España recibe a León XIV: cuando una nación vuelve la mirada hacia Pedro

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A las 10.12 de la mañana, las ruedas del avión de ITA Airways tocaron la pista del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Fue un instante breve. Apenas unos segundos.

Pero para millones de católicos españoles significó mucho más que la llegada de un avión.

El sucesor de San Pedro acababa de poner sus pies en España.

Mientras el aparato se detenía y la escalerilla era acercada al fuselaje, muchos recordaban las palabras de Cristo en Cesarea de Filipo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Porque quien descendía hoy del avión no era simplemente León XIV. Era el hombre sobre cuyos hombros descansa una misión que se remonta directamente a los Apóstoles.

España recibía al Vicario de Cristo.

Durante siglos, nuestra patria envió misioneros a los confines del mundo. Desde las universidades de Salamanca hasta las reducciones americanas, desde los monasterios castellanos hasta las selvas del Amazonas, España llevó la Cruz allí donde apenas había llegado el nombre de Jesús. Hoy, de algún modo, es Pedro quien vuelve a visitar una tierra que tanto ha dado a la Iglesia universal.

Cuando apareció la figura blanca del Pontífice en la puerta del avión, el silencio pareció imponerse por un instante al ruido habitual de los aeropuertos. No era un jefe de Estado más. No era un líder político ni una celebridad.

Era el Santo Padre.

Era el hombre que cada día reza por la Iglesia universal. El custodio de la fe católica. El sucesor de una cadena ininterrumpida que une a León XIV con San Pedro y a San Pedro con Jesucristo.

En la pista le aguardaban el rey Felipe VI, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez, la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso y el alcalde José Luis Martínez-Almeida. Las cámaras buscaban el saludo protocolario. Pero muchos católicos veían algo más profundo.

Veían a España recibiendo al Pastor de la Iglesia.

Y no deja de ser significativo.

Porque vivimos tiempos en los que se pretende arrinconar a Dios al ámbito privado. Tiempos en los que la fe es frecuentemente presentada como un vestigio del pasado. Tiempos en los que se multiplican las leyes, los discursos y las ideologías que invitan al hombre a vivir como si Dios no existiera.

Sin embargo, la llegada del Papa vuelve a recordarnos una verdad elemental: Cristo sigue vivo y su Iglesia sigue caminando por la historia.

Frente a quienes anuncian constantemente el final del cristianismo, las calles que estos días se llenarán de fieles cuentan una historia distinta. La cuentan las familias que han viajado cientos de kilómetros para ver al Santo Padre. La cuentan los sacerdotes que esperan su llegada. La cuentan los jóvenes que rezan el rosario mientras aguardan su paso. La cuentan los ancianos que recuerdan emocionados las visitas de San Juan Pablo II.

La fe sigue viva.

Quizá más silenciosa. Quizá menos poderosa socialmente que en otros tiempos. Pero viva.

Y precisamente por eso esta visita tiene algo de providencial.

Porque España atraviesa una profunda batalla espiritual. No se trata únicamente de una crisis económica, política o cultural. Es una crisis del alma. Una nación que olvida a Dios acaba olvidándose también de sí misma. Y un pueblo que pierde la conciencia de su destino trascendente termina buscando en mil sucedáneos una felicidad que nunca termina de encontrar.

León XIV llega para señalar nuevamente el camino hacia Cristo.

No viene a presentar un programa político. No viene a apoyar partidos. No viene a participar en debates ideológicos.

Viene a recordar que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

Viene a confirmar en la fe a los creyentes.

Viene a fortalecer a las familias.

Viene a animar a los sacerdotes.

Viene a sostener a quienes sufren.

Viene a proclamar que la esperanza cristiana sigue siendo la gran respuesta a las heridas del hombre contemporáneo.

Mientras la comitiva abandonaba el aeropuerto rumbo al Palacio Real, muchos ojos permanecían fijos en aquel vehículo blanco que se alejaba lentamente.

Pero más allá de los aplausos, de las banderas y de la emoción del momento, la verdadera pregunta que deja esta jornada es otra.

¿Escuchará España la voz de Pedro?

Porque el Papa ya ha llegado.

Ahora es el turno de los corazones.

Y quizá, en una nación que dio tantos santos a la Iglesia y tantos misioneros al mundo, esta visita sea también una invitación a volver a las fuentes. A recordar quiénes somos. A redescubrir la fe que levantó nuestras catedrales, inspiró nuestras mejores obras y dio sentido a nuestra historia.

Hoy ha aterrizado un avión en Madrid.

Pero para millones de creyentes ha ocurrido algo mucho mayor.

Pedro ha venido a España.

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