¿Qué recordarán tus hijos de vuestra casa?

Familia

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Conviene no confundirlas. La rutina es diligente, eficaz, incluso necesaria; pero es, en el fondo, prosaica. El ritual y la tradición familiar, en cambio, introduce un acento de poesía. No se limita a hacer cosas, más bien, con ese toque especial, tan suyo, las consagra. Allí donde la rutina pregunta “¿para qué sirve?”, el ritual responde “¿quiénes somos?”.

Es precioso cerciorarse de que en esa respuesta se concede una gran verdad, la familia no es una mera empresa de servicios. Por suerte, no se cumple aquella frase muy de madre de ¡Esto parece un hostal!

Cuando una casa apaga las luces y se desafina antes de encender las velas de un cumpleaños, cuando se come arroz al horno cada domingo o en el gesto diario de hacer silencio antes de bendecir la mesa; se produce una interrupción de lo meramente funcional, en ese instante la belleza de lo cotidiano y propio se abre a lo significativo.

Es la vieja —y siempre nueva— transición de lo mundano a lo sagrado.

El filósofo Byung-Chul Han lo explica divinamente con ayuda de una imagen que merece enmarcarse en la cocina, a lo Pep Borrell «si la casa es un hogar en el espacio, los rituales son un hogar en el tiempo».

Las tradiciones construyen el tiempo para que no se nos desmorone como un castillo de arena. Gracias a los ritos y tradiciones, no saltamos de lunes a martes como quien cambia de pestaña en su smartphone, sino de memoria en memoria, de significado en significado, de recuerdo en recuerdo.

Dicho en cristiano (y con toda la intención que uno pueda poner) el tiempo necesita ser redimido. Y la familia, pequeña iglesia doméstica, tiene una vocación litúrgica muy importante y nada desdeñable en este aspecto.

En familias sin tradiciones, nada es especial; y cuando nada es especial, el mensaje implícito es aniquilador, nadie lo es. No hace falta un tratado de psicología para intuir las graves consecuencias de todo esto.

Los rituales o tradiciones familiares, en cambio, dicen lo contrario “esto importa”. Importa la mesa, importa el día de la madre y del padre, importa el cumpleaños, importa el día de tu bautismo, importa el difunto al que se recuerda. Importa, en definitiva, cada uno de los que están ahí. Esa afirmación, repetida con la tozudez del día a día, va tejiendo pertenencia, amor y arraigo. Hace familia.

Una sociedad no se sostiene si pierde de vista lo admirable.

En ese contexto, la familia aparece como la primera escuela. Y no por medio de grandes discursos, es a través de pequeños ritos que van educando el gusto moral. Y el estilo se aprende viendo, imitando y repitiendo.

Los rituales domésticos son, en si mismos, una lección hecha carne. Son una suerte de “aristocracia del calendario”, por utilizar la feliz expresión de García-Máiquez, a quien admiro por como habla de tan magno tema. Son días que destacan no por capricho, por algo mejor, porque elevan la vida e incluso el peso de la rutina.

El historiador David Crouch recuerda cómo la educación aristocrática incluía prácticas exigentes, incluso peligrosas, orientadas a forjar el carácter. No hace falta, por fortuna, recuperar los torneos medievales, pero sí conviene no educar en la blandura.

También aquí los rituales tienen algo que decir. Cumplir con ellos, incluso cuando no apetece, introduce una disciplina suave pero constante. Actos familiares como madrugar para rezar juntos, sentarse a la mesa, celebrar aunque haya cansancio, son pequeños gestos educativos frente al capricho. Se templa el alma y se otorga carácter.

No olvidemos, además, que los rituales transmiten herencia. No solo biológica, sino moral y simbólica. Los rituales familiares dan un lugar en el mundo.

Conviene añadir, para evitar malentendidos, que no se trata de montar una escenografía artificial ni de importar tradiciones exóticas a modo de catálogo multicultural. Los mejores rituales suelen ser discretos, incluso sencillos y caseros. Lo decisivo no es su espectacularidad, sino su fidelidad.

Al final, la cuestión es sencilla : ¿queremos que nuestra familia sea solo funcional o también significativa? Si optamos por lo segundo, los rituales pasan a convertirse en estructura familiar. Son, por así decirlo, la arquitectura invisible del hogar.

Una familia se define por como vive, por lo que hace y por lo que celebra. Una casa puede comprarse; un hogar en el tiempo, en cambio, hay que construirlo. Y para eso —bendita obviedad— hacen falta rituales.

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