería y otros que una escuadra de navíos: más yo digo que es lo que uno ama.

Lo más importante es lo que uno ama, nada nuevo bajo el sol. Y amar, amar, se aman pocas cosas. Y lo que más amamos los que somos padres, son nuestros hijos. Si, ya sé que las series y los medios destacan los padres-monstruo, casi siempre carne de psiquiatra, que han hecho barbaridades con sus hijos. Pero a mi alrededor, la inmensa mayoría de los que tenemos hijos, moriríamos por ellos, soportaríamos cualquier mal antes de que lo sufrieran.

Para un padre, los hijos lo son todo.

También es verdad, que los hijos son lo que más daño nos puede hacer: ¿hay mayor horror que tener un hijo drogadicto? ¿existe algo peor que la muerte de un hijo? Pero, también, hay que decirlo, un hijo es lo que más alegría puede dar: ¿hay alguien más feliz que el padre de la novia el día de su boda?; ¿más feliz que un padre en la lectura de la tesis doctoral de su hijo?, ¿más feliz que el día que su hijo le hace abuelo? Lo que más suele iluminar la vida de un hombre, son sus hijos. Y lo que más la puede oscurecer, claro. Es la humana condición: por existir la noche, puede hablarse del día.

No es fácil amar a los hijos. Hay que mimarlos y hay que exigirles. Hay que educarles en libertad, pero también marcar el camino: un jardín que no se poda, acaba en selva inhabitable. Y hagas lo que hagas, siempre son jueces implacables: al final es imposible engañarles sobre quienes somos de verdad. Por eso hay tantos que compensan sus desastres familiares con un exceso de trabajo o vida pública. Muchas veces, ese examen, el de los hijos, es el que de verdad te dice si has aprobado o suspendido en la vida. Aunque nadie se dé cuenta, tú lo sabes. Como me dijo una vez un gran empresario, que había desatendido su familia y los hijos le habían salido mal: he estado subiendo toda la vida una escalera empinada, y al final, me he dado cuenta de que la he apoyado en el muro equivocado.

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Educar es difícil. Te equivocas muchas veces, claro. Además, cada hijo es distinto. A uno le va la música, a otro las matemáticas. Uno es callado, el otro no para de hablar. Con unos congenias más, con otros menos. Pero hay una cosa, que creo que funciona bastante bien: si el padre se lleva bien con la madre (¡tampoco esto es fácil!) crecen felices, casi sin saber cómo. Al fin y al cabo, el ADN de cada una de sus células es un tronco enredado de dos mitades, la del padre y la de la madre.

Para rematar, se pasa el tiempo volando. De repente, un día despiertas, y ya han pasado 18 años. Y aquel minúsculo ser que acunabas en tus brazos tantas noches para ayudarle a dormir, se despide de ti para comenzar a estudiar lejos de casa, mientras te mira breve e interminablemente, con una mirada que no puede ser descrita por ningún lenguaje. Y piensas: bien, valió la pena el precio que pagamos. Son esos momentos, tristes y alegres, fugaces y eternos, en que piensas por un momento, que el mundo está bien hecho, aunque duela.

Y ahora, cuando comienzan a marcharse, va llegando el silencio. Y vemos que nos sobra casi toda la casa, porque ellos son más que la mitad de nosotros. Sentimos ya como la edad comienza a empujarnos al adiós. Desandamos nuestros años en los álbumes con sus fotos. Pero enseguida sentimos que no es silencio lo que nos queda: nuestros hijos siguen habitando nuestras vidas en todo lo que hacemos, como un río que murmulla por la conciencia como un rezo interminable. Por mucho tiempo que pase, por lejos que se vayan, nunca se irán de nosotros. Estaremos donde están, porque ellos y nosotros llevan dentro nuestras sendas, porque el tiempo y la distancia con ellos es mentira. Porque la muchedumbre de nuestro pasado es más ligera que nunca sostenida por su futuro, ya más grande que nuestras vidas. Para eso quisimos siempre a nuestros hijos, para que fueran más que nosotros. No cabe mayor felicidad.

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