De la señora de la escoba a León XIV: España cristiana

COMPARTIR EN REDES

No eran ni las siete de la mañana y una mujer barría una escalera. La barría una y otra vez, cada vez que se hacía un ensayo en el altar de Cibeles, se la manchaban nuevamente.

No parecía tener prisa. En sus manos, una escoba vulgar. En ese momento no había cámaras pendientes de ella, ni aplausos.

Ante la imponente plaza de Cibeles, a mis ojos, la escena no podía ser más cotidiana y bella; amanecía, una escoba, unos escalones y una tarea aparentemente insignificante.

Era la escalinata que pocas horas después subiría León XIV para celebrar la solemnidad del Corpus Christi.

Mientras la observaba, pensé que las catedrales de España no se levantaron únicamente gracias a arquitectos geniales, obispos santos o reyes poderosos; la España católica maduró en el silencio de personas como la señora de la escoba, a cuyos nombres nadie dio importancia pero cuyos afanes sostienen los pilares de nuestra fe.

Vaya por delante que me conmueven las personas convencidas de que la belleza del trabajo bien hecho, ofrecido a Dios, nunca es una pérdida de tiempo.

Desde antes incluso de que León XIV pisara suelo español, muchos hemos dado gracias a Dios por esta visita. Resumiría estas dos jornadas diciendo que:

León XIV ha venido a poner orden en nuestros corazones.

Aquella señora, escoba en mano, no se si tendría fe, pero es real que era heredera de una tradición milenaria. La misma tradición que levantó Burgos, Toledo, León o Santiago. La misma que inspiró a Velázquez, a Murillo, a santa Teresa, a san Juan de la Cruz y a tantos hombres y mujeres que entendieron cómo darse, santificarse y su misión fugaz por la tierra. «En este hermoso país es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad» ha afirmado en Madrid el Santo Padre.

Esa identidad, curtida en la tradición del Corpus, en el arte que brota de los sagrarios y en la hondura de sus santos, ha recibido estos días un bálsamo necesario.

Son tiempos recios, de una asfixia espiritual sutil pero implacable. Nos embarga una ácida sensación de que en el corazón del hombre abundan los caminos y escasean los destinos y toreamos, como podemos, una época donde todo parece negociable excepto los caprichos cotidianos. En definitiva, hoy cuesta más responder a las preguntas fundamentales de la existencia.

Sabemos producir, comunicar, consumir y entretenernos, pero no sabemos ordenar nuestro corazón.

Precisamente por eso resultaron tan cercanas las palabras de León XIV cuando nos ha advertido que «nuestra sociedad posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar; sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que genera».

Que detrás de toda economía, toda política, toda tecnología y toda cultura sigue latiendo una pregunta esencial: «¿Qué significa ser verdaderamente humano?». Qué formidable bofetada a nuestra soberbia tecnocrática.

La gran aportación de esta visita es que León XIV no ha venido a alimentar trincheras ideológicas ni a reforzar pequeños círculos que se sienten superiores al resto.

León XIV ha venido a mostrar la respuesta: una Persona. Jesucristo.

El Santo Padre sabe que «La Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano» y nos ha propuesto la poética de la fe, recordándonos nuestra identidad.

«La fe es alegría y por ello crea belleza». Esa belleza es la que se desborda en una saeta de Semana Santa, en los dramas de Calderón de la Barca o en la prosa serena de santo Tomás de Aquino, de quien heredamos los himnos del Corpus que hoy han hecho vibrar a millón y medio de personas en Madrid.

El Papa nos ha mirado a los ojos a los españoles, lanzándonos de forma acertada y sutil una pregunta que debería resonar en las conciencias: ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad?».

España no se entiende sin la huella de la fe. Por eso el grito de su predecesor san Juan Pablo II ha vuelto a resonar bajo el cielo de Madrid: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!

Jesucristo no nos quita nada y nos lo da todo».

Nos toca ahora a nosotros, una vez que pasen los aplausos y las multitudes, regresar a lo cotidiano.

Tomemos el compromiso de ser, como ha pedido el Pontífice, «hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad». Que la universidad no renuncie a la verdad, que la empresa no deshumanice al obrero, y que el arte no sea patrimonio exclusivo.

Me quedo, con la estampa de la mujer de la escoba. En su humilde tarea matutina estaba encerrada la mayor lección de estos dos días:

la gloria de Dios se juega en la fidelidad del alma que limpia el suelo que pisará el Señor.

Seamos hilos nuevos y permitamos que en el porvenir, tras el paso de Pedro por Madrid, «siga resplandeciendo nuestra «magnífica humanidad»». Dios ha visitado a su pueblo, y España, si mira a sus santos y a sus plazas, sabe bien que la eternidad sigue llamando a su puerta.

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.